miércoles, 29 de agosto de 2012

La violencia


Los loros del piso tres pueden contar las vocales mientras tararean canciones alucinadas. Cuando el vecino se va de viaje, la jaula del par de loros locos con rutinas sonámbulas y pésimos modales, aterriza en la casa de mi padre como un ómnibus extraterrestre ruidoso y sucio. No hay mucho qué hacer. No podemos decir que no. En este bloque somos familia, nos cuidamos mutuamente, y cuando a las dos de la madrugada suena una ráfaga de tiros, estamos todos juntos en el piso. En el piso de cada uno, claro, que son como los hijos de las madres cursis “todos los pisos del mundo”. Fríos y duros. Difíciles. Los pisos, hijo, son difíciles. A veces son para llorar, a veces para coger, pero para todos los casos son difíciles. 

Otra cosa son los techos. Los techos te ven por encima del hombro y aún así se llevan las loas de las madres cursis “un techo para mis hijos”. Yo tengo un techo con su piso difícil y sus paredes ahuecadas por afuera cuando a las dos de la madrugada suena una ráfaga de tiros.

A la mañana siguiente siempre llega la explicación. Esta vez contaron que un nuevo estaba descargando una pistola contra su piso para probarla. Que no era nada. Que no había culebra entre bandas. Que no hubo ningún muerto. Que normal. Difícil, pero normal. Esa mañana los loros del piso tres se despertaron más temprano. Estaban histéricos. Gritaban po po po po. No pow pow pow, como los loros de otros techos, gritaban ¡PO! Y se cagaban de la risa.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Esperando al albañil


Él cita con aparente descuido a algún autor semi desconocido del sur de Chile y tú lo dejas jugar. Ladeas un poco la cabeza interesada pero no expectante, decides decir “no lo conozco”. Guardas silencio para que continúe. Cuando aprendes a cazar, aprendes a ser presa.
Al cabo de un rato de disertación sobre la perversión de la industria cultural en la obra de Bolaño y la prostitución de los valores de la contracultura, decides decir que te gustó Los Detectives Salvajes. Él te interrumpe: “Si claro, aunque yo prefiero sus primeros libros de relatos, hay uno magnífico en el que…”. Vuelves a perderte en el color del vino. Tratas de capturar las virutas de colores. Te agazapas, a la espera.
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Desde la adolescencia las mujeres fantaseamos con albañiles antes de dormir. La sabiduría popular ha documentado por años lo que ocurre encima del andamio, los piropos, las vulgaridades, la costumbre de sorber aire entre los dientes, pero nadie ha dicho jamás lo que ocurre debajo de las faldas plisadas, más arriba de los mocasines.
En rigor, los hombres que trabajan con su cuerpo están en el tope de la escala evolutiva. Son firmes, dorados por el sol. Se levantan con el día, no le temen al trabajo fuerte. Prósperos en las buenas épocas. Cultivan la paciencia durante el paro. Son despreocupados y deliciosamente simples en los placeres y el humor. Saben disfrutar la vida. Culminan el día con una cerveza y una mujer. Los albañiles son nuestro Aquiles sin tragedia.
Si buena parte de la conciencia de uno mismo se adquiere a partir del encuentro con el otro, el piropo y la certeza de saberte deseada son determinantes para el descubrimiento de nuestra sexualidad. Gracias a eso en las filas del colegio en las mañanas, mientras repites que María está llena de gracia, tratas de juntar las rodillas un poco más y de trasladar el peso de tu cuerpo de un lado al otro, cadenciosa e imperceptiblemente.
Las niñas de colegios privados de libertad –con honrosas excepciones- que no disfrutaron de las caminatas de la casa al colegio atravesando una construcción repleta de hombres sin camisa, se casan con muchachos de cuatro nombres pero terminan acostándose con sus instructores del gimnasio, esa versión potable del albañil.
Otras, las que leyeron a Kundera sentadas en la grama rodeadas de aire dulce, se obnubilaron con el primer barbudo de izquierda manual que pudiera recordar más de dos versos de Táctica y Estrategia, se olvidaron del albañil y se empeñaron en poner como requisito haber leído a Hemingway. Todo mal. Hemingway no es un requisito, Hemingway es un albañil.
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El albañil es la representación arquetípica de la pulsión sexual. Instintiva e irreprimible. Por lo tanto auténtica y libre. Esperar al albañil significa desprender lentamente todas las capas del hombre híper o sub intelectualizado que tengas en frente hasta que logres reconocer su naturaleza salvaje en alguna mirada no planificada. Por lo general ocurre cuando has tenido bastante paciencia, el chico se relaja y dice alguna tontería encantadora o frente a situaciones límite en las que tiene que activar a ese macho alfa que se sube a los andamios sin arnés, cuando piensa rápido, cuando acaricia con iniciativa. Esto ocurre en un destello y a veces las mujeres estamos demasiado adormecidas para notarlo. Encerradas en nuestros requisitos, pensando de más, dejamos escapar al albañil y volvemos a aterrizar en la puesta en escena.  A veces ellos también se estancan en el personaje que construyeron para sí mismos. A veces, incluso, los papeles se invierten. Demasiada pérdida de tiempo.
Así que celebra si en la próxima cita, de repente, entre la bruma de lo común, como un patronum resplandeciente, ves aparecer al albañil detrás de los lentes de pasta de tu chico geek cuando decide mirar más allá de tu falda plisada, bastante más arriba de la rodilla