miércoles, 18 de abril de 2012

Reto #30Libros Día 14: Uno que haya odiado hace años y hoy admira


 La caverna, de José Saramago

La odié por obligación. Como me obligaron a leerla me parecía lo más justo. Creo que terminé odiándola porque la sufrí, la padecí como una crucifixión intelectual, la putié, la maldije, la defenestré, la sobrellevé pesadísima en la cartera hasta que la terminé y si no la quemé fue porque destruir un libro es como matarse un poquito por dentro y así tampoco, pues. 

“La Caverna”, de Saramago, fue para mí la roca de Sísifo de mis lecturas universitarias. Además de que me parecía sospechoso que tuviera el mismo título que la de Platón, me pasé la mitad del libro buscando la analogía con la obra griega y se me convirtió en una tragedia de la misma nacionalidad.

Lo peor de mi inquina contra La Caverna, fue que me privé de Saramago durante demasiados años, como quien se niega a probar la Emulsión de Scott de naranja porque lo obligaron a tomar la original que sabia a bacalao y daba náuseas. Igualito. 
 
Error. 

Me gustaría saber qué fue lo que escribí en el ensayo de comprobación de lectura porque estoy segura de que no le hice justicia a un libro universal que bien pudo haberme preparado, sin darme cuenta, para los cambios en los que hoy estamos envueltos y tenemos tanta necesidad de explicar. 

El conflicto Centro-Periferia, las transformaciones sociales que trae consigo el avance de la tecnología, la cultura de mercado e incluso una idea de Dios y de nuevos dioses que no supe apreciar en su momento. No en vano fue publicada en el 2000 como prefacio de épocas de cambios tan trascendentales como definitivos.

lunes, 16 de abril de 2012

La tiranía de lo saludable


Empezar por decir que como vegetales, me encantan las ensaladas y hago ejercicios para hablar de la Tiranía de lo Saludable sería como empezar un texto sobre rascismo diciendo "yo tengo un amigo negro". Aún así, diré que como vegetales casi todos los días, me encantan las ensaladas y trato de hacer ejercicios al menos tres veces por semana. Además me enfermo poco, me gusta tomar agua, no tengo problemas para dormir. Podríamos estar de acuerdo en que soy una tipa saludable. Bien.

Ahora, al punto.

La semana pasada vi The Sleeper (1973) una de las primeras comedias de Woody Allen en la que interpreta -como siempre- a un newyorkino neurótico dueño de una tienda de alimentos saludables en Greenwich Village, que acude al hospital para una operación sencilla tras la cual es congelado por error y despierta 200 años después en una realidad donde, entre otros cambios absurdos y divertidos, se comprobó que la comida saludable no servía para nada y que lo verdaderamente nutritivo eran las grasas saturadas y las tortas de chocolate.

Recientemente también vi "50/50" una película inteligente sobre el cáncer en una persona muy joven interpretada por Joseph Gordon-Levitt, quien en la primera escena aparece corriendo por las calles de la ciudad. Más tarde, cuando se entera de que tiene un tumor su reacción es decir: "That doesn´t make any sense. I don´t smoke, i don´t drink... I recycle".

Ambos ejemplos me sirven para explicar lo que yo llamo "La Tiranía de lo Saludable". Estoy convencida de que las personas que hacen ejercicios y se alimentan sanamente también te lanzan el carro en la autopista, le gritan a sus hijos o se colean si les dan la oportunidad, en la misma proporción de los que comen chatarra, porque "una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa" y no existe ninguna relación entre llevar una vida sana y ser una buena persona, aunque intenten convencerte de lo contrario.

Recientemente, la obsesión milenaria de los seres humanos por la inmortalidad se ha traducido en legiones de gurus de la nutrición, el fitness, e incluso la espiritualidad, que tratan de persuadirte de que tus hábitos son malos porque no se parecen a los de ellos.

