martes, 30 de agosto de 2011

Reto #30libros Día 11: Uno que lo haya motivado a visitar algún lugar




La verdad fui porque Pili llevaba un tiempo viviendo allá y acababan de aprobarme la visa, pero justo antes de viajar a Nueva York, leí Despachos del Imperio de Boris Muñoz. Sin ese libro, seguro mi experiencia en la ciudad habría sido distinta. 

Despachos del Imperio recoje las crónicas de costumbres, personajes y sucesos norteamericanos que el autor despachó, hacia periódicos y revistas venezolanas, durante su estadía como estudiante de Postgrado en la Rutgers University (New Brunswick, New Jersey), incluyendo crónicas sobre Nueva York. Aparte de ser un catálogo incuestionable de la inteligencia de Muñoz, el libro funcionó para mi como una invitación a mirar.

Si hay algo que dejan los libros es la sensación de haber redimensionado tu campo de visión, lo cual no es necesariamente bueno, pregúntenle a Mark David Chapman. No es cierto que los libros “te abren la mente”, tampoco te hacen más inteligente o mejor persona. Si hay algo rescatable de la literatura es su entrega irrestricta e incondicional, de allí mi fracaso personal con los libros de autoayuda. Los buenos escritores no quieren que te sientas mejor, ni que salgas del foso de tus depresiones, los buenos escritores sólo quieren escribir. Lo que sí te regala la literatura es un punto de vista, ver el mundo a partir de los ojos de otro y si esa mirada es acuciosa, profunda y honesta como la de Boris Muñoz, no sólo la agradeces sino que puede llegar a motivarte.

Lo que leí:
En sus escaleras, pasillos, andenes y vagones se pueden ver escenas que van de lo sublime a lo grotesco. Hay virtuosos músicos de calle que para ganarse unas monedas tocan con violines arruinados melodías celestiales, como el portentoso oriental que toca en los pasillos de la estación Grand Central. Hay equilibristas, magos, payasos y saltimbanquis que instalan su circo sin carpa en cualquier esquina, y estafadores que suelen llenarse los bolsillos embaucando conejos con el viejo truco de adivinar debajo de cuál de las tres tapas está oculta la pelotica. También abundan limosneros que piden con las visceras al aire, los desheredados más pintorescos y profetas que predican el fin de la humanidad de aquí a la próxima estación. Pero quizá más impresionante es la galería de gente de todos los colores, razas, religiones, tendencias sexuales y preferencias culturales que marcha, siempre apurada, de un sitio a otro. Si en algún lugar del mundo existe la aldea global, esta queda, seguramente, bajo las aceras de Nueva York”
Lo que hay bajo tierra. Crónica sobre el Metro de Nueva York

Lo que vi:

miércoles, 24 de agosto de 2011

Reto #30Libros Día 10: Uno con una pésima versión cinematográfica


Lo bueno de llegar tarde a esta parte del reto #30libros es que @magadescalza y @gabitar ya dijeron lo propio sobre la pésima versión cinematográfica de "El amor en los tiempos del cólera" aquí y aquí, respectivamente. 
 
Sólo agregaría que Gabriel García Márquez dibujó magistralmente a Florentino Ariza para que su condición de enamorado eterno y solitario nunca lo hiciera lucir como un idiota, sino como un héroe. Un héroe trágico, pero un héroe. Pues Javier Bardém tomó eso y lo lanzó rio abajo con la veintiúnica expresión agónica que (mal)usó durante toda la película. 
#Bah

Reto #30Libros Día 9: Uno con una excelente versión cinematográfica


"Sólo te romperá el corazón. Es un hecho. Y aunque te prevenga, aunque te garantice que ella sólo te lastimará, horriblemente, tú la perseguirás....¿No es maravilloso el amor?"


Great Expectations por TheBlackCr0w

Leí Grandes Esperanzas de Charles Dickens buscando una escena parecida a la anterior. No la conseguí. Alfonso Cuarón director de Great Expectations (1998), logra crear un mundo nuevo basado en el “espíritu” de la obra de Dickens. 

