martes, 15 de febrero de 2011

La tristeza


El día que me rendí, estaba inclinada sobre un libro sin poder entender una palabra. Me asusté tanto que tuve que sentarme en el suelo a repasar mentalmente las cosas que podía controlar. Lo pequeño. El frío de la baldosa debajo de los pies, la columna vertebral abrazándose a la pared, las manos colgando delante de las rodillas.
Hice un inventario superficial de mi cuerpo. En otros tiempos había logrado sentir el pulso salir de las yemas de los dedos, o ver hacia atrás apoyada en un rizo del cabello. Ahora, apenas podía contar lo obvio, veinte dedos, cuatro extremidades, un rostro. Había olvidado la forma particular de mis orejas, los vellos diminutos de los lóbulos, el promontorio debajo de los ojos, la marca de la lechina en el tobillo izquierdo o el lunar en el dedo índice que hice aparecer a los ocho años para ganar una apuesta. Para colmo tampoco podía leer.
En mi se había desatado la furia de la tristeza como un dique dinamitado. Tres duelos juntos, mal curados, peligrosos como la hepatitis, me separaron de mi misma con un corte limpio de sable. Juas. Una mujer sabia tuvo la suficiente paciencia para explicarme que al estar disgregada e incompleta, se me había apagado la intuición y me equivocaba. Iba a lugares que no me gustaban, con personas a las que no quería. Estuve inapetente e insomne. Incluso abandoné los placeres sencillos como un castigo por la vergüenza de estar triste. Prefería enloquecer a deprimirme, siempre lo consideré un lujo que no me podía permitir.
***
Subida a la batea de un camión de carga, cruzando las plantaciones de Cacao rumbo al pueblo de Chuao, pude escuchar, por encima del ruido del motor, el golpe seco de una fruta al caer sobre la alfombra de hojas tostadas por el sol. Pensé que era una casualidad hasta que, más adelante, escuche el zumbar de los insectos trabajando. Luego percibí el olor agrio de la tierra fértil, el canto de las hormigas debajo de las piedras, toqué las raíces frías de los árboles. Sentí un escalofrío en medio del aire caliente y apreté con fuerza la paleta de madera del camión. Al fin estaba sucediendo.
Lo había deseado tanto que meses atrás cuando me rendí, en lugar de recoger los pedazos fileteados de mi vida para unirlos con cicatrices, preferí intentar ser un árbol que crece hacia los lados echando ramas, cumpliendo la única ley a la que responden los solitarios: qué quiero. No qué debo, ni qué puedo, sino qué quiero. Nadie nunca fue tan caprichoso, tan egoísta.
Los primeros días, atolondrada, extraviada, grandilocuente, quise irme a Paris, tener un carro nuevo, cantar en un coro de pianobar, tener dos kilos menos y nalgas más grandes. Incluso acaricié la posibilidad de un novio que bajara todos los fines de semana a la playa a emborracharse con un grupo de gente divertida pero intrascendente: justo para eso necesitaba las nalgas más grandes. Claro que aún no lo descarto, soy una tipa sencilla, pero en la práctica, en ese momento, a penas si podía decidir entre caminar o tomar el Metro. Me equivocaba en las medidas del café, mi manicurista debía escoger por mí el color para las uñas. Un día me dijo: "No te soporto, haz algo con tu vida". No la vi más hasta después del viaje a la costa.
***
Pasé semanas beneficiándome de las rutinas ajenas. Comía lo que otros comían, dormía cuando les anochecía, veía sus películas, leía sus libros, participaba de sus vidas y problemas con una propiedad pasmosa. Era muy cómodo, la verdad. Había obtenido algunas certezas y me sentía agradecida.
Salí tímidamente del estado parasitario gracias al consumo cultural. Hola, Umberto. Recuperé mis libros mi música mis películas mis planes mis amigos mi ciudad. También me embarqué en el culto al placer, la adoración de los sentidos. Empecé a tomar millones de decisiones sensodérmicas que me llevaron, tiempo después, sin saberlo, hasta ese camión donde volví a percibir al mundo.
Aún no echo ramas. No estoy completa. Me extravío, me desconecto y hago estupideces. Pero si me concentro, puedo viajar hasta tu rostro para besarte en la frente sin sentir dolor. Por estos días he podido recordar la forma de unas manos, el arco de unos pies. No es mucho. Es prácticamente nada, pero estoy trabajando en eso. Lloro como una desesperada cuando pienso en las muertes, pero por ahora te alegrará saber que estoy viva, que estoy tan viva que lo que doy es miedo. 

la canción

2 comentarios:

Varo's dijo...

Yo sólo puedo aplaudirte en el proceso amiga.

Bárbara.

Te quiero,

V

Jose Luis T dijo...

Me alegra que compartas tu experiencia con nosotros, a veces me encuentro asi o peor, y no hay ninguna muerte a mi alrededor, creo que el que muere soy yo!!! Chuao esperame....