martes, 9 de noviembre de 2010

(No)Normas

Me pidieron escribir sobre la cortesía en la web. Esto fue lo que resultó. 
Gracias a Mariana porque es un sol y a Libre, por libre. 

Normas de conducta 2.0
¿Existe algo como un “Manual de conducta 2.0”? ¿Somos educados en la red? ¿Hay maneras “correctas” de comportarse? Esto no es un intento de respuesta, esto es una invitación a la libertad

Hay un momento en el primer grado de educación básica en el que los niños memorizan las normas que instintivamente los han acompañado desde que aprendieron a comunicarse en casa. Parece fácil, repasemos:
Mirar a la persona que habla
Usar un tono de voz adecuado
Expresarse de forma clara y sencilla
Prestar atención a quién habla
Esperar su turno para responder
De acuerdo con la promesa de la educación formal, esto debería ser suficiente para garantizar adultos socialmente funcionales, conversadores respetuosos y eficaces, capaces de evitar o resolver malos entendidos. Hasta que un día, una empresa repleta de adultos que aprobaron satisfactoriamente el primer grado decide prohibir el uso de smartphones durante las reuniones de trabajo porque sus empleados, vista fija en el celular, son incapaces de mirarse a la cara. 
Si bien es cierto que la tecnología al servicio del hombre ha derivado en algunos casos en el hombre al servicio de la tecnología, contrario a lo que muchos apocalípticos podrían afirmar, la culpa no es del teléfono celular, el iPad, Facebook, Twitter, o “el fulano internet”. 
El uso de la tecnología y de las redes sociales, cuyo concepto ha ido restringiéndose desafortunadamente a las plataformas tecnológicas que las sostienen, son el reflejo de nuestro comportamiento social fuera de la web. 
Lo que ocurre al abrir una cuenta en una red social en internet es una reedición de ese momento estelar de nuestra niñez en el que descubrimos por primera vez que no estamos solos. A ese pensamiento sobreviene inmediatamente otro: `estamos rodeados´. Pero una vez superada la ansiedad inicial comenzamos a hacer lo que mejor sabemos, relacionarnos con otros seres humanos bajo normas que nos son naturales.
El reforzamiento del YO, tan común en estas formas de relacionarnos, nos invita a compartir quién soy, a qué me dedico, cuáles son mis gustos, quiénes son mis amigos, dónde estoy. Pero también, y sobre todo, a recibir esa información de miles de otros como yo. No en vano la experiencia más enriquecedora para muchos usuarios activos de la red ha sido poder escuchar al mundo. Pero, en esta gran conversación global el ruido puede llegar a ser ensordecedor. 
¿Hay una manera “correcta” de conversar, para no generar malos entendidos o confusiones? Existen acuerdos mínimos de convivencia on y off line como citar las fuentes, tratar con consideración al lenguaje y respetar las opiniones ajenas[1]. En grupos donde el conocimiento es ampliamente valorado el plagio es inaceptable, expresarse con claridad ayuda y -en aras de la pluralidad que la caracteriza- las prohibiciones son mal vistas.  
Por eso resulta paradójico que en comunidades tan dinámicas y teóricamente autoreguladas como las 2.0 haya intentos de “normalizar” o “estandarizar” los usos con decálogos de comportamiento que vulneran el espíritu de libertad que acunó el nacimiento de internet. 
Haga esto. No haga lo otro. Siga a fulanito. No siga a este otro. Acepte esta aplicación. Etiquete sus fotos, menos las de traje de baño. Luzca accesible pero no disponible. No se retrate en grupo. Sea usted mismo. No tanto. Esfuércese por ser natural. Use folcsonomías. Cree un hashtag viral. Recomiende contenidos. Haga #followfriday. Twittee un poco más, no sea tímido. Espere, tantos tweets abruman. Siga si lo siguen. No siga si no lo siguen. Revise quién lo bloqueó y vénguese. Siga a los populares. No, mejor siga a los “alternativos”. Jamás suba su currículo original a la web `uno nunca sabe´. Actualice su currículo en línea con frecuencia, `uno nunca sabe´. Haga periodismo ciudadano. Primero léase el manual. Abra un blog. Escriba mínimo una vez a la semana. Si quiere crear empatía, escriba siempre. Pero para actualizaciones diarias utilice Tumblr. Siga los siguientes pasos para ganar audiencia. Responda los comentarios. Trace una ruta de contactos influyentes. Diga que todo le gusta. Tenga algo de criterio. Critíquelo todo. Retwittee al Dalai Lama. 
¡Cristo santísimo! Qué agotador 
En vista de que el hombre contemporáneo no puede saltarse el tráfico en la hora pico, ni burlar la muerte, al menos debería poder manejar sus redes sociales con autonomía y decisiones basadas en sus principios éticos, sin responder a cánones, disfrutando su estadía en las redes mientras dure, sin olvidar mirarse a los ojos y decir por favor o gracias.