La película no llega a ser una adaptación, no quiere serlo, sólo quiere contar la historia de un muchacho huérfano y pobre que busca “elevarse” en la escala social desesperado por alcanzar el amor de Stella, quien -como está loca- lo rechaza. "No voy a contar la historia como sucedió, voy a contarla como la recuerdo", dice Finn en la primera escena.

En el libro están esas descripciones de cuatro páginas de Dickens que son realmente hermosas pero que, leídas a la velocidad del mundo en el que vivimos, pueden llegar a ser desesperantes. De hecho, me costó demasiado terminarlo y no lo recuerdo con especial simpatía, a diferencia de Oliver Twist que me pareció maravilloso y cuya versión cinematográfica de Román Polanski, por cierto, sí es muy parecida al libro. Creo que debí haber escogido ése o “Como agua para chocolate” que también tiene una linda adaptación. En fin. El hecho es que si tienen que hacer un ensayo no confíen en la película, compren el libro y retírense a un jardincito a leer con paciencia porque es literatura del siglo diecinueve, no fast food. Ahora, si lo que quieren es fotografía preciosa, lienzos increíbles -Finn es pintor- música inolvidable y amor no correspondido, ésta es la película.

Revisando la ficha en IMDB veo que viene otra versión cinematográfica de la novela en el 2012 con Ralph -sin nariz- Fiennes y Helena Bonham Carter, Voldemort y Bellatrix Lestrange, respectivamente, en Harry Potter. Curiosamente, Alfonso Cuarón dirigió la tercera película de la zaga “El prisionero de Azkaban". ¿No es hermosa la #culturapop?

lunes, 22 de agosto de 2011

Reto #30Libros Día 8: uno para leer por fragmentos


Es un libro de fragmentos para leer por fragmentos. Largos, medianos, cortos, talla tweet, todos son joyitas desperdigadas como al descuido. No tienen un hilo narrativo claro, puedes abrir una página aleatoria cada vez que quieras o dejarte llevar por todas las demás como quien no puede evitarlo. Pero es un libro tejido con sensibilidad y observación, que flota entre lo real y lo maravilloso, muy latinoamericano, claro.

Entre mis fragmentos favoritos están los “Dicen las paredes”. Los dos al final del post los escogí al azar entre todas las páginas marcadas

.- A la salida de Santiago de Cuba:Cómo gasto paredes recordándote.
.-Y en las alturas de Valparaíso:
Yo nos amo.
.-En Buenos Aires, en el puente de La Boca:
Todos prometen y nadie cumple. Vote por nadie.
.-En Caracas, en tiempos de crisis, a la entrada de uno de los barrios más pobres:
Bienvenida, clase media.
.-En Bogotá, a la vuelta de la Universidad Nacional:Dios vive. Y debajo, con otra letra: De puro milagro.
.-En Montevideo, en el barrio Brazo Oriental:
Estamos aquí sentados, mirando cómo nos matan los sueños.
.-En pleno centro de Medellín:
La letra con sangre entra. Y abajo, firmando: Sicario alfabetizador.
.-En la ciudad uruguaya de Melo:
Ayude a la policía: Tortúrese.
.-En un muro de Masatepe, en Nicaragua, poco después de la caída del dictador Somoza:
Se morirán de nostalgia, pero no volverán.
.-En la Facultad de Ciencias Económicas, en Montevideo:
La droga produce amnesia y otras cosas que no recuerdo.
.-En Santiago de Chile, a orillas del río Mapocho:
Bienaventurados los borrachos, porque ellos verán a Dios dos veces.


Nochebuena
Fernando Silva dirige el hospital de niños, en Managua.
En vísperas de Navidad se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.
Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo estaba en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón: se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.
Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano.
-Decile a... -susurró el niño-. Decile a alguien que yo estoy aquí”.

