jueves, 25 de febrero de 2010

Los viajes


Todavía hay quienes se sorprenden de que no haya conocido a la estatua de la libertad en el viaje a Nueva York. Sepan que lo mío no son las estatuas, ni las iglesias, ni las vidrieras. Que si viajo es, sobre todo, para comprobar cómo me siento, cómo cambio en cada sitio donde voy.

“Conócete a ti mismo”, dicen. “Todas las veces”, agrego. Porque cambiamos, somos distintos cada vez. El movimiento nos gusta, nos entretiene, nos la pasamos en eso. Hay ciudades, por ejemplo, que no dejan de moverse y desde arriba parece que bailaran. Hay personas que se mueven siempre y nunca mueren.

De allí que me angustie tanto la paradoja que ha sido mi regreso: esta inamovilidad que no agradezco porque resulta que nadie puede acostumbrarse a lo estrecho, lo ajeno y lo incómodo cuando le perteneció, casi naturalmente, el pulso del mundo. Ése que puede estar en una ciudad o en un útlimo latido.

Nunca había visto a alguien morir pero se lo agradezco. Ella que me dio tanto, incluyéndote, me permitió estar allí para amarla. Atesoro lo que sentí para contártelo cuando ya no llore No fue sobrenatural, como un cuento de velorio que si la vi, la sentí, o la escuché. Fue más bien muy terrenal e intenso. Mientras, busco trascender las frases que nos envuelven, qué hay después de, somos polvo, la vida es un segundo, un momento se está y al otro no, resignación.

Esta experiencia indeleble habrá de transformarnos, qué suerte. El misterio del cómo quizá llegue una tarde de parque con un niño en brazos o la mañana de mañana o en la tercera sesión de una terapia. Puede que no llegue o que se disuelva en nosotros cambiándonos silenciosamente, porque ¿acaso podrías jurar que soy la misma de hace seis años?

Será un viaje largo, sin estatuas, ni vidrieras. Prometo estar atenta para comprobar cómo me siento, cómo cambio, el duelo es el sitio a donde voy. Después de eso podré decir “no lo he visto todo, pero vi morir” y eso, querido mío, en este mundo cruel, es una ventaja competitiva.