[1] Si usted es un troll obvie este mensaje.
Troll: “es la unidad más solitaria e idiota de las redes, pero se comporta como masa sigloveinte: al perder la identidad tira piedras y ladrillos contra todo, anula el diálogo, incendia la idea.” Hernán Casciari (2010)

martes, 2 de noviembre de 2010

Huele a quemado

“El Coyote ordenó la limpieza de todos los cargos que valían la pena del sector público para colocar a los militantes del MNR y de la coalición oficialista. La tensión que vivían los empleados públicos hizo que algunos delataran a sus compañeros que hablaban mal del Coyote para proteger sus puestos. En un ministerio, hubo rumores de que el jefe de personal obligó a una secretaria a que se acostara con él bajo la amenaza de que la iba a echar.
Lucas también se aprovechaba de la coyuntura. “El poder me ha hecho bonito”, me dijo. Un círculo de mujeres merodeaba en torno a él, dispuestas a cualquier cosa con tal de conseguir trabajo. Un par de veces a la semana se perdía con Ada en el baño de mujeres.
A veces contrataban a las amantes y familiares de dirigentes de peso en puestos importantes. Una hermana del Coyote tenía un cargo semiejecutivo en YPFB. Era conocida por su ineficiencia, pero no se le podía despedir”.

Nota:
Literatura y política.No hay dilema.

lunes, 18 de octubre de 2010

No cruce la línea


Él no para de moverse y está empezando a ponerme nerviosa. Si se lanza, pienso, voy a tener que dejar los ahorros en terapia. Es un hombre joven con signos de haberla pasado bien antes del sobrepeso y el trabajo de mierda que lo trajo hasta aquí. Se lija la cara con un pañuelo por cuarta vez, me mira, sonríe. Si se lanza después de sonreírme está peor de lo que pensaba, pienso.
Desde que en el Metro de Caracas decidieron colocar pantallas para anunciar el tiempo exacto que tardará el próximo tren en arribar a la estación, nos quitaron la fantasía de mirar fijamente la boca del túnel hasta escuchar el destello de la luz amarilla sobre los rieles varios segundos antes de verla aparecer.
Este hombre tiene una reunión dentro de diez minutos al otro lado de la ciudad. Debo llegar a tiempo, en el ministerio son estrictos con las horas, tú sabes cómo es eso. No sé cómo es eso pero le sonrío asintiendo, no vaya a ser… No. No se lanza. Llega el tren. Salen tres, entran cinco. Nuestro chico ocupado queda afuera, conmigo. Intenta empujar. No puede. Se desespera. Quiere chorar, quiere chorar. Entonces ocurre algo increíble, conmovedor: empieza a dirigir el tráfico del vagón. Señora si pudiera arrimarse un poquito, Pana quítate el bolso de la espalda, Señora, es con usted por favor hacia atrás. Nadie se mueve. Todos estamos bastante impresionados y enseguida comenzamos a reír. Somos crueles. Casi puedo escucharles decir, este guevón, cuando arranca el tren.
Seis minutos nuevos en la pantalla. Pobre ser. Me provoca tomarlo de la mano y decirle, vamos nene, salgamos de aquí a tomarnos un café. En cambio le digo, `hay cosas que no podemos controlar` y enseguida decido callarme la boca por farsante. Mi último episodio de ansiedad laboral ocurrió hace menos de dos meses. Soy una control freak en rehabilitación sin un poquito de moral para decirle que respire. Aún así logro que lo haga.
Las dinámicas de la administración pública son perversas. El mayor empleador del país tiene rostros sonrientes que cumplen horarios sencillos sin demasiada responsabilidad llenando los estereotipos. Pero también, esclavos modernos con serios problemas para llevar una vida normal fuera de los entornos laborales. Cual corporación multinacional: bien salvaje. Mientras más cerca estés del poder más posibilidades tienes de ganar una úlcera, un infarto al miocardio, un divorcio. Es la explotación del hombre por el Estado. 
Siendo la improvisación uno de nuestros estilos favoritos de gerencia, los seres humanos que trabajan en los últimos pisos de las torres ministeriales están sometidos a niveles insanos de presión atmosférica. Con nuestra altísima rotación de ministros no sólo no hay continuidad en las gestiones, sino también inestabilidad laboral, guerras fratricidas para conservar el corcho con las fotos, el estante con llave, la venia del líder, la vida.
Hace un año, en el segundo piso del Palacio Federal Legislativo después de cubrir una sesión aburridora, supe que Ernesto y yo íbamos a ser amigos. La primera luz del atardecer hacía brillar la cúpula del salón de sesiones, las guacamayas anidaban en las copas de las palmeras y yo desentonaba de una manera escandalosa con el espectáculo visual. Acababa de llegar de una estancia corta en otro país hecha un ovillo de confusiones, con el Síndrome de Maiquetía a mil por hora. Recostados de una baranda en nuestro ilustre palacio de las leyes, yo puteaba a la república, me quejaba de la corrupción, de la burocracia, de nuestro catálogo de injusticias sociales, de mi trabajo inútil con el que nadie aprende a leer o a escribir, hasta de estas malditas guacamayas que no nos dejan en paz. Entonces Ernesto, citando a un poeta que sólo él recordará, me dijo con su sonrisota luz: “Mela, la vida está en otra parte”. No en otro país, ni en otra ciudad, en-o-tra-par-te.
Justo ahora, en esta lombriz citadina a la que logramos finalmente subir, quiero susurrarle al hombre ministerial el secreto que me salva de momentos y personas desagradables: que esto no es la vida, que la vida está en otra parte. Si me pregunta dónde apenas tendré dos segundos para responderle, antes de bajar en mi estación, que a veces me parece reconocerla en esa vibración mínima bajo los pies cuando adivino que viene el tren sin mirar a la pantalla.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Las otras familias