La burocracia /3
Sixto Martínez cumplió el servicio militar en un cuartel de Sevilla.
En medio del patio de ese cuartel, había un banquito. Junto al banquito un soldado hacía guardia. Nadie sabía por qué se hacía la guardia del banquito. La guardia se hacía porque se hacía, noche y día, todas las noches, todos los días, y de generación en generación los oficiales transmitían la orden y los soldados la obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó, Si así se hacía, y siempre se había hecho, por algo sería.
Y así siguió siendo hasta que alguien, no sé qué general o coronel, quiso conocer la orden original. Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de mucho hurgar, se supo. Hacía treinta y un años, dos meses y cuatro días, un oficial había mandado montar guardia junto al banquito, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre la pintura fresca”.

viernes, 19 de agosto de 2011

Reto #30libros Día 7: Uno muy divertido

 

Iba a escribir sobre Ignatius Reilly pero voy a escribir sobre Óscar Wao, la antítesis del latinlover estereotipado, la vergüenza de Porfirio Rubirosa. Gordo, bajito, nerd, freak, torpe, rarito, virgen, Óscar es un hijo de inmigrantes dominicanos que huyeron de la dictadura de Trujillo. De padre escurridizo, madre dominante y hermana lince: pobre Óscar.

  “¿A quién coñazo había estado tratando de engañar? No sabía bailar, no tenía plata, no vestía bien, no tenía seguridad en sí mismo, no era buenmozo, no era europeo, no estaba rapando con ninguna isleña, y después de haber pasado una semana entera escribiendo y (vaya ironía) haber rechazado como cincuenta veces la oferta de sus primos de llevarlo a una casa de putas, Óscar se enamoró de todos modos de una puta semijubilada. Se llamaba Ybón Pimentel. Óscar la consideró el comienzo de su verdadera vida”.
Aunque no se ve envuelto en las situaciones absurdas y desesperantes de Ignatius Reilly, Junot Díaz convoca la risa en torno al lenguaje. Autor dominicano-americano que escribe con un pie en el Caribe y otro en el Bronx, usa un humor grueso, ágil, directo, como un jab. Es la joda, el chalequeo, la palabrota. 

Me encanta su slang, su spanglish preciso, sus referencias a la cultura pop, sus deferencias a la cultura latinoamericana y su profundidad. Porque en medio del brollo y de las carcajadas, hay momentos en los que sospechas que te estas involucrando, que hay algo familiar en todo esto. 

Los recreos en el liceo viendo desde la banca el trayecto de la pelota de voleibol en el aire sin animarte a jugar, la primera vez que alguien tomó con sus manos tu cintura, las veces que no funcionó, tu mausoleo de batallas perdidas, tus libros llenos de arena en las vacaciones familiares. Saberse diferente, querer pertenecer, dejar de intentarlo. Óscar no sólo es el muchacho nerd al que molestaban en clase, también es el muchacho nerd que comparte con sus amigos un meme de treinta libros para leer según la ocasión.

Curiosamente, Ignatius Reilly y Oscar Wao comparten su obesidad y algunas neurosis como las libretas de apuntes, mientras que John Kennedy Toole y Junot Díaz comparten el premio Pullitzer.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Reto #30libros Día 6: Uno de un Nobel



La Perla de John Steinbeck es uno de los libros que más me ha impactado en la vida. Es breve, cruel y doloroso. Como una cachetada. Habla de cosas enormes desde lo más pequeño, de lo que nos es común a los seres humanos, de lo que somos capaces. Todo lo que amo de la literatura está en este libro, la sencillez, el roce, la belleza, la furia. Si tuviera que dar un consejo, a quienes no lo están pidiendo, sería leer este libro antes de que sea muy tarde y el cinismo nos alcance.


Reto #30libros Día 5: Uno de viajes


Quédese en su casa. SPOILER Si usted no quiere morir en un safari mientras caza animalitos en África, quédese en su casa FIN DEL SPOILER. Si usted quiere conocer el frío y el calor de África, quédese en su casa con Las Nieves del Kilimanjaro y La vida breve y feliz de Francis Macomber que en la edición de Porrúa acompañan a esa monstruosidad que es El Viejo y el Mar, dando cuenta de la grandeza de Ernest Hemingway más allá de las fronteras físicas. 

