miércoles, 6 de enero de 2010

Los compromisos


Cuando la más mejor amiga* de la vida de una se compromete en matrimonio, se casa y se va a vivir a otra ciudad ocurren varias cosas. La primera es una alegría desbordante porque somos niñas y las bodas -con toda su parafernalia cursi, su carga kitsch, su reforzamiento de tradiciones absurdas y opresivas- nos pertenecen por genética social, son el palito de la X.

La segunda es una tristeza que te inunda hasta el lagrimal. Porque van a tener cada vez menos cosas en común, porque va a vivir a cuatro ´mostros` marinos de distancia, porque va a tener nuevas amigas, todas amas de casa desesperadas enfundadas en animal print, porque se acabaron los cafés de los jueves en Arábica, porque va a empezar a tomar whisky en lugar de ron, porque cuando tengas tus hijos los suyos van a ser mayores de edad. Pesadillas, pues.

Luego, cuando pasa la explosión de endorfinas y empiezas a precisar chocolate, el asunto comienza a aparecer con toda su complejidad ante tus ojos. No se trata de si casarse es bueno, malo, bonito o barato, esa es, al menos para mí, una discusión superada. Se trata de la palabra, que siempre es lo primero.

La palabra de uno, su "palabra de honor” abarca tanto de nuestra esencia, que no debería estar subestimada. La palabra se ha convertido en el coleto del mundo: “Nos vemos esta semana”, “Vamos a ver”, “Yo te llamo”, “Te envié un mensaje, seguro no te llegó”, “A las 5 en los torniquetes”, “Dale, nos tomamos un café”, “El lunes empiezo”.

Ante millones de micro promesas incumplidas a diario, algunos todavía se preguntan si lograremos los objetivos del milenio. En ese estado de palabras rotas no podemos sino sentir desconfianza, es el imperio del “No creo en nadie… porque nadie cree en mi”.

Entonces que dos personas se comprometan a algo, a formar una familia, a construir un edificio o criar abejas asesinas, más que un acto de fe -diría Borges sobre la colombianitud**- es la celebración de la palabra.

Por eso comprometerse con una pareja, con una idea, con un trabajo, con un plan me parece fascinante. Es obvio, lo sé, pero es algo que no hago. El miedo al compromiso no lo padecen sólo los que no pueden decir que si, sino los que no sabemos decir que no y vivimos comprometiéndonos de a mentiritas con todo.

Así que, en la tradición de los post de año nuevo de este blog, lo que más procuraré este 2010 será tomar en serio mis compromisos, pensar honestamente si deseo/puedo cumplirlos antes de asumirlos y hacerlo. Just do it. No debería ser tan difícil, ¿no? De esto se trata crecer.

*Tengo tres más mejores amigas de mi vida. Las amo por igual, así que los títulos exactos para cada una, sin un orden jerárquico específico son: “mi mejor amiga A”, “mi mejor amiga M” y “mi mejor amiga W”.

**Inventamos palabras a domicilio