Están las familias sanguíneas, las políticas, las laborales, están los amigos y, para los que crecimos en esas zonas de la ciudad donde la gente bebe en las esquinas y se llaman por apodos o silbidos, existe una suerte de familia social que se va a articulando a fuerza de cotidianidad.
Todas las mañanas, por ejemplo, cuando papi y yo salíamos a caminar, él estaba allí calentando el carro para llevar a su esposa a trabajar. Fue el mecánico de confianza de todos los carros que tuvimos en la casa y cuando yo tenía tres años le menté la madre porque me preguntó si mi papá era feo. A los tres años yo era una maquinita de recitar groserías y eventos patrios. Cuando crecí, él siguió repitiendo la pregunta para hacerme sonreír.
Anoche, cuando nos enteramos de su muerte, papá me contó que se conocían de toda la vida. Desde que eran niños, hasta ayer. Yo también lo conocí desde que era una niña, hasta ayer. Papi lloró, yo lloré con él. Todavía no nos reponemos.
Sé que era un buen padre y un buen esposo, porque la privacidad es un asunto difuso cuando pones a secar tu ropa al sol en las ventanas. Siempre lo vi afuera, arreglando carros en el asfalto, tomándose una cerveza, jugando dominó en el patio de la Sra. Esther.
Es casi una ley que estos afectos nacen con frecuencia cuando existe un pedazo de calle dónde  encontrarse. Por eso en las urbanizaciones con garita hay canchas y mesas de ping pong y en  las otras hay canchas, licorerías y mesas de dominó. Pero cada vez, en todas partes, hay menos calle. Un ascensor no es una calle. Un carro o un tiroteo, menos. Entonces, ¿a dónde va nuestra gente de toda la vida?
En mi calle la gente se tiene cariño, espera la verdad cuando pregunta ¿cómo está la vaina?, también se critica, se juzga, se da coñazos, se amenazan de muerte, se abrazan de corazón, se tocan, pero sobre todo se ven. En mi calle la gente se ve y mi padre, por estos días, debe soportar la longeva crueldad de ver el mundo sin los que solían estar en él.
Es probable que algún día me vaya de aquí por razones que nadie más podría entender. Pero hoy estoy tristísima, no fui a caminar y -antes de terminar atrapada en un micro de Martha Rodríguez Miranda- quería dejar constancia de que conozco gente buena, me duelen como mi familia y viven por aquí cerca.  

jueves, 1 de julio de 2010

Los perdedores de premios


Cuando uno de nosotros, los perdedores de premios, decide no serlo por más tiempo, eleva la voz y dice “quiero ganarme esa cesta con productos de Vichy”. Entonces un Dios bueno, de los que no abundan, se asoma y dice: “okey, pero eso nada más.”