Si esto no califica como libro de viajes pues estoy haciendo trampa. 
Pero como al final todo libro es un viaje, supongo que no importa.

martes, 16 de agosto de 2011

Reto #30libros Día 4: Uno que le gusta a todos menos a usted



Tengo un amigo muy amigo de Francisco Massiani que ha intentado en varias oportunidades llevarme a conocer al escritor en su casa de La Florida. Como Caracas es Caracas con sus colapsos y desencuentros, he tenido que cancelar todas las veces. Por suerte. La verdad no me imagino tener que confesarle a ese abuelito adorable -como lo describe mi amigo- que no me gustó “Piedra de Mar”. No sólo que no me gustó, sino que me enfureció.  

A los catorce años mi vida no se parecía en nada a la de Carolina, Kika o Corcho. Mami estaba enferma y en la casa había miedo. A mi alrededor pasaban cosas demasiado grandes como para dejarme llevar por la desmesura de una adolescencia despreocupada. Porque era eso, en esa novela nadie se preocupaba por nada. Sabana Grande en la madrugada. Corcho lanzándose de un balcón. ¿Ese muchacho no tiene mamá? ¡Entrégale la bendita piedra! 

Quizá si la leyera ahora podría reconciliarme con su relato de una ciudad que entonces no conocía; con sus diálogos larguísimos, desordenados, tan caraqueños; con su época y sus ideales de libertad. Quizá la relea antes de conocer a Pancho. Sería justo darle otra oportunidad a una novela adolescente, tal como me dieron a mí la oportunidad de vivirla luego.  

sábado, 13 de agosto de 2011

Reto #30libros Día 3: Uno que sea un placer culposo



En esta casa se cree en infusiones herbales para el dolor de vientre, en la cebolla morada con miel para la tos, en tomar aceite de oliva en ayunas o brebajes impronunciables para la tensión arterial. Por eso, cuendo en los lejanos 90`s se empezó a hablar de la relación entre las enfermedades o afecciones corporales con las emociones, no volvimos a ser las mismas.
 
Mis hermanas y yo no tenemos dolores de cabeza, tenemos “asuntos de aceptación por resolver”. Cuando nos arde la garganta buscamos “eso que nos cuesta decir” y la manera de soltarlo. No aceptamos ir al quiropráctico hasta no haber pasado revista al estado de cuenta de nuestros sentimientos de culpa alojados en la espalda.

Así las cosas, “Usted puede sanar su vida” de Louise L. Hay, más que un placer culposo es una biblia de la sugestión a consultar cada vez que nos aqueja una dolencia. Leemos el diagnóstico, repetimos la afirmación que nos recomiendan como un mantra, luego salimos al mundo a profesar lo aprendido de autosanación emocional con una seguridad aterradora: “ese dolor de estómago son rencores hacia tu padre, háblame de tu infancia”. Hay quienes nos miran rarito, todos los demás nos quieren tanto que deciden dejarlo pasar con una mirada de complicidad parecida a la resignación.

Reto #30libros Día 2: Uno que se haya demorado mucho en leer



Una vez se me ocurrió que podía leer a Faulkner. Tardé tres meses en darme cuenta que sí, yo podía leer a Faulkner, lo que no lograría nunca sería entender. FIN.


jueves, 11 de agosto de 2011

Reto #30libros Día 1: uno que leyó de una sentada



En honor a la verdad verdadera, he "leído leyendo" la saga de Harry Potter desde que el protagonista era un pre púber que soñaba con serpientes bajo las escaleras de la casa de sus tíos. Todos los libros me los leí de una sentada, pero para el primer día de este reto de los #30Libros debo citar la noche en que leí como una posesa “Harry Potter y las Reliquias de la Muerte”, básicamente porque habían pasado siete años desde el primer libro y ya yo era, cómo decirlo, ¿una señora mayor?
Una tipa con tarjeta de crédito, un trabajo exigente, una licenciatura, un postgrado y sellos en el pasaporte, había amanecido en su sofá llorando como una niñita mientras acunaba un libro de ochocientas páginas. Lloré hasta que caí en cuenta de que ya era de día y tenía  que ser grande otra vez.

