miércoles, 4 de noviembre de 2009

La lengua de las mariposas

Si no ha visto la película, vaya y vuelva. O lea y vaya.

Al ver correr las lágrimas en la última escena habría que preguntarse de dónde provienen, porque sentirse identificado con esa película es, cuando menos, un peligro.

No tiene que ver con la familiaridad que despierta Moncho o la sensibilidad casi platónica de Don Gregorio, porque reconocerse en esos personajes podría producir cierta candidez, un edulcorado bienestar en este mundo árido. Quizá tenga más sentido buscar los puntos en común con nuestra historia en la época en la que se desarrollan los hechos: al borde de una guerra civil de la que nadie se ha entera, hasta que se ven arrastrados por su ira.

En vista de que la realidad suele ser democrática con las desgracias, las posibilidades de vernos interpretando algún papel en una historia de miedo son las mismas que de ganarnos el premio máximo de la lotería -"Hoy te puede tocar a ti"- por eso lloramos.

***

La película ejemplifica el peligro que representa ser uno mismo en una sociedad que no está dispuesta a tolerarlo.

El maestro, buena gente, buen maestro, hombre intachable, de principios, republicano, liberal, medio anarquista, es para el franquismo no sólo una ficha prescindible, sino molesta. Merece morir de la mano de los suyos por pensar diferente. Por eso, quienes siempre aspiramos a pensar diferente, lloramos.

El chico, extrovertido, curioso, agudo, vivaz, es el objeto preciado de una ideología fundamentada en el pathos y en los miedos, en esa caja de Pandora que traemos los humanos al nacer y que cuando se abre, nos produce lágrimas.

***

En los pueblos, como éste de Galicia que nos convoca, nada escapa de la vox populi y por ende, de los peligros de la masa. La plaza del pueblo, el carnaval, la salida de la misa, la tasca, la escuela, son el ágora griega que te aplaude y luego te condena a la cicuta.

Para que no haya dudas de las implicaciones de la opinión pública en tiempos de guerra, es material sospechoso tanto lo que se dice como lo que se calla. Esa esclavitud de las ideas te condena al silencio o al escarnio de la multitud, que estando asustada e indefensa puede terminar engulléndose a si misma.

Ese es uno de los peligros que encarnan las mayorías. Presas de sus propios prejuicios arremeten contra todo a su paso. "El rojo, el anarquista, el republicano", "El escuálido, el pitiyankee", el oligarca", los epítetos contra el maestro en la última escena dejan desnudos los juicios más profundos de una sociedad dividida en su génesis, enfrentada con su espejo. Siempre habrá algún "otro" en quién expiar nuestras culpas. Alguien en quién depositar nuestros rencores, alguien que cuando nos detenemos a mirar por lo general no es tan distinto a nosotros.


2 comentarios:

Pablo dijo...

Vi esta película hace tanto tiempo, que se me había olvidado que la había visto...

...pero la recuerdo.

Recuerdo las lágrimas en la última escena y recuerdo la confusión que mis ojos (que eran entonces un poco más inocentes que hoy)sintieron al verla.

Gracias por escribir sobre ella.

Nina dijo...

Gracias a ti, porque eres lindo y te quiero.