Porque el estatus de perdedor de premios es como la virginidad.  Una vez que te ganas el juego de cuchillos Jin Sung en la rifa del colegio de tu sobrina, a quien le compraste el talonario completo,  olvídalo. No va más. No podrás decir sin mentir “yo nunca me gano nada.”

Ni hablar de las rifas de material pe o pe. ”Okey, te ganas la gorra con el estampado Polar, pero hasta aquí”, dice el bueno de Dios. Es así como miles de ex perdedores de premios se pasean con por la vida con un llavero de Malta Regional guindándole del bolsillo.

El caso de los ganadores de carros y apartamentos es otra cosa. El primer impulso es pensar que  se trata de rifas amañadas, fraudulentas, turbias, bien cochinas. El segundo es invocar a la tragedia de la mano de ese dicho tan pavoso (abuela, por qué) de que lo que fácil llega, fácil se va: “¡Exprópiese! que igual se lo ganó en una rifa.”  

Pero estos ex perdedores son, en realidad, admirables ahorradores de deseos. Siempre decían “perro” o repetían deliberadamente un número cuando se rifaban carritos a control remoto en los cumpleaños de sus primos en el Parque del Este. ¿Quién quiere un estuche de maquiclub cuando puede esperar a crecer para ganarse un viaje para dos personas a Paris con sólo mandar su número de cédula al número que vea en pantalla y contestar la pregunta de la trivia? Es así como estos capitalistas de fracasos obtienen, finalmente, lo que tanto habían deseado. Hay quienes incluso canjean todos sus haberes por un Rosebud. Se han visto casos.

Mi hora más feliz llegó a los 24 años, dos meses y cinco días de vida. No quería ir, pero había quedado con las amigas. Y bueno, nada, que aquí estoy, no voy a tomar, creo que me voy temprano, mira aparecen los mensajes del #twiteq en la pantalla, marica qué arrecha esa cesta de productos, ¿te inscribiste en la rifa?, no, corre pues. Gordo, porfa dame un cartoncito para la rifa que ***quiero ganarme esa cesta con productos de Vichy.***

Justo en el año de mi vida cuando muchos esperan que me convierta en propietaria de algo distinto a zapatos, libros y tazas para café que colecciono de los viajes, llego a mi casa borracha de la felicidad, cargando con más de treinta cajitas contentivas de potajes milagrosos que me estacionarán, al menos por un año, en este aspecto de mi edad cronológica.

No es un carro, ni un apartamento, mucho menos es Paris. Es mi versión adulta del maquiclub. Lo siento compañeros de logia, así me despido de ustedes, no me pude resistir.

(Mela) Nina, la que “casi” nunca se gana nada. 
 