La prueba de mi desvelo en los comentarios de este post del 2007 Harry Potter: Speak Spanish

lunes, 8 de agosto de 2011

MoStroS

- Will you keep out all the sadness?
- I have a sadness shield that keeps out all the sadness, and it's big enough for all of us. 
 
Esta película parece hecha con hilos invisibles para cobijar algo extraviado, muy precioso.

-Can you believe him?
-He doesn't mean to be that way, KW. He's just scared.
-Well, he only makes it harder. And it's hard enough already.

-But he loves you. You're his family.
- Yeah. It's hard being a family.

Where The Wild Things Are Basada en el libro de Maurice Sendak (1963).  El soundtrack es un triple Yeah! literal, hecho por Karen O. Mágico.

- Don't go. I'll eat you up, I love you so.

jueves, 30 de junio de 2011

Superávit


Curucuteando los datos de Facebook para un reportaje que preparo sobre los usos de las redes sociales en Venezuela me consigo con esto:

Es decir, en Venezuela hay 83.340 hombres entre 25 y 35 años, solteros y heterosexuales que podrían -por simple desgracia estadística- quedar fuera de juego. 

Queridos solteros militantes, amigos todos, permítanme disfrutar dos minutos de este triunfo ínfimo del género que casi raya en lo infantíl pero: somos muchas menos que ustedes en cantidad, ¿cuándo van a empezar a hacer algunos esfuerzos?

