lunes, 18 de octubre de 2010

No cruce la línea


Él no para de moverse y está empezando a ponerme nerviosa. Si se lanza, pienso, voy a tener que dejar los ahorros en terapia. Es un hombre joven con signos de haberla pasado bien antes del sobrepeso y el trabajo de mierda que lo trajo hasta aquí. Se lija la cara con un pañuelo por cuarta vez, me mira, sonríe. Si se lanza después de sonreírme está peor de lo que pensaba, pienso.
Desde que en el Metro de Caracas decidieron colocar pantallas para anunciar el tiempo exacto que tardará el próximo tren en arribar a la estación, nos quitaron la fantasía de mirar fijamente la boca del túnel hasta escuchar el destello de la luz amarilla sobre los rieles varios segundos antes de verla aparecer.
Este hombre tiene una reunión dentro de diez minutos al otro lado de la ciudad. Debo llegar a tiempo, en el ministerio son estrictos con las horas, tú sabes cómo es eso. No sé cómo es eso pero le sonrío asintiendo, no vaya a ser… No. No se lanza. Llega el tren. Salen tres, entran cinco. Nuestro chico ocupado queda afuera, conmigo. Intenta empujar. No puede. Se desespera. Quiere chorar, quiere chorar. Entonces ocurre algo increíble, conmovedor: empieza a dirigir el tráfico del vagón. Señora si pudiera arrimarse un poquito, Pana quítate el bolso de la espalda, Señora, es con usted por favor hacia atrás. Nadie se mueve. Todos estamos bastante impresionados y enseguida comenzamos a reír. Somos crueles. Casi puedo escucharles decir, este guevón, cuando arranca el tren.
Seis minutos nuevos en la pantalla. Pobre ser. Me provoca tomarlo de la mano y decirle, vamos nene, salgamos de aquí a tomarnos un café. En cambio le digo, `hay cosas que no podemos controlar` y enseguida decido callarme la boca por farsante. Mi último episodio de ansiedad laboral ocurrió hace menos de dos meses. Soy una control freak en rehabilitación sin un poquito de moral para decirle que respire. Aún así logro que lo haga.
Las dinámicas de la administración pública son perversas. El mayor empleador del país tiene rostros sonrientes que cumplen horarios sencillos sin demasiada responsabilidad llenando los estereotipos. Pero también, esclavos modernos con serios problemas para llevar una vida normal fuera de los entornos laborales. Cual corporación multinacional: bien salvaje. Mientras más cerca estés del poder más posibilidades tienes de ganar una úlcera, un infarto al miocardio, un divorcio. Es la explotación del hombre por el Estado. 
Siendo la improvisación uno de nuestros estilos favoritos de gerencia, los seres humanos que trabajan en los últimos pisos de las torres ministeriales están sometidos a niveles insanos de presión atmosférica. Con nuestra altísima rotación de ministros no sólo no hay continuidad en las gestiones, sino también inestabilidad laboral, guerras fratricidas para conservar el corcho con las fotos, el estante con llave, la venia del líder, la vida.
Hace un año, en el segundo piso del Palacio Federal Legislativo después de cubrir una sesión aburridora, supe que Ernesto y yo íbamos a ser amigos. La primera luz del atardecer hacía brillar la cúpula del salón de sesiones, las guacamayas anidaban en las copas de las palmeras y yo desentonaba de una manera escandalosa con el espectáculo visual. Acababa de llegar de una estancia corta en otro país hecha un ovillo de confusiones, con el Síndrome de Maiquetía a mil por hora. Recostados de una baranda en nuestro ilustre palacio de las leyes, yo puteaba a la república, me quejaba de la corrupción, de la burocracia, de nuestro catálogo de injusticias sociales, de mi trabajo inútil con el que nadie aprende a leer o a escribir, hasta de estas malditas guacamayas que no nos dejan en paz. Entonces Ernesto, citando a un poeta que sólo él recordará, me dijo con su sonrisota luz: “Mela, la vida está en otra parte”. No en otro país, ni en otra ciudad, en-o-tra-par-te.
Justo ahora, en esta lombriz citadina a la que logramos finalmente subir, quiero susurrarle al hombre ministerial el secreto que me salva de momentos y personas desagradables: que esto no es la vida, que la vida está en otra parte. Si me pregunta dónde apenas tendré dos segundos para responderle, antes de bajar en mi estación, que a veces me parece reconocerla en esa vibración mínima bajo los pies cuando adivino que viene el tren sin mirar a la pantalla.

3 comentarios:

Varo's dijo...

Perfectamente escrito Mela. Aplausos. Aún recuerdo cuando me dijiste a mi: "La vida está en otra parte".

ki dijo...

que esto esté tan bien escrito
y que vi comente son dos facts para seguirlo ;)

Charal dijo...

Ta bien narrado que casi parece ficción, pero es así. Así dejamos de vivir, así andamos... Trataré de recordar la cita a ver si también me calma =)

...Ah y estoy completamente, la mejor cosa de esperar el metro es justo cuando sopla el viento en dirección contraria hacia donde esperas y las luces se reflejan ^^ Qué buena imagen esa!