lunes, 14 de junio de 2010

Loma Linda


Habíamos viajado más de 30 kilómetros para conocer el ruido. El plan para la noche del viernes era celebrar el cumpleaños de Alejandro fuera de Caracas. Él vive en Guatire y el final de cada rumba siempre es un periplo. Nunca somos tan buenos amigos como para llevarlo hasta la puerta de su casa, pero siempre cuidamos que no lo atraque un piedrero mientras agarra el taxi porpuesto en Plaza Venezuela.
Así que, en la sacrosanta tradición de que el cumpleañero decida el lugar, nos vimos rodeados hacia la mitad de la noche por casi 300 carros  estacionados alrededor de la pista del karting Loma Linda, en el km 1 de Guarenas.
El kartódromo de Loma Linda es una pista de 1.142 metros de longitud, distribuidos en tres curvas pronunciadas y una recta de 200 metros, orgullo de la empresa. Durante el día, se ven pasar los carros miniatura conducidos por niños y adultos que juegan a ser pilotos de carreras. Pero por la noche, la pista se transforma en un estacionamiento con vocación de discoteca y feria automotriz.
El cover son 40 bolívares por carro. Ninguno se baja. No hay inspección ni señorita abra la cartera. Nada. Aquí nadie revisa nada. Cada carro lleva su bebida, su cava, su hielo, sus cigarros y su música. Ah. La música.   
***
-Eso es un piacito e´tela –me dice Marbelis, la novia de Alejandro, sorprendida cuando vemos pasar a la morena.
En efecto, es una blusa ganada para vestido con un ángel al frente dibujado en trazos negros. La morena es chiquita y redonda, de pelo largo negro, muy liso. No es gorda, pero si usamos el lenguaje de nuestro entorno, está tuning. Le cuesta mucho mantener el vestido en su lugar y los tres muchachos que vienen hacía ella lo notan. De frente la escanean: tren delantero, stocks, latonería, pintura. Ella pasa bajándose la blusa. Ellos, invariablemente, voltean: amortiguadores, parachoques, guardafangos.
Como ésta es una feria del mirar, los tres siguen en esa labor hasta el final de este tramo de la pista donde está una de las joyas de exhibición de autos ruidosos. Es una Toyota Burbuja plateada metamorfoseada en una máquina de emitir sonidos potentes. Apenas tiene disponible el puesto del conductor, el resto del espacio es para los equipos de sonido.
El dueño abre la puerta trasera desde donde salen los sonidos y la luz. Sabemos que es el dueño porque se golpea el pecho con la mano muy abierta para luego apuntar en la distancia a otro hombre y decirle “es mía.” Sabemos que lo dice porque abre mucho la boca, pero no podemos escucharlo. Nadie puede.
Me abrí paso entre la gente para ubicarme al frente de la corneta más grande, pasé junto a los tres muchachos y empecé a observar las luces que despedía el interior de la camioneta. Una azul muy intensa y clara que se refleja en las docenas de superficies metálicas de las cornetas y consolas. Otras, más pequeñas, van dibujando el espacio con formas distintas como láseres azules contra intrusos, siempre al ritmo de la música.
***
Esa maldita música. Lo primero que notas es la ausencia de tu propio pulso. Hay movimientos involuntarios mínimos en las distintas capas de la piel. Para captar las vibraciones, los hombres inventaron unas máquinas que dibujan sus cimas y depresiones respecto al tiempo y la frecuencia. Nuestro vibrómetro de esta noche de viernes son los movimientos visibles de las cornetas. Mientras todo suena, ellas marcan el tempo con golpes fuertes que nacen del interior y explotan en la superficie. A veces, en las notas sostenidas, la rejilla del bajo parece un colibrí.
Más tarde, Jota me explicará que ese es un estándar de calidad hasta para los audífonos del iPod, pero ahorita sólo estoy pensando en que falta poco para despegarme del suelo. Es tan fuerte el impacto del sonido, que no sólo sientes una brisa delgada venir contra la cara, sino una suerte de impulso de rebote. La música contra tu cuerpo casi podría lograr lo que una ola: esa breve pero poderosa sensación de ingravidez.
Andando pesadamente entre los beats entendí los trances alucinógenos –no asistidos- que produce la música electrónica: el poco sentido literal, ese halo de trascendencia. Todo parece importante porque no podemos escuchar nuestros pensamientos. La mano de Jota sobre mi mano me devolvió a la grama. Se acercó mucho a mi oído derecho y emitió el antídoto más obvio contra el ruido.
Susurró: “¿Quieres verlo por dentro?”. Asentí. Bordeamos la camioneta y nos asomamos por la puerta abierta del conductor. Así debe ser una nave espacial. Switches, cónsolas, botones, cables, colores. Es un mundo desconocido y costoso. Según los cálculos al vuelo, los equipos superan, de lejos, el costo de la camioneta.
Volvimos al grupo donde el ruido era aún peor. Cuatro hermanas de la Burbuja, de diferentes marcas y modelos, estaban estacionadas al otro lado de la curva. Las minitecas de cada una reproducían el mismo track. La potencia de la música nos llegaba cuadriplicada.
La cantidad de carros se reprodujo exponencialmente desde la medianoche a la una de la madrugada. Contamos cuatro filas de 20 carros en cada curva.  Al salir, pudimos aproximar la cuenta a 240 carros. Pero en Loma Linda, pocos se complacen en bailar pistas ajenas. Cada quien se procura su sonido diferente, su fiesta privada.
Con diez mil bolívares fuertes  puedes "empotrar" tu carro con cornetas y un bajo de buena calidad. En el puesto trasero de su corsa rojo, Jonathan lleva invertidos más de veinte mil. Está estacionado a nuestro lado y se nota complacido cuando uno de los paseantes en labor de mirar, saca su teléfono y le toma una foto al carro. Ese es un reconocimiento social bastante alto. El que le sigue es la petición de asesoría sobre los equipos, ¿Dónde los compraste? ¿Cuánto te costaron? ¿Qué modelo son? ¿Qué tan alto suenan?
***
Rodando hacia la salida pasamos frente a los cuatro mounstros sonoros de la curva. Hay una multitud agolpada en la vía y debemos abrirnos paso cuidadosamente. Al superarlos nos encontramos con un Mazda3 rojo escoltando a la escandalosa Burbuja plateada.
Justo antes de llegar a la barda de salida nos detenemos. Del Mazda rojo desciende un hombre grueso de guayabera blanca. Es el dueño de la burbuja. Gesticula con fuerza frente a un grupo de hombres. Se gritan. Se acercan. Se señalan con las manos extendidas y pistolas imaginarias. Jota me mira como diciendo “cualquier vaina te tiras al piso.” Otro grupo de hombres llega subiendo y bajando las manos, se colocan entre los contendientes, apaciguan los gestos. El hombre vuelve al Mazda y arranca la caravana. Al pasar frente al grupo, escuchamos desde la ventana “Nooo marico, tan grandote y tan cagao."

