sábado, 5 de septiembre de 2015

El orgasmo femenino y el fin de la histeria

Si no sabes si lo has sentido, entonces, querida, no lo has sentido. A diferencia del masculino —desparramado, evidente, comprobable—, el orgasmo femenino pareciera seguir siendo un asunto de gruta, de punto inalcanzable, de territorio inexplorado.
A finales del siglo XIX, las aristócratas victorianas eran comúnmente diagnosticadas con histerismo. Casi cualquier cosa podía ser histeria. Desfallecimientos, dolores de cabeza, comportamientos atípicos, sudoración, exceso de calor, exceso de frío: todo era histeria. Entonces, las maltratadas eran sometidas a sesiones “curativas” de su pulsión sexual, estimuladas genitalmente por sus médicos hasta alcanzar el “paroxismo histérico”. Es decir: el orgasmo. Se prescribían sesiones masturbatorias frecuentes o la concepción de una nueva prole para “calmar” las ansias del útero que causaban estragos en los nervios de las pacientes. Esto en los casos menos infelices, porque centenares de mujeres también fueron sometidas a vejaciones, reclusiones, ablaciones de clítoris, galvanizaciones y otras barbaries.
Estas prácticas privadas —usualmente consideradas vergonzosas, pues las histéricas significaban una deshonra para la familia— ocurrían en una sociedad ganada por las normas de la más rígida moral, en la que por una parte se alababa el autocontrol individual de las pulsiones en pos del beneficio de la colectividad, mientras por la otra la prostitución alcanzaba niveles históricos de crecimiento.
En esa época, curiosamente, el descubrimiento de la electricidad le dio un espaldarazo al placer con la invención de los vibradores. Algo que sucedió diez años antes de que aparecieran las planchas de ropa.
Cuando en los años sesenta del siglo pasado el orgasmo fue finalmente separado de la función reproductora con la aparición de la píldora anticonceptiva, los avances en la investigación científica ya habían eliminado a la histeria de la lista de patologías. Entonces los catálogos de Sears, la tienda por departamentos estadounidense donde durante casi medio siglo se promocionaron los vibradores como artículos “muy útiles y satisfactorios para el uso casero”, se apresuraron en eliminar la publicidad de estas maquinitas del goce.
¡Y, oh, la hipocresía! Mientras la insatisfacción femenina era considerada una enfermedad se hacía cualquier cosa por aliviarla. Pero cuando empezó a tratarse como un tema de carácter sexual, empezaron los avemarías.
Aun hoy cuando, como en una profecía autocumplida de Foucault, estamos constantemente expuestos a imágenes eróticas, es más frecuente escuchar un verso de reguetón sobre sexo explícito que sostener una conversación pública sobre los inconvenientes para alcanzar el orgasmo o leer un trabajo responsable sobre el tema en la prensa.
Todavía es más fácil resolver la contratapa del diario con una mujer en bikini, llenar las salas de teatro con monólogos donde los órganos sexuales son tratados con eufemismos ridículos o intentar el viejo truco de descalificar a una mujer llamándola “histérica”. Y aunque ciertas excepciones aplican, aún existen aquellos a quienes la simple mención de la palabra orgasmo les resulta incómoda: la acusan de directa, de sensible. “Es delicado”, dicen. Grave síntoma. Preferirían que la realidad estuviera edulcorada por algún emoticón rosado chicle o velada detrás de un ligero rubor de mejillas.
En estos intentos persiste la necesidad de lavarle la cara al sexo con el amor, como si aún —victorianos— precisáramos de una excusa social para sentir placer. Pero también se esconde la amenaza del silencio.
Está la censura directa y está la ignorancia o el tratamiento superficial de estos temas, esa otra forma de silencio.
Desde los cientos de artículos que no dicen nada, tipo “5 tips para lograr el orgasmo”, hasta el número importante de mujeres que son juzgadas de fáciles o ligeras cuando se atreven a poner el tema sobre la mesa (pasando por la caricaturización del porno), existe una realidad aterradora: miles de mujeres adultas el día de hoy se preguntan si alguna vez han sentido un orgasmo.
Ante la duda la respuesta es devastadora: no. No lo han sentido. Y no importa cuánta agua haya corrido por el cauce de la historia ni cuántas veces haya estado a nuestro favor: mientras esa respuesta persista la historia no habrá pasado. Y habremos perdido todos los esfuerzos.
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Texto publicado originalmente en www.prodavinci.com

