lunes, 14 de junio de 2010

Loma Linda


Habíamos viajado más de 30 kilómetros para conocer el ruido. El plan para la noche del viernes era celebrar el cumpleaños de Alejandro fuera de Caracas. Él vive en Guatire y el final de cada rumba siempre es un periplo. Nunca somos tan buenos amigos como para llevarlo hasta la puerta de su casa, pero siempre cuidamos que no lo atraque un piedrero mientras agarra el taxi porpuesto en Plaza Venezuela.
Así que, en la sacrosanta tradición de que el cumpleañero decida el lugar, nos vimos rodeados hacia la mitad de la noche por casi 300 carros  estacionados alrededor de la pista del karting Loma Linda, en el km 1 de Guarenas.
El kartódromo de Loma Linda es una pista de 1.142 metros de longitud, distribuidos en tres curvas pronunciadas y una recta de 200 metros, orgullo de la empresa. Durante el día, se ven pasar los carros miniatura conducidos por niños y adultos que juegan a ser pilotos de carreras. Pero por la noche, la pista se transforma en un estacionamiento con vocación de discoteca y feria automotriz.
El cover son 40 bolívares por carro. Ninguno se baja. No hay inspección ni señorita abra la cartera. Nada. Aquí nadie revisa nada. Cada carro lleva su bebida, su cava, su hielo, sus cigarros y su música. Ah. La música.   
***
-Eso es un piacito e´tela –me dice Marbelis, la novia de Alejandro, sorprendida cuando vemos pasar a la morena.
En efecto, es una blusa ganada para vestido con un ángel al frente dibujado en trazos negros. La morena es chiquita y redonda, de pelo largo negro, muy liso. No es gorda, pero si usamos el lenguaje de nuestro entorno, está tuning. Le cuesta mucho mantener el vestido en su lugar y los tres muchachos que vienen hacía ella lo notan. De frente la escanean: tren delantero, stocks, latonería, pintura. Ella pasa bajándose la blusa. Ellos, invariablemente, voltean: amortiguadores, parachoques, guardafangos.
Como ésta es una feria del mirar, los tres siguen en esa labor hasta el final de este tramo de la pista donde está una de las joyas de exhibición de autos ruidosos. Es una Toyota Burbuja plateada metamorfoseada en una máquina de emitir sonidos potentes. Apenas tiene disponible el puesto del conductor, el resto del espacio es para los equipos de sonido.
El dueño abre la puerta trasera desde donde salen los sonidos y la luz. Sabemos que es el dueño porque se golpea el pecho con la mano muy abierta para luego apuntar en la distancia a otro hombre y decirle “es mía.” Sabemos que lo dice porque abre mucho la boca, pero no podemos escucharlo. Nadie puede.
Me abrí paso entre la gente para ubicarme al frente de la corneta más grande, pasé junto a los tres muchachos y empecé a observar las luces que despedía el interior de la camioneta. Una azul muy intensa y clara que se refleja en las docenas de superficies metálicas de las cornetas y consolas. Otras, más pequeñas, van dibujando el espacio con formas distintas como láseres azules contra intrusos, siempre al ritmo de la música.
***
Esa maldita música. Lo primero que notas es la ausencia de tu propio pulso. Hay movimientos involuntarios mínimos en las distintas capas de la piel. Para captar las vibraciones, los hombres inventaron unas máquinas que dibujan sus cimas y depresiones respecto al tiempo y la frecuencia. Nuestro vibrómetro de esta noche de viernes son los movimientos visibles de las cornetas. Mientras todo suena, ellas marcan el tempo con golpes fuertes que nacen del interior y explotan en la superficie. A veces, en las notas sostenidas, la rejilla del bajo parece un colibrí.
Más tarde, Jota me explicará que ese es un estándar de calidad hasta para los audífonos del iPod, pero ahorita sólo estoy pensando en que falta poco para despegarme del suelo. Es tan fuerte el impacto del sonido, que no sólo sientes una brisa delgada venir contra la cara, sino una suerte de impulso de rebote. La música contra tu cuerpo casi podría lograr lo que una ola: esa breve pero poderosa sensación de ingravidez.
Andando pesadamente entre los beats entendí los trances alucinógenos –no asistidos- que produce la música electrónica: el poco sentido literal, ese halo de trascendencia. Todo parece importante porque no podemos escuchar nuestros pensamientos. La mano de Jota sobre mi mano me devolvió a la grama. Se acercó mucho a mi oído derecho y emitió el antídoto más obvio contra el ruido.
Susurró: “¿Quieres verlo por dentro?”. Asentí. Bordeamos la camioneta y nos asomamos por la puerta abierta del conductor. Así debe ser una nave espacial. Switches, cónsolas, botones, cables, colores. Es un mundo desconocido y costoso. Según los cálculos al vuelo, los equipos superan, de lejos, el costo de la camioneta.
Volvimos al grupo donde el ruido era aún peor. Cuatro hermanas de la Burbuja, de diferentes marcas y modelos, estaban estacionadas al otro lado de la curva. Las minitecas de cada una reproducían el mismo track. La potencia de la música nos llegaba cuadriplicada.
La cantidad de carros se reprodujo exponencialmente desde la medianoche a la una de la madrugada. Contamos cuatro filas de 20 carros en cada curva.  Al salir, pudimos aproximar la cuenta a 240 carros. Pero en Loma Linda, pocos se complacen en bailar pistas ajenas. Cada quien se procura su sonido diferente, su fiesta privada.
Con diez mil bolívares fuertes  puedes "empotrar" tu carro con cornetas y un bajo de buena calidad. En el puesto trasero de su corsa rojo, Jonathan lleva invertidos más de veinte mil. Está estacionado a nuestro lado y se nota complacido cuando uno de los paseantes en labor de mirar, saca su teléfono y le toma una foto al carro. Ese es un reconocimiento social bastante alto. El que le sigue es la petición de asesoría sobre los equipos, ¿Dónde los compraste? ¿Cuánto te costaron? ¿Qué modelo son? ¿Qué tan alto suenan?
***
Rodando hacia la salida pasamos frente a los cuatro mounstros sonoros de la curva. Hay una multitud agolpada en la vía y debemos abrirnos paso cuidadosamente. Al superarlos nos encontramos con un Mazda3 rojo escoltando a la escandalosa Burbuja plateada.
Justo antes de llegar a la barda de salida nos detenemos. Del Mazda rojo desciende un hombre grueso de guayabera blanca. Es el dueño de la burbuja. Gesticula con fuerza frente a un grupo de hombres. Se gritan. Se acercan. Se señalan con las manos extendidas y pistolas imaginarias. Jota me mira como diciendo “cualquier vaina te tiras al piso.” Otro grupo de hombres llega subiendo y bajando las manos, se colocan entre los contendientes, apaciguan los gestos. El hombre vuelve al Mazda y arranca la caravana. Al pasar frente al grupo, escuchamos desde la ventana “Nooo marico, tan grandote y tan cagao."

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