lunes, 22 de agosto de 2011

Reto #30Libros Día 8: uno para leer por fragmentos


Es un libro de fragmentos para leer por fragmentos. Largos, medianos, cortos, talla tweet, todos son joyitas desperdigadas como al descuido. No tienen un hilo narrativo claro, puedes abrir una página aleatoria cada vez que quieras o dejarte llevar por todas las demás como quien no puede evitarlo. Pero es un libro tejido con sensibilidad y observación, que flota entre lo real y lo maravilloso, muy latinoamericano, claro.

Entre mis fragmentos favoritos están los “Dicen las paredes”. Los dos al final del post los escogí al azar entre todas las páginas marcadas

.- A la salida de Santiago de Cuba:Cómo gasto paredes recordándote.
.-Y en las alturas de Valparaíso:
Yo nos amo.
.-En Buenos Aires, en el puente de La Boca:
Todos prometen y nadie cumple. Vote por nadie.
.-En Caracas, en tiempos de crisis, a la entrada de uno de los barrios más pobres:
Bienvenida, clase media.
.-En Bogotá, a la vuelta de la Universidad Nacional:Dios vive. Y debajo, con otra letra: De puro milagro.
.-En Montevideo, en el barrio Brazo Oriental:
Estamos aquí sentados, mirando cómo nos matan los sueños.
.-En pleno centro de Medellín:
La letra con sangre entra. Y abajo, firmando: Sicario alfabetizador.
.-En la ciudad uruguaya de Melo:
Ayude a la policía: Tortúrese.
.-En un muro de Masatepe, en Nicaragua, poco después de la caída del dictador Somoza:
Se morirán de nostalgia, pero no volverán.
.-En la Facultad de Ciencias Económicas, en Montevideo:
La droga produce amnesia y otras cosas que no recuerdo.
.-En Santiago de Chile, a orillas del río Mapocho:
Bienaventurados los borrachos, porque ellos verán a Dios dos veces.


Nochebuena
Fernando Silva dirige el hospital de niños, en Managua.
En vísperas de Navidad se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.
Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo estaba en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón: se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.
Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano.
-Decile a... -susurró el niño-. Decile a alguien que yo estoy aquí”.

La burocracia /3
Sixto Martínez cumplió el servicio militar en un cuartel de Sevilla.
En medio del patio de ese cuartel, había un banquito. Junto al banquito un soldado hacía guardia. Nadie sabía por qué se hacía la guardia del banquito. La guardia se hacía porque se hacía, noche y día, todas las noches, todos los días, y de generación en generación los oficiales transmitían la orden y los soldados la obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó, Si así se hacía, y siempre se había hecho, por algo sería.
Y así siguió siendo hasta que alguien, no sé qué general o coronel, quiso conocer la orden original. Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de mucho hurgar, se supo. Hacía treinta y un años, dos meses y cuatro días, un oficial había mandado montar guardia junto al banquito, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre la pintura fresca”.