sábado, 28 de febrero de 2015

Miss Universo y una pregunta difícil

Fuera del manido debate sobre la inteligencia de Paulina Vega, hay una pregunta que sigue sobre la mesa: ¿qué pueden las mujeres aprender de los hombres? Debajo de los reflectores, es un escenario repleto de cámaras que transmiten en vivo a cientos de países del mundo, una chica trata de responder una pregunta: “Es una pregunta muy difícil”, dice Paulina, quien pocos minutos después será coronada como Miss Universo.
Entonces, ¿qué pueden las mujeres aprender de los hombres? ¿Es ésa una pregunta realmente difícil de responder?
Cuando tienes menos de un año de edad y tú única labor es hacer arepitas de manteca/ pa’ mamá que da la teta no pasa nada con el estribillo que condena a la arepita de cebada al papá que no da nada. Pero cuando tienes más de seis y escuchas de pasada que “los hombres” (así, en plural, en esa generalización tan vasta en la que todo cabe) son unos inútiles, muérganos, vagos, infieles, irresponsables, mujeriegos, malos-malucos y que, para colmo, son todos iguales, lo que provoca es devolverse al capítulo de las arepitas.
Al encontrase por primera vez con ideas reivindicativas de nuestra condición de mujer, el instinto es condenar a la cultura patriarcal, llevándonos por el medio al primer hombre que tenga la mala fortuna de cruzarse en nuestro camino al terminar de leer a Simone de Beauvoir. Pero en la vida real, donde las cosas siempre son más complejas que en la teoría, los hombres de nuestra vida nos han enseñado, por contraste, mucho más de lo que podemos listar en cinco segundos de respuesta televisada.
Nos han ayudado a saber, por ejemplo, qué es una bobina o cómo se limpia un borner, qué significan las señas del umpire, lo cómodo que resulta guardar silencio, el placer infinito que esconde un pan con mortadela, decir que sí cuando realmente quieres decir que sí, la belleza deArma Mortal 4, cómo negociar con un mecánico, estacionarse eficazmente en doble fila, abrir una lata de atún con una llave.
Nos han enseñado de practicidad, pero también de simplicidad en un mundo confuso. Pero todo esto también podría enseñárnoslo una mujer. ¿O no?
Entonces, ¿qué podemos las mujeres aprender de los hombres?
Lo único que se erige como una verdad socialmente aceptada es que sólo nos conocemos a partir de los otros. En este juego de espejos, lo que más podemos aprender de los hombres no es otra cosa que una mirada complementaria sobre el mundo, una apertura que aporta perspectiva y profundidad: una sabiduría tan rica como la femenina, a la que sólo podemos acceder a partir del respeto.
Una de las deformaciones de la lucha por la equidad de género ha sido la castración simbólica de la masculinidad sintomatizada en la descalificación, la ridiculización o, incluso, episodios de violencia contra el hombre que (aunque aislados y porcentualmente nimios en relación a los femeninos) no dejan de decirnos que hay algo nuevo sobre el panorama a lo que también debemos prestarle atención.
Cuando se discuten estos temas en fueros privados suele decirse “primero lo primero”. Lograr avances en los derechos de las mujeres, esa ardua tarea que nos ha llevado siglos, sigue siendo el objetivo. ¿Pero de qué nos sirve haber reivindicado el pensamiento independiente, si no podemos pensar también sobre lo nefasto que resulta romperle las pelotas a nuestros compañeros?
Ellos, además, están haciendo su parte. No hay un movimiento reconocido ni bautizado, pero sí una nueva manera de hacer las cosas que busca superar los roles de víctimas y victimarios. Con una completa consciencia de la carga histórica que llevan a cuestas, desde hace años hay hombres apostando a la vida en pareja, a la paternidad responsable, a la sensibilidad, a la distribución justa de las tareas en el hogar. La equidad de género es una batalla que se libra en las cortes, en los medios, pero también frente a la pila de platos por fregar.
Bajo este contexto, quizás la nueva Miss Universo tenga razón: se trata de una pregunta difícil porque implica deslastrarnos de una visión muy oscura, aunque afortunadamente cada vez menos generalizada, de la masculinidad. Y Paulina da en el clavo cuando responde que hay hombres que creen en la igualdad y que bien podríamos las mujeres aprender de ellos.
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Artículo publicado originalmente en www.prodavinci.com