jueves, 25 de octubre de 2012

Asepsia



Martín venía tres veces por semana y cogíamos con pasión superficial. No era un asunto de desempeño, él pensaba en otra cosa mientras yo extrañaba la piel rugosa de mi ex y su manera de escupir sobre mi sexo justo antes de arreciar las embestidas.

Tampoco había funcionado con mi ex. Me quería. Cuando hacíamos el amor me lo decía "te quiero, negrita". Martín, en cambio, me tenía un poco sin cuidado y yo a él. Dividíamos las cuentas. Paseábamos sin tomarnos de la mano. Nos emborrachábamos una vez a la semana en un bar donde ponían salsa para que todos se imaginaran que habían nacido en Catia, como si eso les aligerara las culpas. La gente siente culpa por todo. Quizá sea porque sólo sudan por placer.

Yo sudaba mientras caminaba de mi casa a la avenida. Me gustaba el transporte público. El olor corporal de las personas, el roce. Martín era aséptico. Creo que se bañaba con jabón azul pero su piel era suave. Eso le molestaba. Quería ser como Charlton Heston, tener un rifle, pero no le salían pelos.

Un día, Martín conoció a una muchacha que le podía presentar a su mamá. Yo no dije nada. Me pareció lo más natural. Ni siquiera le dije que a veces, después del sexo, iba al baño a masturbarme con fiereza. En silencio.
 No me sentía culpable, ni desdichada. Era mi pequeña venganza personal contra las manías de Martín, contra su negativa a tocarme cuando menstruaba. Luego volvía a la cama, me hacía un nudo a su costado y le preguntaba si me quería.

lunes, 22 de octubre de 2012

El aburrimiento de Lance Armstrong



ADVERTENCIA: Este texto no es una apología a las drogas o al ciclismo, actividades igual de perniciosas en mi opinión

En este momento, en algún lugar del planeta, alguien arroja a la basura una pulsera de LiveStrong. Este lunes, la Federación Internacional de Ciclismo (UCI) decidió retirar a Lance Armstrong sus siete títulos del Tour de Francia, confirmando la decisión de la Agencia Antidopaje Estadounidense (USADA) quien lo suspendió del ciclismo para siempre tras comprobar que el superhombre se sometía a transfusiones sanguíneas, inyecciones de eritropoyetina y dopaje con píldoras de testosterona.

Ocurre siempre. Escogemos a un hombre, lo elevamos al Olimpo y lo bajamos de allí a patadas hasta ver reflejada nuestra mediocridad en su rostro derrotado. A Cristo le exigimos multiplicar los panes y el pescado, vino gratis, un performance impecable caminando sobre el agua, esperanzas de salvación. Luego le atravesamos las muñecas y las costillas con la carga de nuestros pecados. 

Es una trampa. Endiosamos. Exigimos lo imposible. Nos sentimos defraudados. Armamos un escándalo simulando indignación. La crucifixión pública del héroe como forma de lavar nuestras vergüenzas.

Armstrong cayó víctima de las expectativas. De las suyas y de las nuestras. No nos satisface la pequeña victoria del adolescente que finalmente consigue el número de la muchacha que le gusta mientras silba y sonríe, queremos ver a Baumgartner atravesando la estratósfera. Es vergonzoso. Ocurre siempre.

Hace poco le decía a un amigo que sí, que mi vida estaba bien, que estaba mejor que bien, la verdad. Todo en orden. Todo sexy. Pero que ahora quería grandilocuencia, ver cosas asombrosas, maravillas que me sorprendieran.

-Quiero arrebato, quedarme sin aliento -dije.
-¿Has usado drogas?- preguntó.

El pecado de Armstrong no fue el dopaje o la ambición, fue el aburrimiento. Lance Armstrong estaba aburrido de ser bueno pero no extraordinario. Y díganme ustedes, compañeros del promedio, quién lo podría juzgar.