miércoles, 28 de abril de 2010

Sobre raíces y despedidas




Antes de sentarme en las escaleras del costado, me quedé un rato mirando la plaza desde el balcón norte. Veo la espalda de Bolívar. Está brillante, como de bicentenario.
La plaza está bonita. Amarradas a los árboles hay bromelias florecidas, todo es verde en las jardineras y entre las copas de los árboles hay telares tricolores. Si no fuera porque aún son negras, juraría que hasta cambiaron las ardillas.
Este modo contemplativo me pone melancólica. Es muy fácil, además, si estoy rodeada de personas tristes. Desde aquí arriba la plaza parece en tránsito, pero si acercamos el ojo a la tierra, siempre habrá hormigas dando vueltas en el mismo círculo.
Desde la izquierda llega la prédica de un pesimista muy mal informado. Creo que habla de los Mayas, del fin del mundo, del temor de Dios. Yo debo volver a la oficina y aún no estoy segura de cómo hacer eso a lo que vine.
El centro de Caracas tiene la particularidad de no ser común a todos los caraqueños. Yo lo conocí estando pequeña. Mi mamá le tenía cariño y me lo legó junto a esa bendita manera de caminar: rápida, cortante y paranoica. Sobre el hombro izquierdo suelo revisar si alguien me sigue. No estoy más de dos cuadras del mismo lado de la acera.
Así que hoy me cuesta aligerar la marcha y cambiar la estrategia. Voy a dejar un libro abandonado en este lugar y voy a querer llorar cuando lo haga. “Eres una emo”, me reprocho en voz alta cuando vuelvo a la oficina.
Sentada en la escalera tomo la foto para la reseña. Uno de los señores del banco contiguo me reconoce: no soy de los suyos, no voy a quedarme demasiado tiempo aquí. Sobre el hombro izquierdo reviso si aún me mira, aprovecho su descuido, coloco el libro debajo de mis rodillas y me despego del suelo. Paso la esquina caliente. Más allá de la plaza, la gente ve que hablo conmigo. Es una sensación terrible el desarraigo.


He aquí el cuento corto:
Me despedí de “La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile” de Gabriel García Márquez, el lunes 26 de abril al mediodía en la Plaza Bolívar de Caracas. No tuve el valor de quedarme a ver quién lo recogía. Espero que no haya sido el predicador.
Esta experiencia forma parte de Yo Leí Este Libro, un proyecto internacional que en Venezuela (http://www.yoleiestelibro-ve.blogspot.com) tiene como entusiasta propulsora a la siempreviva @LaPerfecta del blog GolosinaconVitaminas
Es emocionante la idea de sembrar libros con raíces portátiles. Esa conexión rara e intensa con nuestros libros hace especial el momento de dejarlos ir. Hay que vivirlo. Ojalá todas las veces que lo hagamos nos ocurra algo diferente, habrá que probar. Pruebe. Es terapéutico y es gratis.

jueves, 22 de abril de 2010

Lee esto, por favor

De unos meses para acá he utilizado mi Gmail con espíritu de agencia de noticias. Contenido chévere que consigo, contenido chévere que reenvío a mis amigos.