sábado, 12 de marzo de 2011

Rodrigo Machado, guarapita con historia

Por Melanie Pérez Arias

Rodrigo Machado es un pez, su número es el trece. “Es el día más sortario que tengo, nací un 13 de marzo a la 1 de la tarde”. Las 13:00 en hora militar. El día de su cumpleaños número trece lo salvaron de morir ahogado en Playa Grande, Choroní. Desde entonces no bajó la guardia, fue rescatista, pescador y nadador profesional. El tiburón solitario, le llamaban en los rieles. Rodrigo, por supuesto, es del signo Piscis.
Nada, excepto su amor por su padre, presagiaba que de los trece hijos de la familia Machado, sería Rodrigo quién heredaría la cincuentenaria tradición de preparar la guarapìta más famosa de Choroní. Su osamenta de 1,86 metros de altura parece pertenecer a otras batallas.
De pie, descamisado y descalzo en el patio de su casa, extiende los brazos en cruz para mostrar las dimensiones del único atún con ínfulas de ballena blanca que se le escapó en la vida: “de este tamaño”. Sus huesos parecen el resultado de las ganas de ir un poco más lejos, de tocar un extremo imposible. Sólo el estómago prominente lo delata, “ya no pesco todos los días”, confiesa.
Desde hace doce años se dedica, con paciencia de pescador, a seleccionar parchitas, lavarlas, herirlas, desmembrarlas, licuarlas y mezclarlas con la medida exacta de alcohol hasta convertirlas en un litro de poción costera embotellada. Alida, su esposa por más de 44 años, asegura que el secreto de la guarapita es “el cariño, el respeto y la dedicación con que la hace”. Él, más práctico, lo atribuye a que prescinde de la cáscara de la parchita, del agua y de la ayuda de terceros.
***
Debajo del almendrón, en el patio central de la casa, se extienden los dominios de la tradición. Una mesa amplia, dos licuadoras, tres ollas grandes, una ponchera, un refrigerador, dos cajas con botellas de vidrio vacías, dos ventiladores estacionados en el encendido porque en el pueblo escasea la electricidad, un banco de madera, una silla de plástico tejido, un perro grande beige, otro pequeño blanquinegro, varios instrumentos de pesca llenando espacios, una red a medio remendar, también está Rodrigo debajo del almendrón. Encorvado sobre sí mismo sostiene la taza diminuta de plástico rojo que usaba su papá para probar el licor. Esa taza no se toca, tampoco el cuchillo para picar, ni la paleta para remover.
Si los objetos tuvieran memoria, éstos podrían contar la vez que el padre de Rodrigo, también pescador, preparó las primeras botellas de guarapita para obsequiar a sus amigos hace cincuenta años. Al principio las hacía de limón, luego su invento de usar maracuyá comenzó a ganar adeptos. Ya entonces existían la taza roja, el cuchillo y la paleta.
En vacaciones escolares apenas deja a sus nietos lavar las parchitas. “De allí no los dejo meter la mano en más nada”. Nadie quiere una guarapita morada. En una oportunidad le ofrecieron ampliar el negocio, multiplicar la producción, contratar personal, pero eso implicaba corromper el método. Tampoco piensa en abrir una venta más cerca de la playa, “a mi padre no le gustaba eso. Él decía que quien probara su guarapita no iba a tomar más nada. Yo sigo su tradición”.
***
Tiene clientes fijos que llegan a comprar a su casa, en una callecita escondida del pueblo. Los perros sienten llegar a la pareja de turistas antes de que aparezcan tras la reja verde, “¿Ésta es la casa del Sr. Rodrigo? ”, preguntan. Alida los atiende con su mística de maestra de escuela ya jubilada. Les da de probar el licor de parchita, luego el de coco. Mientras espera el veredicto apoya las manos en la reja descansando el talón de un pie en el tobillo del otro. A sus 67 años conserva intacta la elegancia que Rodrigo distinguió en el malecón de Choroní, cuando la vio trasegar con sus maletas esperando una lancha que la llevara hasta su trabajo en Cepe. “Tenga paciencia porque el mar está bravo”, le aconsejó él. Un año y medio después se casaron. Tuvieron cinco hijos.
La pareja se decide: una botella de parchita y una de coco, “no, mejor dos de coco”. Esta es la primera venta del día, pero son las tres de la tarde. Fuera de temporada, la familia vive de la pesca y de los encargos de licor para bodas o conferencias esporádicas que hacen los hoteles grandes del pueblo. Hubo una época en que se producían guarapitas suficientes para llenar cuatro neveras, ya no. “Choroní es un pueblo humanitario y tranquilo, pero ha cambiado mucho, hay demasiado desorden y no le han invertido nada.”
El atisbo de decepción en la voz del pescador persiste cuando revisa un ejemplar de la revista interna de la empresa Alambres y Cables Venezolanos para quien ganó nadando los 5tos Juegos Industriales de Aragua como “El tiburón solitario”, mote que se ganó por no tener patrocinantes. Al centro de la foto que acompaña la nota de prensa aparece erguido con las manos cruzadas en la espalda. Es el más alto de sus compañeros. Este sensacional deportista, como lo describe el pie de foto, no pudo escalar hasta la selección regional de natación. Alida cuenta que “lo desestimaron por ser nadador de mar y no de piscina. Tenía 22 años, nadie lo apoyó.”
Cuando la municipalidad de Girardot no le reconoció los 15 años de servicio como salvavidas para aplicar al Seguro Social, se sintió aún peor. “Yo firmaba en un cuaderno de rayas, nunca me preocupé por pedir los recibos”, confiesa. De esa experiencia le quedaron los conocimientos en primeros auxilios, las técnicas de rescate que aprendió por su cuenta para luego enseñarlas a los novatos y un recuerdo de los que pone la piel de gallina.
***
Era Semana Santa en el pozo El Lajao, uno de los más bonitos pero peligrosos del rio Choroní. El agua turbia que traía la corriente desde la montaña resbalaba por los toboganes naturales formando un remolino en la cuenca del pozo antes de seguir su camino hacia el mar. Habían llamado a los rescatistas de la playa para buscar a una persona desaparecida, probablemente muerta.
En el primer intento, uno de los salvavidas casi se ahoga arrastrado por la corriente. El trabajo lo continuaron Rodrigo y su primo Kerosen, otro nadador experimentado. “Bajábamos profundo, pero no se veía nada”. Amarilla la tierra, amarilla el agua, amarillo el cuerpo, Rodrigo no pudo reconocer al fallecido atrapado en los manglares hasta que lo tuvo a menos de un metro de distancia.
Impresionado, volvió a la superficie a buscar aire. Por aquellos días él y Kerosene lograban nadar a pulmón a más de 14 metros de profundidad sacando guaruras para comer. Eran jóvenes, conocían el mar y el río, pero nunca habían visto a un muerto. Cuando Rodrigo volvió por el cuerpo, el rio le jugó pesado, en su ascenso  sintió cómo, por efecto de la corriente, un brazo sin vida le rodeaba los hombros. Esa noche le quitó dos botellas de guarapita a su papá y se las bebió con Kerosen en el malecón. No les hicieron ningún efecto.
***
Hoy, a sus 67 años, con un azabache guindándole del cuello, pareciera no temerle a nada.
-Una noche se me apareció el diablo. Vi a un hombre cruzar una esquina hacía la calle real y cuando me acerqué ya no lo vi más.
- ¿Cómo sabes que era el diablo?
- Porque mi madre me dijo: “hijo, ese era el diablo.”
Su mamá murió dos años después que su papá. El primer diciembre sin ambos recibió el año nuevo al lado de su tumba en el cementerio. Su casa aún conserva la disposición, los árboles, los objetos que enaltecen su memoria, incluyendo el ritual de preparación de la guarapita. Una de las novedades incorporadas fue una lona de plástico que protege de la lluvia a la mesa de trabajo. Apenas el cielo suelta las primeras gotas Alida ofrece guarapo de café y Rodrigo, en su elemento, grita `agua´.

