jueves, 16 de mayo de 2013

Festilectura: Nos vemos en la resistencia


Melanie Pérez Arias

En la esquina sur oeste de la Plaza Altamira, bajo un paraguas que la protege escasamente de la lluvia, muy cerca del carrito de Nestea, se arrellana, diminuta, Laura Restrepo, la escritora colombiana con más de trece obras publicadas, ganadora del Premio Alfaguara de Novela. Vino a presentar su thriller Hot Sur en la feria del libro de una Caracas que se deshace como galleta con las primeras lluvias de la temporada. Es la quinta edición del Festival de la Lectura de Chacao y no ha parado de llover un solo día.
Frente al stand de Editorial Planeta, una larga fila de lectores, en su mayoría mujeres, esperan bajo la garúa por la firma de Restrepo. Ella se esmera con una dedicación desesperante "¿Vanesa con una o dos eses?", le pregunta a una muchacha de poco más de veinticinco años a la que se le ilumina el rostro. No hay sonido más plácido que el nombre propio, el nombre de uno. Laura lo sabe y pide que la llamen así, de tú.
Hola, un placer conocerte. Él es mi marido, pero solo vino a tomar la foto. –dice una mujer muy sonriente cuando finalmente llega su turno en la fila de autógrafos de Hot Sur. La fan se acomoda a su lado. Laura se quita los lentes con gracia y sonríe a la cámara. Una, dos, cientos de veces. Nunca con amargura. Ha firmado hasta ejemplares de sus primeros libros con una caligrafía Palmer excepcional y una disposición de ánimos que ya quisieran muchos para sí.
Qué feria tan bonita. La gente es muy cariñosa. Esto no se ve en todas partes. Un afecto. Un amor, dice con su acento cachaco antes de subirse al carro que la conducirá al hotel. Son las ocho de la noche. No ha parado de trabajar desde que llegó al país y aún le restan entrevistas. Decenas de medios han querido saber cómo Hot Sur desmonta el sueño americano a través de personajes capaces de traspasar fronteras no sólo geográficas, sino las que ponemos frente al otro, “el que es diferente, el que nos suscita desconfianza, el enemigo político. El miedo al otro es un gran factor de cohesión para los gobiernos y los pueblos caen víctimas de ese pánico. Se hacen campañas contra los terroristas, los que nos quieren atacar, los que envidian nuestra democracia, eso facilita la unidad interna pero genera mucho daño. ¡Qué pesadilla estar encerrados con nuestros miedos!", asegura Restrepo.
En Hot Sur el elemento cohesionador es el lenguaje. “Si entendemos el destierro no sólo como un fenómeno territorial sino como la ausencia de posibilidades de trabajo, de educación, de futuro, el idioma es el terreno que le queda al desterrado, cuando le han quitado todo lo demás”. Por eso la rebelión del pabellón femenino en la cárcel  adonde va a parar María Paz (la protagonista) estalla justo cuando les prohíben a las reclusas hablar en español. En Hot Sur todos los personajes están mediados por la palabra, en tanto son ellos mismos quienes cuentan su historia.
Asumir la palabra como -repitamos el lugar común de- un lugar de encuentro, contribuye al efecto amoroso que la autora percibe de sus lectores en esta esquina lluviosa del Festilectura, pero también convierte a la feria en un emblema de resistencia.
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En un país donde casi todas las palabras tienen un correlato político, hablar de resistencia en la Plaza Altamira es entrar en un terreno pantanoso del que es imposible salir bien parados. Por eso vendría mejor pensar en un taxi sorteando el tráfico imposible de Caracas un viernes de quincena bajo la lluvia. Va cargado de doscientos cincuenta ejemplares de Hot Sur que hasta hace pocas horas no existían. Estaba el texto, la autora rumbo a Venezuela, el trabajo de años, el esfuerzo editorial, miles de lectores expectantes, impresoras prestas, faltaba el papel ¿dónde lo hallaremos? Algún militante tecnológico insistirá en el libro electrónico como la panacea. Bien. Pero planteémoslo en estos términos: no es el formato, es la cerca.
Editar un libro en Venezuela en condiciones normales no es tarea fácil, pero hacerlo en un país donde hubo que convocar a elecciones treinta días después de la muerte de su Presidente, es poco menos que imposible. Diez días de duelo nacional, suspensión de clases, marchas, concentraciones, cierres de campaña, elecciones, impugnaciones, cacerolas, cohetones. Esa sensación de que nada termina de arrancar, de que se nos extravió el Feliz Año.
Lo decía Carmen Ramia en la inauguración del Festival Internacional de Teatro de Caracas 2013: "de todos, éste ha sido el más difícil de organizar". Lo decía el Gran Combo en La Fiesta de Pilito: "si el año pasado tuvimos problemas quizás este año tengamos más".
Sin embargo, más de 230 mil personas visitaron el Festival de Lectura de Chacao durante dos semanas, resistiendo, entre otros embates, la intemperancia del clima, los libros a precio de devaluación o la insistencia de algunas editoriales de llevar el sale en lugar de la novedad. Nombres propios de escritores reconocidos y de lectores anónimos. Gente que quizá no viene a leer pero tampoco quiere estar sola. Decenas de actividades sucediéndose a la vez. La agenda oculta de la feria que termina siendo igual de interesante*.
"Léeme este cuerpo, mami", podría decir el hombre que acaba de reparar en el slogan de la feria sonriendo con picardía. Pero pasa de largo, quién sabe hacia dónde. Visto desde arriba, el escenario de Festilectura luce como una especie de baile colectivo, un peregrinaje de seres diminutos cruzando puentes desde todas las orillas posibles. Aquí, las semejanzas o las diferencias adquieren otro cariz. Eso que llaman perspectiva. Es lo más cerca que hemos estado en meses de mirarnos sin sospechas.
La construcción de consensos es difícil –apunta Restrepo quien participara del proceso de paz en Colombia en la década de los 80, del cual surgió su libro Historia de un Entusiasmo pero sin ellos la vida se vuelve imposible, peligrosa. Hay que asumir el compromiso de no pararse de la mesa, de reconocerle al otro una legitimidad en cuanto a adversario y de perdonar. Lo más importante en un proceso de paz es el perdón, es tan fundamental como complejo, porque ese que me agredió, que me insultó, que me desprecia y al que yo desprecio, es al que tengo que perdonar y darle la oportunidad de convivir conmigo. Hacerlo con los amigos no tiene sentido. Por eso me gustó escribir una novela sobre gente que es capaz de saltarse las fronteras, de desafiar toda la rabia que hay detrás de la construcción de una muralla, un concepto, además, totalmente medieval y anacrónico. ¿A quién se le ocurre construir muros para dividir gente?
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De regreso al hotel luce exhausta. Pide un té verde, habla de consensos con la misma familiaridad que de la música de Molotov, de sus personajes, de los géneros fronterizos, de la dicha que tiene la literatura latinoamericana actual de no ser un boom o de su negativa a usar redes sociales. Se queda en silencio un largo rato mientras piensa en cuál libro le regalaría a Venezuela.
La autobiografía de Nelson Mandela -contesta finalmente- esa inmensa y prodigiosa lección de diálogo. Y, cómo no, de resistencia pacífica.