Enemiga de la filosofía del spam, he procurado que las listas de destinatarios sean siempre breves y distintas, completando mentalmente la frase "creo que le puede gustar a" basado en mi experiencia personal con ellos o en los datos que van dejando, como migajitas de Hansel, en sus redes.

Una de las preocupaciones recientes acerca de Internet es qué hacer con tanta información. El miedo es que en unos años -probablemente apenas unos meses- estemos tan infoxicados que nuestra capacidad para profundizar o abarcar temas, se vea seriamente comprometida.

Por ello comparto con ustedes este descubrimiento que para mí, como el agua tibia, ha sido revelador: el acto de recomendar un contenido debe ser personalísimo e intransferible. Como la cédula.

Recomendar un libro, un texto o un video, es rescatar eso que se perdió con las cadenas –todas ellas-: pensar en quien recibe como una persona, no como una masa informe, y hasta allí no llega un lector de feeds (Bloglines, Netvibes) o un marcador de contenidos (Delicious, Digg)

Por ejemplo, toma unos minutos en el timeline o el blog de @LaPerfecta darse cuenta que le gustan Los Beatles, los acentos y la barbas ralas, pero un seleccionador de contenido creado por un geniecillo informático de 16 años, probablemente le llene el correo con publicidad de barberías en Liverpool

Ser seleccionador personal de contenidos digitales podría convertirse en un oficio tan noble como el de librero*. Para nada lucrativo, porque el que le cobra a los amigos se arruina, pero muy satisfactorio.

Utilizando la manoseada metáfora del “mar de información”, la labor sería sumergirse más allá de los restos aceitosos y los peces deformes, para conseguir perlas. Aunque, debo decir, no todos los contenidos son una obra de Steinbeck o tienen propósitos de cambiar el mundo. Hace semanas, estuve rastreando éste videoclip del Leprechaun in the hood* sólo para enviarlo a mis amigos con un párrafo que contenía la frase “películas de Charly Sheen.” No tenía ningún sentido. Fue increíblemente divertido.

Cada cosa que envío genera una reacción distinta, es maravilloso. Además, mis contactos consentidos, también empiezan a enviarme links pensando en lo que me gustará o lo que podría serme útil. De a poco, confío, vamos creando una microred basada en la confianza, el cariño y la diversidad de gustos. Tiene mucho de observación, de detalles. Es un trabajo manual, sin límite de tiempo, sin presiones por agradar. Es alfarería de información y me encanta pensar que así será el futuro.

*seguramente alguno me dirá que ya en Taiwan lo han implementado con éxito, pero, les advertí que hablaríamos del agua tibia.

** Publicado en Twitter por @Reindertot

viernes, 19 de marzo de 2010

Una de Vallejo


Ésto hizo que me carcajeara de la risa en el metro y la gente se tomara la molestia de voltear a verme mal.


"A los loros para que suelten la lengua se les da vino de consagrar. Se vuelven locuaces y adquieren una gran facilidad de expresión. Se lo digo yo que tuve uno fantástico llamado Fausto. Su lugar predilecto era una parra que había en un muro del solar de mi casa. Verde él sobre el verde de la parra, se diría un pleonasmo. ¡Pero qué cosas decía! Erguía la cabecita, y agarrado con sus manos arrugadas como codo de vieja a una rama fuerte para no irse a caer, tomaba impulso y gritaba, con voz de tenor borracho: “¡Putas todas!” Era un animal inteligente, capaz de razonar a juzgar por el comentario que venía luego: “¡Todos hijoeputas!”



Vallejo, F. (1985) Los días azules. Editorial Alfaguara. Bogotá. P. 80

jueves, 25 de febrero de 2010

Los viajes


Todavía hay quienes se sorprenden de que no haya conocido a la estatua de la libertad en el viaje a Nueva York. Sepan que lo mío no son las estatuas, ni las iglesias, ni las vidrieras. Que si viajo es, sobre todo, para comprobar cómo me siento, cómo cambio en cada sitio donde voy.

“Conócete a ti mismo”, dicen. “Todas las veces”, agrego. Porque cambiamos, somos distintos cada vez. El movimiento nos gusta, nos entretiene, nos la pasamos en eso. Hay ciudades, por ejemplo, que no dejan de moverse y desde arriba parece que bailaran. Hay personas que se mueven siempre y nunca mueren.

