jueves, 25 de octubre de 2012

Asepsia



Martín venía tres veces por semana y cogíamos con pasión superficial. No era un asunto de desempeño, él pensaba en otra cosa mientras yo extrañaba la piel rugosa de mi ex y su manera de escupir sobre mi sexo justo antes de arreciar las embestidas.

Tampoco había funcionado con mi ex. Me quería. Cuando hacíamos el amor me lo decía "te quiero, negrita". Martín, en cambio, me tenía un poco sin cuidado y yo a él. Dividíamos las cuentas. Paseábamos sin tomarnos de la mano. Nos emborrachábamos una vez a la semana en un bar donde ponían salsa para que todos se imaginaran que habían nacido en Catia, como si eso les aligerara las culpas. La gente siente culpa por todo. Quizá sea porque sólo sudan por placer.

Yo sudaba mientras caminaba de mi casa a la avenida. Me gustaba el transporte público. El olor corporal de las personas, el roce. Martín era aséptico. Creo que se bañaba con jabón azul pero su piel era suave. Eso le molestaba. Quería ser como Charlton Heston, tener un rifle, pero no le salían pelos.

Un día, Martín conoció a una muchacha que le podía presentar a su mamá. Yo no dije nada. Me pareció lo más natural. Ni siquiera le dije que a veces, después del sexo, iba al baño a masturbarme con fiereza. En silencio.
 No me sentía culpable, ni desdichada. Era mi pequeña venganza personal contra las manías de Martín, contra su negativa a tocarme cuando menstruaba. Luego volvía a la cama, me hacía un nudo a su costado y le preguntaba si me quería.

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