martes, 31 de marzo de 2009

La ciudad oráculo


Buenos Aires me sorprendió llorándola en un balcón.
Debe ser porque desprecio a los depresivos automáticos y a la gente acontecida* que algún dios me castigó.
Debe ser porque Sábato Antes del Fin es un dardo que sientes en el área del estómago a la cual te abrazas cuando hace mucho frío o mucho dolor.
Debe ser que vas a Buenos Aires a comprar toda la ciudad que está en Sale a final del verano; a aprovechar la sangre latina en un boliche, dejar que te inviten un trago, dos, tres, probar la vida wild on mientras queden veintes y cuerpito de veintes; tomarte millones de fotos -genéricas- turísticas para envolver el viaje en un hálito fascinante de esplendor. ¿Cómo te fue, qué viste, qué te compraste, qué me trajiste? No vas a Buenos Aires a llorar sino a viviiiir, lo cual no incluye ¡por supuesto! el desborde de las desdichas.
Si tiene algo roto por dentro escoja otra ciudad para darse cuenta, colabore con el turismo, cómpreme una artesanía, pero no me llore en el balcón, no sea desconsiderada.

El penúltimo día de estadía a once pisos del suelo, con una vista completamente prescindible de la megalópolis, me enteré de lo que no quiero para mi vida.
A otros amigos y familiares con mejor suerte, Buenos Aires les había regalado el descubrimiento de una vocación, el reencuentro con un don o una visión optimista de su futuro.
- Llegué con ganas de enamorarme como en una película francesa –me dijo uno, y se le cumplió dulce, enhorabuena, como lo merecía.

Es que hay un influjo liberador de sueños en esa ciudad, donde hasta las pesadillas son una postal del mañana. Notitas que te dejas para cuando vuelvas a buscar lo que extraviaste:

Si estás cerca del Río de la Plata,
en el muelle de la Costanera Sur, digamos,

puede ser que te trague el mar dulce,
sin nada de olas, sin que te des cuenta, de pura melancolía.





*Los primeros tienen como epígrafe de su existencia alguna frase de Dante y a los segundos no les puedes preguntar ¿cómo estás?

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