De allí que me angustie tanto la paradoja que ha sido mi regreso: esta inamovilidad que no agradezco porque resulta que nadie puede acostumbrarse a lo estrecho, lo ajeno y lo incómodo cuando le perteneció, casi naturalmente, el pulso del mundo. Ése que puede estar en una ciudad o en un útlimo latido.

Nunca había visto a alguien morir pero se lo agradezco. Ella que me dio tanto, incluyéndote, me permitió estar allí para amarla. Atesoro lo que sentí para contártelo cuando ya no llore No fue sobrenatural, como un cuento de velorio que si la vi, la sentí, o la escuché. Fue más bien muy terrenal e intenso. Mientras, busco trascender las frases que nos envuelven, qué hay después de, somos polvo, la vida es un segundo, un momento se está y al otro no, resignación.

Esta experiencia indeleble habrá de transformarnos, qué suerte. El misterio del cómo quizá llegue una tarde de parque con un niño en brazos o la mañana de mañana o en la tercera sesión de una terapia. Puede que no llegue o que se disuelva en nosotros cambiándonos silenciosamente, porque ¿acaso podrías jurar que soy la misma de hace seis años?

Será un viaje largo, sin estatuas, ni vidrieras. Prometo estar atenta para comprobar cómo me siento, cómo cambio, el duelo es el sitio a donde voy. Después de eso podré decir “no lo he visto todo, pero vi morir” y eso, querido mío, en este mundo cruel, es una ventaja competitiva.


miércoles, 6 de enero de 2010

Los compromisos


Cuando la más mejor amiga* de la vida de una se compromete en matrimonio, se casa y se va a vivir a otra ciudad ocurren varias cosas. La primera es una alegría desbordante porque somos niñas y las bodas -con toda su parafernalia cursi, su carga kitsch, su reforzamiento de tradiciones absurdas y opresivas- nos pertenecen por genética social, son el palito de la X.

La segunda es una tristeza que te inunda hasta el lagrimal. Porque van a tener cada vez menos cosas en común, porque va a vivir a cuatro ´mostros` marinos de distancia, porque va a tener nuevas amigas, todas amas de casa desesperadas enfundadas en animal print, porque se acabaron los cafés de los jueves en Arábica, porque va a empezar a tomar whisky en lugar de ron, porque cuando tengas tus hijos los suyos van a ser mayores de edad. Pesadillas, pues.

Luego, cuando pasa la explosión de endorfinas y empiezas a precisar chocolate, el asunto comienza a aparecer con toda su complejidad ante tus ojos. No se trata de si casarse es bueno, malo, bonito o barato, esa es, al menos para mí, una discusión superada. Se trata de la palabra, que siempre es lo primero.

La palabra de uno, su "palabra de honor” abarca tanto de nuestra esencia, que no debería estar subestimada. La palabra se ha convertido en el coleto del mundo: “Nos vemos esta semana”, “Vamos a ver”, “Yo te llamo”, “Te envié un mensaje, seguro no te llegó”, “A las 5 en los torniquetes”, “Dale, nos tomamos un café”, “El lunes empiezo”.

Ante millones de micro promesas incumplidas a diario, algunos todavía se preguntan si lograremos los objetivos del milenio. En ese estado de palabras rotas no podemos sino sentir desconfianza, es el imperio del “No creo en nadie… porque nadie cree en mi”.

Entonces que dos personas se comprometan a algo, a formar una familia, a construir un edificio o criar abejas asesinas, más que un acto de fe -diría Borges sobre la colombianitud**- es la celebración de la palabra.

Por eso comprometerse con una pareja, con una idea, con un trabajo, con un plan me parece fascinante. Es obvio, lo sé, pero es algo que no hago. El miedo al compromiso no lo padecen sólo los que no pueden decir que si, sino los que no sabemos decir que no y vivimos comprometiéndonos de a mentiritas con todo.

Así que, en la tradición de los post de año nuevo de este blog, lo que más procuraré este 2010 será tomar en serio mis compromisos, pensar honestamente si deseo/puedo cumplirlos antes de asumirlos y hacerlo. Just do it. No debería ser tan difícil, ¿no? De esto se trata crecer.

*Tengo tres más mejores amigas de mi vida. Las amo por igual, así que los títulos exactos para cada una, sin un orden jerárquico específico son: “mi mejor amiga A”, “mi mejor amiga M” y “mi mejor amiga W”.

**Inventamos palabras a domicilio