lunes, 16 de abril de 2012

La tiranía de lo saludable


Empezar por decir que como vegetales, me encantan las ensaladas y hago ejercicios para hablar de la Tiranía de lo Saludable sería como empezar un texto sobre rascismo diciendo "yo tengo un amigo negro". Aún así, diré que como vegetales casi todos los días, me encantan las ensaladas y trato de hacer ejercicios al menos tres veces por semana. Además me enfermo poco, me gusta tomar agua, no tengo problemas para dormir. Podríamos estar de acuerdo en que soy una tipa saludable. Bien.

Ahora, al punto.

La semana pasada vi The Sleeper (1973) una de las primeras comedias de Woody Allen en la que interpreta -como siempre- a un newyorkino neurótico dueño de una tienda de alimentos saludables en Greenwich Village, que acude al hospital para una operación sencilla tras la cual es congelado por error y despierta 200 años después en una realidad donde, entre otros cambios absurdos y divertidos, se comprobó que la comida saludable no servía para nada y que lo verdaderamente nutritivo eran las grasas saturadas y las tortas de chocolate.

Recientemente también vi "50/50" una película inteligente sobre el cáncer en una persona muy joven interpretada por Joseph Gordon-Levitt, quien en la primera escena aparece corriendo por las calles de la ciudad. Más tarde, cuando se entera de que tiene un tumor su reacción es decir: "That doesn´t make any sense. I don´t smoke, i don´t drink... I recycle".

Ambos ejemplos me sirven para explicar lo que yo llamo "La Tiranía de lo Saludable". Estoy convencida de que las personas que hacen ejercicios y se alimentan sanamente también te lanzan el carro en la autopista, le gritan a sus hijos o se colean si les dan la oportunidad, en la misma proporción de los que comen chatarra, porque "una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa" y no existe ninguna relación entre llevar una vida sana y ser una buena persona, aunque intenten convencerte de lo contrario.

Recientemente, la obsesión milenaria de los seres humanos por la inmortalidad se ha traducido en legiones de gurus de la nutrición, el fitness, e incluso la espiritualidad, que tratan de persuadirte de que tus hábitos son malos porque no se parecen a los de ellos.

Hay un hálito de superioridad que rodea a todo lo catalogado como "saludable" que resulta desagradable y hasta asfixiante. Personas que sacan conclusiones sobre tu vida de acuerdo al diámetro de tu circunferencia abdominal o tu índice de grasa corporal; huestes dispuestas a darte recetas para dejar de fumar o mejorar tus tiempos en carrera; gente sin otra conversación que cuántos minutos de TRX hicieron en la semana; vendedores de Herbalife. Hay de todo. Una vez, en una discoteca, un muchacho se presentó y en seguida me preguntó qué deporte hacía para mantenerme así de flaca. Viejo, ¡por favor!

No son todos. Como sucede siempre, son sólo los más inseguros de cada grupo los que actúan así.

Mi amiga Samantha* es vegetariana. La mamá del muchacho que me gusta también. No son ovo ni lactovegetarianas, son veganas de las duras y nunca, ni una sola vez, han tratado de convencerme de que las chistorras con las que acompaño mi cerveza en la Tasca de Juancho van a heredarme karma o a obstruirme las arterias hasta hacer estallar mi corazón, cosa que, por cierto, médicamente es posible.

Lo mismo ocurrió con la prohibición de fumar en espacios públicos. Como lo de respetar los límites ajenos no se nos da bien y ya no existían fronteras entre las áreas de fumadores y no fumadores, escogimos castigar y confinamos a los fumadores casi a ghetos, catacumbas a salvo de nosotros, la Santa Inquisición de los Bienaventurados No Fumadores del Séptimo Día. Yo no fumo, me parece un hábito horrendo que además causa celulitis, pero si mis amigos quieren fumar no lo hacen en mi presencia y mal podrìa yo andar diciéndoles que están matando sus alvéolos, que acortan su vida, que si acaso no quieren a sus hijos.

Es un pacto, ¡bendito sea Rousseau!

Usted tiene una vida y hace lo que quiera con ella. Siempre que no me arroje el humo del cigarro en la cara, ni coarte mi derecho al libre tránsito para ejercitarse, ni me arruine el almuerzo diciendo "¡Qué asco, víceras!", ni vulnere mis derechos al ejercer los propios, ni atropelle mis ideas para defender las suyas, ni trate de convencerme de que su estilo de vida es mejor que el mío, nos llevaremos bien. Eventualmente usted morirá y yo también, pero al menos habremos convivido sin reventarnos las pelotas.

*Dice Sammy que ella come leche, huevos y hasta pescado a pesar del mercurio, pero que "de algo se tiene que morir", ¿ven lo que les digo?

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me estoy enganchando al fin con tu blog, creo que leer mientras desayuno me cae bien... Debería repasar algunas entradas que no he leido o dejé a medias.. Escribes divino!

Por cierto, que bellas esas veganas, no sabes lo mal que me sentaron mis primeras clases de yoga (hace un par de años) cuando el 2do fin de semana habría una "reunión especial regional" y llegué allí feliz pensando que aprendería a tocarme la espalda con la lengua y voilà fueron 4horas escuhando por qué ser vegetariano es mejor y como no me dejarían avanzar en las asanas si no dejaba de consumir animales :-s a las siguientes dos clases me despedí de mis comprañeras, perdió el sentido!

Soy Yirah again! ;)

Ricardo Andrade dijo...

Jajaja! Qué buen post! Dios nos libre de esa tiranía! Es que toda tiranía es chocante... al menos para nosotros, los amantes de la libertad, jeje!