*La persecución a Horacio Convertini en el concierto de Famasloop; conocer a Eduardo Sánchez Rugeles con su cara de niño bueno -zapatos Timberland incluídos- en contraste dramático con sus personajes demoníacos; la guarapita en Lugar Común; la generosa honestidad de Rodnei Casares cuando te quita un libro de la mano y te dice "ese no, éste" entregándote otro, sin equivocarse nunca en tus gustos. Las cervezas en los chinos, las sardinas firenzes. Hay cuentos.

domingo, 5 de mayo de 2013

El fin de la inocencia


Habrá sangre. Seguro habrá dolor. Esta es mi última noche con una muela de leche.
Hace más de un año me advirtieron que esto iba a pasar pero, como siempre, no quise apurar la despedida. No es lo mismo perder algo a que te lo arranquen. No es lo mismo decir adiós que desaparecer.
En un mundo en el que nada permanece, mi muela y yo aceptamos el destino de la insustituibilidad. Una condición un tanto ególatatra que nos mantuvo juntas, cómplices, durante más de veintisiete años.
Cuando me enteré de que no hubo Dios en el mundo capaz de crear un diente que expulsara a esta muela de su sitio, le tomé, más que respeto soberbio, muchísimo cariño. Su malformación me pareció tierna, providencial. Además me dio una historia para romper silencios incómodos de sobremesa o para consentir a los nietos.
-Pero mamá, la abuela Mela también tiene un diente de leche.
-La abuela Mela está loca, igual vas a ir al odontólogo.
Pocas veces vemos tan claro el momento en el que se nos rompen los sueños. Yo que quería ser una vieja loca con un diente de leche, terminaré convertida en una abuela de implantes que va a clases de pilates los miércoles por la tarde en el club.
A partir de mañana seguiré riéndome con toda la encía pero no con todos los dientes. Tampoco me antojaré de helado a medianoche, ni le mentiré a mi padre cuando llame a preguntar si ya desayuné. Dejaré de llorar con los cuentos de Oliver Jeffers, de jugar con perros ajenos, de odiar a los gatos, de sacarle la lengua a los niños en las colas de los bancos. Seré más eficiente y puntual. No hablaré con extraños.
Pero miraré cómo una parte de mi ocupa otro lugar. Un espacio afuera que no es éste pero también es mio. Estaré más cerca de entender el extrañamiento del amor. Eso de que una parte de mi se va contigo siempre me ha parecido falaz. En rigor, yo siempre me quedo conmigo, eres tú el que se va sin despedirse.