Los loros del piso tres pueden
contar las vocales mientras tararean canciones alucinadas. Cuando el vecino se
va de viaje, la jaula del par de loros locos con rutinas sonámbulas y pésimos
modales, aterriza en la casa de mi padre como un ómnibus extraterrestre ruidoso
y sucio. No hay mucho qué hacer. No podemos decir que no. En este bloque somos
familia, nos cuidamos mutuamente, y cuando a las dos de la madrugada suena una
ráfaga de tiros, estamos todos juntos en el piso. En el piso de cada uno,
claro, que son como los hijos de las madres cursis “todos los pisos del mundo”.
Fríos y duros. Difíciles. Los pisos, hijo, son difíciles. A veces son para
llorar, a veces para coger, pero para todos los casos son difíciles.
Otra cosa son los techos. Los
techos te ven por encima del hombro y aún así se llevan las loas de las
madres cursis “un techo para mis hijos”. Yo tengo un techo con su piso difícil
y sus paredes ahuecadas por afuera cuando a las dos de la madrugada suena una
ráfaga de tiros.
A la mañana siguiente siempre
llega la explicación. Esta vez contaron que un nuevo estaba descargando una
pistola contra su piso para probarla. Que no era nada. Que no había culebra
entre bandas. Que no hubo ningún muerto. Que normal. Difícil, pero normal. Esa
mañana los loros del piso tres se despertaron más temprano. Estaban histéricos.
Gritaban po po po po. No pow pow pow, como los loros de otros techos, gritaban
¡PO! Y se cagaban de la risa.





1 comentario:
¡Qué rudo!
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