lunes, 20 de septiembre de 2010

Las otras familias


Están las familias sanguíneas, las políticas, las laborales, están los amigos y, para los que crecimos en esas zonas de la ciudad donde la gente bebe en las esquinas y se llaman por apodos o silbidos, existe una suerte de familia social que se va a articulando a fuerza de cotidianidad.
Todas las mañanas, por ejemplo, cuando papi y yo salíamos a caminar, él estaba allí calentando el carro para llevar a su esposa a trabajar. Fue el mecánico de confianza de todos los carros que tuvimos en la casa y cuando yo tenía tres años le menté la madre porque me preguntó si mi papá era feo. A los tres años yo era una maquinita de recitar groserías y eventos patrios. Cuando crecí, él siguió repitiendo la pregunta para hacerme sonreír.
Anoche, cuando nos enteramos de su muerte, papá me contó que se conocían de toda la vida. Desde que eran niños, hasta ayer. Yo también lo conocí desde que era una niña, hasta ayer. Papi lloró, yo lloré con él. Todavía no nos reponemos.
Sé que era un buen padre y un buen esposo, porque la privacidad es un asunto difuso cuando pones a secar tu ropa al sol en las ventanas. Siempre lo vi afuera, arreglando carros en el asfalto, tomándose una cerveza, jugando dominó en el patio de la Sra. Esther.
Es casi una ley que estos afectos nacen con frecuencia cuando existe un pedazo de calle dónde  encontrarse. Por eso en las urbanizaciones con garita hay canchas y mesas de ping pong y en  las otras hay canchas, licorerías y mesas de dominó. Pero cada vez, en todas partes, hay menos calle. Un ascensor no es una calle. Un carro o un tiroteo, menos. Entonces, ¿a dónde va nuestra gente de toda la vida?
En mi calle la gente se tiene cariño, espera la verdad cuando pregunta ¿cómo está la vaina?, también se critica, se juzga, se da coñazos, se amenazan de muerte, se abrazan de corazón, se tocan, pero sobre todo se ven. En mi calle la gente se ve y mi padre, por estos días, debe soportar la longeva crueldad de ver el mundo sin los que solían estar en él.
Es probable que algún día me vaya de aquí por razones que nadie más podría entender. Pero hoy estoy tristísima, no fui a caminar y -antes de terminar atrapada en un micro de Martha Rodríguez Miranda- quería dejar constancia de que conozco gente buena, me duelen como mi familia y viven por aquí cerca.