domingo, 30 de noviembre de 2014

Lilith y el génesis del deseo sexual

La primera mujer que pisó la faz de la tierra disfrutaba del sexo y ésa fue su tragedia. Al menos eso sugiere la interpretación de los textos bíblicos que originó la leyenda judaica de Lilith.
Todo comienza, como siempre, en el Génesis. Sumido en aquel arrebato creativo que dio origen al mundo, Dios creó a la especie humana: “varón y hembra los creó” (1:27). Más adelante nos cuentan que “de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer y la trajo al hombre” (2:22). ¿Pero no había creado ya a la mujer en el primer capítulo? Así aparece Lilith: en un muy discutido vacío de la historia.
Dice la leyenda que Lilith fue esa mujer del primer capítulo. Creada en igualdad de condiciones que el hombre. Original. Única. Un poco hipster si se quiere. Dueña del mundo y de su cuerpo desnudo, pareja de Adán quien, atrapado en esa posición incómoda de tener que fundar la humanidad sin tener mucha idea de nada, la sometía a la peor de las circunstancias conyugales: el aburrimiento de la eterna posición del misionero.
Llitih abandonó a Adán con su vida inalterable en el Edén y se fue a copular con mil demonios a la orilla del Mar Rojo. Antes de eso había descifrado el nombre sagrado de Yahvé y eso la hizo acreedora de un par de alas que fueron su boleto a la libertad. Siglos después se harían novelas de vampiros con su nombre. Éste, y no la muerte de todos sus hijos, ha sido su peor castigo.
En plena depresión del lecho vacío, Adán convenció a Dios de que se sentía muy solo. Lloriquea un poco por los rincones del Paraíso hasta que se queda dormido y cuando despierta Dios ha creado para él una mujer excepcional. Toda regia, toda apéndice, toda madre hasta en el requisito del hijo problemático: toda Eva.
Eva vs. Lilith. En la bóveda de la Capilla Sixtina hay una representación de ese momento tragicómico de la historia en el que nos dimos cuenta de que estábamos desnudos. Miguel Ángel dibuja a la serpiente como una mujer sin extremidades inferiores con el torso desnudo, enrollando su largo cuerpo constrictor alrededor del árbol de la vida. Parece que la leyenda vuelve a darle un papel estelar a Lilith.
 “A ella le gusta mucho el semen del hombre, y anda siempre al acecho de ver a dónde ha podido caer (generalmente en las sábanas). Todo el semen que no acaba en el único lugar consentido, es decir, dentro de la matriz de la esposa, es suyo: todo el semen que ha desperdiciado el hombre a lo largo de su vida, ya sea en sueños, o por vicio o adulterio. Te harás una idea de lo mucho que recibe: por eso está siempre preñada y no hace más que parir”, dice Primo Levi en Lilit y otros relatos.
A diferencia de los hijos de Eva que pueblan la tierra, los hijos de Lilith (los lilims) no sobreviven. Cientos de ellos son asesinados todas las noches por los tres ángeles que el Señor envió hasta el Mar Rojo para persuadir a la desertora de regresar al rebaño. Snvi, Snsvi y Smnglof fueron a buscarla y ella los despachó con una sentencia parecida a “primero muerta que devuelta”. Desde entonces, Lilith se venga de la prole de Adán atacando a los niños recién nacidos y a las madres que no porten un amuleto con los tres nombres de los ángeles vengadores. Ése, dicen, es el origen de la palabra lullaby (que puede traducirse como arrullo o canción de cuna), la cual se entonaba para “ahuyentar a Lilith”.
El mismo plano cartesiano en el que se insertan casi todos los hechos femeninos y que dio origen a creencias tan arraigadas como “damas en la calle y putas en la cama”, tenemos así a la mujer madre que funda el mundo y a la mujer sexual que desova monstruos.
La herencia de Lilith. Esta dicotomía ayuda a entender la simbología que nos rodea, incluso hasta la modernidad. La antecesora de la Barbie fue una muñeca alemana llamada Lilli, con apariencia de dominatrix. Su herencia literaria comprende desde la Reina Blanca de Narnia, laLolita de Nabokov y los seres imaginarios de Borges, hasta el catálogo femenino de Anaís Nin enDelta de Venus. En astrología, ese punto matemático e incorpóreo que se produce justo cuando la Luna está más alejada de la Tierra se llama Luna Negra o Lilith. Su mito logró atrapar a los maestros del psicoanálisis. Lilith y Freud. Lilith y Jung. Lilith y Lacan. Toda una celebridad del mal construida a partir de un suceso tan trascendental como inadvertido: la verbalización de su deseo.
La primera mujer sobre la faz de la tierra no sólo sabía lo que quería, sino que logró convertirlo en texto fundacional, asumiendo sus consecuencias para siempre. Es allí, y no en las tantas vueltas de tuerca de la historia, donde reside su grandeza.
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Artículo publicado originalmente en Culturtetas y en Prodavinci 