Hay un hálito de superioridad que rodea a todo lo catalogado como "saludable" que resulta desagradable y hasta asfixiante. Personas que sacan conclusiones sobre tu vida de acuerdo al diámetro de tu circunferencia abdominal o tu índice de grasa corporal; huestes dispuestas a darte recetas para dejar de fumar o mejorar tus tiempos en carrera; gente sin otra conversación que cuántos minutos de TRX hicieron en la semana; vendedores de Herbalife. Hay de todo. Una vez, en una discoteca, un muchacho se presentó y en seguida me preguntó qué deporte hacía para mantenerme así de flaca. Viejo, ¡por favor!

No son todos. Como sucede siempre, son sólo los más inseguros de cada grupo los que actúan así.

Mi amiga Samantha* es vegetariana. La mamá del muchacho que me gusta también. No son ovo ni lactovegetarianas, son veganas de las duras y nunca, ni una sola vez, han tratado de convencerme de que las chistorras con las que acompaño mi cerveza en la Tasca de Juancho van a heredarme karma o a obstruirme las arterias hasta hacer estallar mi corazón, cosa que, por cierto, médicamente es posible.

Lo mismo ocurrió con la prohibición de fumar en espacios públicos. Como lo de respetar los límites ajenos no se nos da bien y ya no existían fronteras entre las áreas de fumadores y no fumadores, escogimos castigar y confinamos a los fumadores casi a ghetos, catacumbas a salvo de nosotros, la Santa Inquisición de los Bienaventurados No Fumadores del Séptimo Día. Yo no fumo, me parece un hábito horrendo que además causa celulitis, pero si mis amigos quieren fumar no lo hacen en mi presencia y mal podrìa yo andar diciéndoles que están matando sus alvéolos, que acortan su vida, que si acaso no quieren a sus hijos.

Es un pacto, ¡bendito sea Rousseau!

Usted tiene una vida y hace lo que quiera con ella. Siempre que no me arroje el humo del cigarro en la cara, ni coarte mi derecho al libre tránsito para ejercitarse, ni me arruine el almuerzo diciendo "¡Qué asco, víceras!", ni vulnere mis derechos al ejercer los propios, ni atropelle mis ideas para defender las suyas, ni trate de convencerme de que su estilo de vida es mejor que el mío, nos llevaremos bien. Eventualmente usted morirá y yo también, pero al menos habremos convivido sin reventarnos las pelotas.

*Dice Sammy que ella come leche, huevos y hasta pescado a pesar del mercurio, pero que "de algo se tiene que morir", ¿ven lo que les digo?

domingo, 15 de abril de 2012

Reto #30Libros Día 13: El primer libro que leyó en su vida

El libro del Yok Yok

Cuentan mis hermanas que fueron tantas las veces que me leyeron el libro del Yok Yok que a los tres años ya me lo sabía de memoria y cuando las amigas de mi mamá iban a visitarla ella proveía entretenimiento a mis expensas: “Mami, muéstrale a Iraida cómo tú lees”, me decía. Entonces esa pequeña humanidad con rulos que era yo, repetía las frases asociadas a los dibujos aunque tuviera el libro al revés. Risas enternecidas de señoras.

Tiempo después, ya con experiencia en la escuelita prekinder, mi mamá me sorprendió sentada como indio sobre nuestro viejo mueble de mimbre muerta de la risa leyendo, ahora en serio, el libro del Yok Yok. Me interrogó con desconfianza:

-¿Mami, qué dice aquí?
-Cucharilla -le respondí.
Rostro confundido de señora.

No puedo dar fe del relato anterior porque ya sabemos cómo afectan los afectos a la memoria. Tampoco puedo recordar sin esfuerzo qué hice hace cinco sábados, pero evoco con exactitud cómo se transformaba la cara de Yok Yok cuando se miraba en una cucharilla y lo bien que me sentía con ese cuento.