Foto: Alexander López del Taller de Fotografía de Roberto Mata

viernes, 18 de febrero de 2011

Yo vi Sabana Grande



Hoy será mi primera inmersión como observer del bulevar de Sabana Grande. Me han encargado una tarea despreciada por los productores seniors y toda la gente seria. Una cosa de pasantes que tiene todo el potencial para hacerme feliz: redescubrir el bulevar como quien vuelve al mar tras una ausencia demasiado prolongada en tierra firme.

En principio voy con un par de zapatos cómodos y casi ninguna idea preconcebida, excepto la de re-visitar un espacio que no me pertenece. Aparte de los carnavales y los zapatos Kickers de la niñez, Sabana Grande no tiene para mí el aliento bohemio y alcohólico de El Techo de la Ballena, La República del Este o el O`Gran Sol. Esas referencias se me escapan. ¡Ah! la ignorancia atrevida de la juventud.

Mi generación, más bien mis contemporáneos universitarios… de acuerdo: mis amigos y yo, nos hicimos grandes en reductos pequeños alrededor de la Universidad Central. Un poco más allá, en La Belle Epoque, de Bello Monte. Otro tanto más lejos en El Molino preindie, de la Av. Francisco Solano desde donde nunca nos atrevimos a incursionar hacia el sur*. Sabana Grande como agujero negro. Bulevar tragavenados.

No se sabe a ciencia cierta quién abandonó a quién, pero mientras algunos se retiraban, otros lo invadían dejándonos en un limbo confuso a los herederos naturales de una tradición de la que nunca nos hicimos responsables: Sabana Grande como cuna. Bulevar mitificado.

El encargo es ofrecer una visión contemporánea sobre lo que está ocurriendo ahora en esa explanada urbana que va desde Plaza Venezuela a Chacaito y en reversa. No se emocionen, es algo más utilitario que romántico -quién hace qué en el “nuevo” bulevar-. No hay espacio para la nostalgia en lo desconocido.

Prometería contarles pero ya se sabe que soy una incumplida. Eso sí, si pasan por allí y ven a una muchacha con los ojos abiertos como en trance y un tatuaje en la muñeca izquierda, esa soy yo, invítenme un café como se los tomaban los grandes. 

