miércoles, 29 de agosto de 2012

La violencia


Los loros del piso tres pueden contar las vocales mientras tararean canciones alucinadas. Cuando el vecino se va de viaje, la jaula del par de loros locos con rutinas sonámbulas y pésimos modales, aterriza en la casa de mi padre como un ómnibus extraterrestre ruidoso y sucio. No hay mucho qué hacer. No podemos decir que no. En este bloque somos familia, nos cuidamos mutuamente, y cuando a las dos de la madrugada suena una ráfaga de tiros, estamos todos juntos en el piso. En el piso de cada uno, claro, que son como los hijos de las madres cursis “todos los pisos del mundo”. Fríos y duros. Difíciles. Los pisos, hijo, son difíciles. A veces son para llorar, a veces para coger, pero para todos los casos son difíciles. 

Otra cosa son los techos. Los techos te ven por encima del hombro y aún así se llevan las loas de las madres cursis “un techo para mis hijos”. Yo tengo un techo con su piso difícil y sus paredes ahuecadas por afuera cuando a las dos de la madrugada suena una ráfaga de tiros.

A la mañana siguiente siempre llega la explicación. Esta vez contaron que un nuevo estaba descargando una pistola contra su piso para probarla. Que no era nada. Que no había culebra entre bandas. Que no hubo ningún muerto. Que normal. Difícil, pero normal. Esa mañana los loros del piso tres se despertaron más temprano. Estaban histéricos. Gritaban po po po po. No pow pow pow, como los loros de otros techos, gritaban ¡PO! Y se cagaban de la risa.