Nunca más volví a ver el libro, se extravió, fue a dar a una caja, nadie sabe. A veces lo busco en las secciones infantiles de las librerías sin éxito. La vida no es una comedia romántica. "Crece", me digo. Pero buscando la portada del libro para este ejercicio, me topé con este Flickr y el video del final. Casi puedo escuchar a mi pequeña humanidad con rulos sonreír.

sábado, 14 de abril de 2012

Reto #30Libros Dìa 12: Una biografía

Ocho meses después retomo el blog y el reto de escribir sobre un libro por día. 
¡Vamos equipo!


Supongo que fue karma porque todavía no devuelvo dos libros ajenos que ya me leí, pero mi ejemplar de "Ché Guevara, una vida revolucionaria" de Jon Lee Anderson lo tiene el esposo de una amiga y digo que lo tiene él y no que lo tienen "ambos" porque se están divorciando y en medio de la vorágine que supone una separación imagino que no han llegado al punto de discutir "de quién es la culpa de no haberle devuelto el libro a Mela".

En fin. No tiene caso llorar por los intentos fallidos ni por los libros perdidos ni por el dineral que me costó por allá en el año 2007 cuando lo escogí en la estantería mientras mi tarjeta de crédito se retorcía de dolor en la cartera. No. No vale la pena, ni siquiera, recordar que lo escogí por encima de "Harry Potter and the Deathly Hallows" porque el último libro de la zaga del mago estaba en inglés y a mi me dio un arranque de orgullo hispanohablante que hasta comentamos en este blog.

Sólo vale la pena recomendarles un libro que en mi opinión no presenta una versión maniquea de la vida de Ernesto Guevara. El trabajo de investigación de Jon Lee Anderson fue tan excepcional que logró dar con el lugar en Bolivia donde habían enterrado el cadáver del Che, sin manos y con los ojos abiertos -según la mitología guevarista desprendida de la última foto que le tomaron- porque "no parpadeaba ante la muerte". Si, buenas, somos latinoamericanos y somos cursis.

Recuerdo que sólo hablaba de eso porque me parecía fascinante la cantidad de datos y la manera de abordar una vida que fue tan heróica como cuestionable. Como mi personalidad obsesiva no le da tregua a ciertos temas, por la misma época me leí dos libros más, bastante panfletarios, que no me parecieron ni remótamente buenos, escuché completito el discurso ante la ONU, mi mejor amiga me regaló una foto del Che recostado en una cama, tomando mate, ¡sin camisa!. Despreciaba sus métodos pero sentía una atraccion carismática hacia el personaje, una especie de pasión adolescente. La fiebre llegó al cenit cuando vi Diarios de Motocicleta con otros ojos y me provocó gritar "Gael García Bernal, házme tuya". Por supuesto que Rebelarse Vende.

El descenso desde la cumbre fue vertiginoso. Había conocido Buenos Aires en medio de una crisis personal y la ciudad se me pareció más a Sábato que a Cortázar, más a milonga de arrabal que a tango de salón, más a Tévez bailando cumbia que a corazón de la revolución latinoamericana y me provocó gritar en Plaza de Mayo ¡A la mierda todo! Lo que había empezado como una simple curiosidad intelectual a partir de un libro magnífico se había convertído en el epílogo de una etapa de mi vida que nunca más.

Conservo lo que aprendí, una visión periférica sobre su vida que es difícil de explicar especialmente a los que no entienden de contradicciones, pero cuando vi la película "Ché" protagonizada por Benicio del Toro me quedé dormida de puro aburrimiento.

Entonces me supe libre.

martes, 10 de abril de 2012

Teatro. Otra historia de violencia

-Chamo, ¿tú eres marico? ¡Baja la pistola!- le ordenó al compañero al ver mi cara de espanto.

En los últimos años las alcabalas de policía se habían convertido en sinónimo de peligro y antónimo de resguardo. La psicóloga asesinada por no atender la voz de alto; el grupo de universitarios que regresaban de una fiesta cuando fueron acribillados por policías encapuchados; la hija de un cónsul extranjero abaleada por uniformados con más miedo que pericia a la hora de disparar. La lista era larga y pensé que iba a tocarme a mí, pero esa noche el muerto era otro. 

