jueves, 26 de febrero de 2009

El colmo de un blogger en Buenos Aires

Entré en esto de los blogs por un link que me envió un amigo al "mejor blog del mundo". Maldito genio el de Casciari y el de Antonio Gasalla, uno de los mejores actores de la Argentina, que pusieron frente a mis ojos (el primero en letras, el segundo en las tablas) la cotideanidad de su país con sus bemoles, clichés y -también- estereotipos, como un espejo del "ser latinoamericano": somos el mismo marico pero sin lentes.
El mejor regalo de este país hasta ahora: la escena en la que Mirta le reza al Diego y todo el Metropolitan se vuelve un nudo en la garganta. ¡Bravo!




lunes, 16 de febrero de 2009

Imágenes de ayer y visiones para mañana

Media hora antes del boletín oficial de resultados estuve en Catia. Pasé por Miraflores, subí por Lídice, El Manicomio y bajé hacia la Avenida Sucre. Parecía que los Leones del Caracas hubieran ganado la serie del Caribe mientras la vinotinto clasificaba para el mundial un 31 de diciembre. Mucha gente en la calle, feliz, eufórica. Celebraciones contagiosas. Mucho alcohol, también. Niños y familias completas en la calle. Muchas puertas abiertas. Es impresionante cómo barrio adentro en esas circunstancias, uno (yo) se siente como en su casa.

En el elevado de Los Flores, sobre la autopista hacia Vargas, iba una mujer vestida de negro con unos botines blancos. Como un espectro atemporal, sola entre tanta noche parecía un desafío, tanto a la inseguridad, como a los enemigos de la bandera que llevaba en su derecha: roja sin ninguna pinta. Era, toda ella, un símbolo de la revolución, ésa que no es exclusiva del chavismo y que cada vez le pertenece menos. Èsa, la de la gente que se sabe libre.

Mis amigos chavistas celebraron en Miraflores cerca de una de las pocas calles donde podían pasar los carros. Un chamo de oposición, me cuentan, visiblemente contrariado por la derrota y el colmo de verse rodeado del triunfo ajeno recibió desde su vehículo el único bálsamo posible en semejante situación “Pana, no te preocupes, esto es democracia. Sigue intentándolo”.

Claro que los intentos, a la luz de los abusos de quienes han asumido el ejercicio del poder como una extensión de los vicios de “la cuarta”, parecen una causa perdida. Anoche, los voceros de la oposición asumieron como suya la lucha contra el abuso de los recursos del Estado pero ellos, honestamente, poco podrán hacer a parte de promover leyes para dejar de tener elecciones normadas por reglamentos o quizá obtener, vía AN, una representación en el CNE que penalice a sus contrarios. Entonces el problema seguirá como hasta ahora, sólo que con una falsa ilusión del cumplimiento del deber.

Desde la campaña del 2006 comencé a tener la impresión de que la utilización de la plataforma pública (dinero, transporte, recursos materiales y humanos) a favor de una parcialidad política, respondía menos a una instrucción expresa del “jefe” y más a ese “jalabolismo endógeno” que nos carcome la dignidad. Porque el genio que inventó usar franelas rojas los viernes ministeriales “para identificar”, el hdp que amenazó a la señora con que se iba a conocer su voto, o todos los que utilizaron alguna vez (al derecho y al revés) la Lista Tascón merecen una temporadita con el Fürer en algún rincón del infierno. Porque eso no se hace. No importa quienes lo hayan hecho antes, o justamente por eso: no-se-hace.

A este tipo de aberraciones nos conduce la poca claridad política y la vorágine electoral. Quince (¡15!) elecciones en diez años nos dejan experticia y experiencia democrática (sistemas automatizados, confiabilidad en los resultados y porcentajes mínimos de abstención) pero también la idea del TRIUUUNFO, de la VICTOOOORIA, en mayúsculas y a boca de jarro, como un fin en sí mismo. Si no me creen, revisen los discursos de hoy, nadie analiza la jornada, todos intentan lucir como ganadores, hacerse del puesto olímpico. Parece que ganar las elecciones es mejor que el sexo, mejor que tener un hijo, es la droga nacional.

En ese estado de euforia los límites se desdibujan. Nadie sabe quién pagó por la camisa proselitista que lleva o si es correcto usar un vehículo oficial en una caravana partidista.

Desde el Presidente hasta “ésta que está aquí”, los funcionarios públicos tenemos derechos que nos son respetados plenamente: expresar nuestra opinión y organizarnos políticamente, siempre que no aprovechemos el pedacito de situado constitucional que se invierte en nosotros para favorecer a una opción. Por esa razón nadie puede prohibirle a Chávez que como presidente del PSUV se dirija a sus partidarios en un mitin, pero sí que lo haga en cadena nacional, por poner el ejemplo más fácil.

La responsabilidad queda entonces en las manos y las conciencias de todos los que trabajamos para el Estado, pero eso no se decreta ni se legisla. Reivindicar la función pública con el orgullo de trabajar para el país es ir en contra del estereotipo de que somos una rémora del fisco o unos profesionales de segunda categoría, es no ser parte de lo irregular y sì de lo extraordinario. Esa es la tarea de todos los días y a veces uno solamente reza para que no se le olvide.

La “decencia endógena” es un estado de revolución permanente, una actitud ante la vida, como la de la tipa que lleva orgullosa una bandera de ningún partido y por eso es libre, por eso nadie la toca, por eso en cualquier lugar, se siente como en su casa.