martes, 10 de abril de 2012

Teatro. Otra historia de violencia

-Chamo, ¿tú eres marico? ¡Baja la pistola!- le ordenó al compañero al ver mi cara de espanto.

En los últimos años las alcabalas de policía se habían convertido en sinónimo de peligro y antónimo de resguardo. La psicóloga asesinada por no atender la voz de alto; el grupo de universitarios que regresaban de una fiesta cuando fueron acribillados por policías encapuchados; la hija de un cónsul extranjero abaleada por uniformados con más miedo que pericia a la hora de disparar. La lista era larga y pensé que iba a tocarme a mí, pero esa noche el muerto era otro. 

Era viernes y yo volvía del teatro. Había visto una obra con un guión flojo como parte de un festival internacional que se celebraba en la ciudad durante la Semana Santa. Siempre me gustó Caracas desierta. Cuando los temporadistas se iban parecía expandirse, estirarse más allá de sus límites como quien despierta y se espabila. Se la podía ver en sus anchos y largos, como una mujer tendida después de hacer el amor antes de que la asalten las culpas o los presentimientos.

En la primera escena de la obra dos hombres desnudos tenían sexo sobre unas plataformas de latón, única escenografía de una pieza experimental que recreaba uno de los crímenes más sonados en los últimos años en el país: el de un cura homosexual que fue encontrado muerto en un hotel de menos dos estrellas. Todavía recuerdo cómo a las pocas horas de haber ocurrido alguien comentó: "Ese es el Hotel Bruno, donde entran dos y sale uno". Listo. Con su despliegue en la página de sucesos y su respectivo chiste popular, nadie olvidaría el caso en un buen tiempo.

Salí decepcionada de la sala, en parte por los lugares comunes de la obra pero también por el comportamiento infantil de un público para quien la frase "apaguen los celulares" significaba "déjelo encendido hasta que suene la alarma de la pastilla anticonceptiva". Me hice la idea de ver una película en la casa y recuperar el ánimo.

De noche solía manejar sin música para escuchar al carro y usaba los lentes correctivos para circular con vidrios oscuros: Caracas no era una ciudad para dejarse ver sola, presa. El hombre que me apuntó con la pistola no estaba de acuerdo, los vidrios espejo le activaron el resorte del miedo y reaccionó como lo enseñaron.

Igual que en un escenario. Noche trancada. Dos hombres barren el frente de una funeraria al inicio de la calle, con total normalidad. Al fondo, la coctelera de luces azules y rojas que bailan incesantes, frenéticas. A cuatro metros de la segunda funeraria, antes de alcanzar la esquina, tres hombres hablan alrededor de un cuerpo humano cubierto con una sábana blanca empapada de sangre. A la izquierda un policía detiene a un carro con vidrios oscuros mientras muestra su placa. Detrás de él otro policía desenfunda una pistola.

-Chamo, ¿tú eres marico? ¡Baja la pistola! – le ordenó al compañero al ver mi cara de espanto - ¡Cálmese! - me ordenó a mí.

Me encontraba en un estado deplorable de indefensión: acababa de ver a un hombre muerto, estaba sola e histérica frente a una placa oficial y una pistola. Había ido a parar a la escena de un crimen al final de la Calle de las Funerarias en la Avenida San Martín.

Nadie decide lo que piensa en un momento así, ¿o sí? Lo primero que constaté fue que, en efecto, las sábanas con las que cubren los cadáveres son blancas y no es un invento de la ficción. Pensé en lo que inconveniente que era y me descubrí llorando. No es que fuera difícil, mi criterio para el llanto siempre fue precario: lloraba por todo. Pero no encontraba la relación entre mi observación sobre la inconveniencia de la sábana blanca y el llanto desenfrenado. Nuestros mecanismos internos nos sorprenden y en ocasiones nos sobrepasan. 

El hombre con la pistola subió la barbilla y pude ver sus fosas nasales abrirse mientras parecía decirme ¡Arranca! con un gesto feroz. Reforzó su virilidad guardando el arma de reglamento y volvió a la sombra. Pisé el acelerador y salí de la pesadilla como quien no se puede despertar.

Esa noche, contra mi costumbre, no encendí velas. No quería saber nada del mundo de los muertos. Al día siguiente tampoco revisé la sección de sucesos de los diarios. El Domingo de Resurrección, luego de la clausura del festival, volví a pasar por la calle de las funerarias, el asfalto seguía manchado de rojo, no había ningún cuerpo.

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