Era viernes y yo volvía del teatro. Había visto una obra con un guión flojo como parte de un festival internacional que se celebraba en la ciudad durante la Semana Santa. Siempre me gustó Caracas desierta. Cuando los temporadistas se iban parecía expandirse, estirarse más allá de sus límites como quien despierta y se espabila. Se la podía ver en sus anchos y largos, como una mujer tendida después de hacer el amor antes de que la asalten las culpas o los presentimientos.

En la primera escena de la obra dos hombres desnudos tenían sexo sobre unas plataformas de latón, única escenografía de una pieza experimental que recreaba uno de los crímenes más sonados en los últimos años en el país: el de un cura homosexual que fue encontrado muerto en un hotel de menos dos estrellas. Todavía recuerdo cómo a las pocas horas de haber ocurrido alguien comentó: "Ese es el Hotel Bruno, donde entran dos y sale uno". Listo. Con su despliegue en la página de sucesos y su respectivo chiste popular, nadie olvidaría el caso en un buen tiempo.

Salí decepcionada de la sala, en parte por los lugares comunes de la obra pero también por el comportamiento infantil de un público para quien la frase "apaguen los celulares" significaba "déjelo encendido hasta que suene la alarma de la pastilla anticonceptiva". Me hice la idea de ver una película en la casa y recuperar el ánimo.

De noche solía manejar sin música para escuchar al carro y usaba los lentes correctivos para circular con vidrios oscuros: Caracas no era una ciudad para dejarse ver sola, presa. El hombre que me apuntó con la pistola no estaba de acuerdo, los vidrios espejo le activaron el resorte del miedo y reaccionó como lo enseñaron.

Igual que en un escenario. Noche trancada. Dos hombres barren el frente de una funeraria al inicio de la calle, con total normalidad. Al fondo, la coctelera de luces azules y rojas que bailan incesantes, frenéticas. A cuatro metros de la segunda funeraria, antes de alcanzar la esquina, tres hombres hablan alrededor de un cuerpo humano cubierto con una sábana blanca empapada de sangre. A la izquierda un policía detiene a un carro con vidrios oscuros mientras muestra su placa. Detrás de él otro policía desenfunda una pistola.

-Chamo, ¿tú eres marico? ¡Baja la pistola! – le ordenó al compañero al ver mi cara de espanto - ¡Cálmese! - me ordenó a mí.

Me encontraba en un estado deplorable de indefensión: acababa de ver a un hombre muerto, estaba sola e histérica frente a una placa oficial y una pistola. Había ido a parar a la escena de un crimen al final de la Calle de las Funerarias en la Avenida San Martín.

Nadie decide lo que piensa en un momento así, ¿o sí? Lo primero que constaté fue que, en efecto, las sábanas con las que cubren los cadáveres son blancas y no es un invento de la ficción. Pensé en lo que inconveniente que era y me descubrí llorando. No es que fuera difícil, mi criterio para el llanto siempre fue precario: lloraba por todo. Pero no encontraba la relación entre mi observación sobre la inconveniencia de la sábana blanca y el llanto desenfrenado. Nuestros mecanismos internos nos sorprenden y en ocasiones nos sobrepasan. 

El hombre con la pistola subió la barbilla y pude ver sus fosas nasales abrirse mientras parecía decirme ¡Arranca! con un gesto feroz. Reforzó su virilidad guardando el arma de reglamento y volvió a la sombra. Pisé el acelerador y salí de la pesadilla como quien no se puede despertar.

Esa noche, contra mi costumbre, no encendí velas. No quería saber nada del mundo de los muertos. Al día siguiente tampoco revisé la sección de sucesos de los diarios. El Domingo de Resurrección, luego de la clausura del festival, volví a pasar por la calle de las funerarias, el asfalto seguía manchado de rojo, no había ningún cuerpo.