sábado, 1 de noviembre de 2014

El cáncer y la trama interrumpida

Los huérfanos de madre somos gente peligrosa. Si la perdimos en alguna etapa de la vida en la que pudiéramos experimentar el dolor con absoluta conciencia, crecemos con la idea de que nada –absolutamente nada– podrá lastimarnos tanto. Entonces, temerarios, vamos por la vida estrellándonos contra los afectos, buscando superar aquel umbral como un adicto que persigue el abismo de la primera patada de heroína.
Yo perdí a mi madre a los dieciséis años. Murió de metástasis ósea luego de luchar nueve años contra cánceres femeninos: de útero y de seno. Todos sus diagnósticos fueron tardíos. Cuando presentó problemas en el aparato reproductor le dijeron que era la menopausia. Cuando empezaron a dolerle los huesos le dijeron que debía bajar de peso.
El de Ysabel fue uno de los 12.66 millones de casos de cáncer que se diagnostican anualmente en el mundo, de los cuales 1.38 millones, que es lo mismo que decir toda la población de Estonia, corresponden a cáncer de mama. Las estadísticas son crueles: el 98% de las mujeres pueden sobrevivir si la detección es temprana y el estadio de la enfermedad es localizado, pero sólo 9,25% de los casos cumple con ambos requisitos.
Siempre sonrío cuando la recuerdo. Solía dar unos consejos terribles; era, ahora lo veo con claridad, profundamente ingenua. Para ella la resolución de los conflictos consistía en desbaratarlo todo y volver a empezar con un ímpetu desbordado. Le encantaban los proyectos nuevos donde nada estuviera hecho, viajar a lugares a donde no tuviéramos mucha idea de cómo llegar, le aburría permanecer demasiado tiempo en el mismo sitio e inventaba expediciones asombrosas que podían terminar en la Gran Sabana. Era sagitario y, como el centauro, podía patear muy lejos algún asunto que le disgustara para correr en la dirección contraria con los rizos al aire.
Amaba su cabello. Cuando se le cayó tras la primera sesión de quimioterapia lloró como una niñita. Todos en casa lloramos juntos. Luego nos reímos a carcajadas por lo graciosa que se veía: muy venezolanos en la tragedia. Compramos unas pelucas que terminaron usando mis sobrinas en los actos escolares. Como sufría de calor, decidió llevar su calva cáncer al viento. Nunca hubo nadie más valiente en todo el mundo.
Probamos de todo: cirugía, quimioterapia, radioterapia, helados curativos de Yaritagua, brebajes milagrosos del Doctor Fulano, peregrinaciones a Betania, sanación de chakras, batidos de proteínas, terapia de abrazos, terapia de risas, psicoterapia, llorar hasta quedar vacías, preguntarnos por qué, todos los días, conocer otras pacientes, vernos en su dolor. Aceptar. Soltar. Morirnos. Hicimos de todo hasta morirnos, incluso los que quedamos vivos, porque nadie regresa incólume de la experiencia de la muerte.
Desde entonces, las preguntas siguen allí. Qué pasa en ese cuerpo de mujer que no fue dócil, ni amable ni sabio cuando decide arremeter contra sí mismo. Por qué, justamente, los órganos que definen el género. Por qué tanta rabia profunda, ancestral, anquilosada, contra lo femenino. Mamá se murió sin que pudiéramos averiguarlo y he pasado demasiado tiempo preguntándome cómo se recomponen emocionalmente las fibras de un tejido dañado, porque eso es el cáncer: una fibra rota.
Decía Freud, con su particular misoginia, que el único invento destacable de la mujer en la historia de la humanidad había sido el tejido, que eso explicaba nuestra afinidad por el mundo de la moda. Quizás también explique la dolorosa realidad de miles de mujeres esclavizadas en maquilas, dedicadas al corte, la costura y la confección. La mano de obra barata de las grandes marcas de ropa es femenina y menor de edad, pero eso no lo previó el padre del psicoanálisis.
El tejido nos oprime o nos libera. Por eso, si usamos el símbolo a nuestro favor, el huso, la rueca, la aguja y el hilo, funcionan para unir aquello que está separado, algo que las mujeres hacemos con maestría desde el inicio de los tiempos, aunque a Eva la hayan tratado de convencer de lo contrario. Si sabemos cómo unir, si uno de nuestros súper poderes es el enlace, entonces nos debería faltar muy poco para liberarnos del cáncer de mama. Bastaría con que tratáramos de conectar nuestro dolor con el dolor de los otros en una trama de apoyos concretos.
Pero también de restituir el hilo que conecta a la mujer consigo misma. Con el reconocimiento, aceptación, hasta regocijo de lo que nos hace distintas, en el disfrute de nuestra capacidad de crear, sea un hijo, proyecto, empresa, comida, obra de arte. ¿Podría tratarse de algo tan sencillo como aceptar que soy mujer, me gusta y no me pesa? No lo sé, pero como descendiente de una víctima de cáncer femenino es lo que estoy intentando.
Los huérfanos de madre que murieron por estas razones somos legión, 1 de cada 42 pacientes muere dejando a un gentío herido por el mismo hilo roto. Porque aunque todas las postales del día de la madre –y hasta la propaganda oficial– digan que los muertos viven, te acompañan, te protegen y hasta guían las riendas del país, la ausencia es un hecho físico. Hondo. No puedo levantar el teléfono para preguntarle a mi mamá que haría ella en alguna situación o si quiere salir a tomarse un café. Tampoco puedo verla envejecer para hacerme una idea de las transformaciones que me esperan. Hablo del cuerpo y de los sentidos. De una proximidad que me fue negada. No puedo sentir su temperatura, apenas puedo recordar la textura de sus manos, ya no sé muy bien qué tan alta era. Y el problema no es que nada duela más que esto, sino que todo duele exactamente igual.
Días antes de que mamá muriera, mi hermana mayor descubrió que había heredado sus manos. “Cuando mis hermanas te extrañen yo les diré que tengo tus manos”, le dijo. Eso es lo único que tengo, las manos de mis hermanas a las que tejerme.
Pero también estoy yo aquí, me tengo como prueba viviente de que mi mamá pasó por la tierra. Tengo mi voz para decir: soy mujer, me gusta y no me pesa.  También tengo mis manos para tocar a los otros y tocarme a mí misma, porque nunca un eslogan fue tan acertado: ¡Tócate! Para detectar algo a tiempo.
Tócate para reconocerte. Tócate: tente contigo, no permitas que el hilo se rompa. No te separes de la trama.
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Artículo publicado originalmente en www.prodavinci.com