* Excepto por aquella vez en Fenicia de la que nadie quiere acordarse

martes, 15 de febrero de 2011

La tristeza


El día que me rendí, estaba inclinada sobre un libro sin poder entender una palabra. Me asusté tanto que tuve que sentarme en el suelo a repasar mentalmente las cosas que podía controlar. Lo pequeño. El frío de la baldosa debajo de los pies, la columna vertebral abrazándose a la pared, las manos colgando delante de las rodillas.
Hice un inventario superficial de mi cuerpo. En otros tiempos había logrado sentir el pulso salir de las yemas de los dedos, o ver hacia atrás apoyada en un rizo del cabello. Ahora, apenas podía contar lo obvio, veinte dedos, cuatro extremidades, un rostro. Había olvidado la forma particular de mis orejas, los vellos diminutos de los lóbulos, el promontorio debajo de los ojos, la marca de la lechina en el tobillo izquierdo o el lunar en el dedo índice que hice aparecer a los ocho años para ganar una apuesta. Para colmo tampoco podía leer.
En mi se había desatado la furia de la tristeza como un dique dinamitado. Tres duelos juntos, mal curados, peligrosos como la hepatitis, me separaron de mi misma con un corte limpio de sable. Juas. Una mujer sabia tuvo la suficiente paciencia para explicarme que al estar disgregada e incompleta, se me había apagado la intuición y me equivocaba. Iba a lugares que no me gustaban, con personas a las que no quería. Estuve inapetente e insomne. Incluso abandoné los placeres sencillos como un castigo por la vergüenza de estar triste. Prefería enloquecer a deprimirme, siempre lo consideré un lujo que no me podía permitir.
***
Subida a la batea de un camión de carga, cruzando las plantaciones de Cacao rumbo al pueblo de Chuao, pude escuchar, por encima del ruido del motor, el golpe seco de una fruta al caer sobre la alfombra de hojas tostadas por el sol. Pensé que era una casualidad hasta que, más adelante, escuche el zumbar de los insectos trabajando. Luego percibí el olor agrio de la tierra fértil, el canto de las hormigas debajo de las piedras, toqué las raíces frías de los árboles. Sentí un escalofrío en medio del aire caliente y apreté con fuerza la paleta de madera del camión. Al fin estaba sucediendo.
Lo había deseado tanto que meses atrás cuando me rendí, en lugar de recoger los pedazos fileteados de mi vida para unirlos con cicatrices, preferí intentar ser un árbol que crece hacia los lados echando ramas, cumpliendo la única ley a la que responden los solitarios: qué quiero. No qué debo, ni qué puedo, sino qué quiero. Nadie nunca fue tan caprichoso, tan egoísta.
Los primeros días, atolondrada, extraviada, grandilocuente, quise irme a Paris, tener un carro nuevo, cantar en un coro de pianobar, tener dos kilos menos y nalgas más grandes. Incluso acaricié la posibilidad de un novio que bajara todos los fines de semana a la playa a emborracharse con un grupo de gente divertida pero intrascendente: justo para eso necesitaba las nalgas más grandes. Claro que aún no lo descarto, soy una tipa sencilla, pero en la práctica, en ese momento, a penas si podía decidir entre caminar o tomar el Metro. Me equivocaba en las medidas del café, mi manicurista debía escoger por mí el color para las uñas. Un día me dijo: "No te soporto, haz algo con tu vida". No la vi más hasta después del viaje a la costa.
***
Pasé semanas beneficiándome de las rutinas ajenas. Comía lo que otros comían, dormía cuando les anochecía, veía sus películas, leía sus libros, participaba de sus vidas y problemas con una propiedad pasmosa. Era muy cómodo, la verdad. Había obtenido algunas certezas y me sentía agradecida.
Salí tímidamente del estado parasitario gracias al consumo cultural. Hola, Umberto. Recuperé mis libros mi música mis películas mis planes mis amigos mi ciudad. También me embarqué en el culto al placer, la adoración de los sentidos. Empecé a tomar millones de decisiones sensodérmicas que me llevaron, tiempo después, sin saberlo, hasta ese camión donde volví a percibir al mundo.
Aún no echo ramas. No estoy completa. Me extravío, me desconecto y hago estupideces. Pero si me concentro, puedo viajar hasta tu rostro para besarte en la frente sin sentir dolor. Por estos días he podido recordar la forma de unas manos, el arco de unos pies. No es mucho. Es prácticamente nada, pero estoy trabajando en eso. Lloro como una desesperada cuando pienso en las muertes, pero por ahora te alegrará saber que estoy viva, que estoy tan viva que lo que doy es miedo. 

la canción