jueves, 26 de junio de 2008

Apuntes de un drama adolescente

Hay fotos de fotos. La que me acaban de enviar parece una promesa. Es una foto vieja, viejísima de grupo. Son los 15 años de Gene, la niña vestida de princesa que cargan los muchachos al centro de la foto, todos ellos van formales. Nosotras de gala, lindísimas. Todos parecemos felices, definitivamente la pasamos bien. Fue un buen día.

Los recuerdos dicen que éramos muchos, demasiados y andábamos juntos, siempre, para todas partes como una célula de gente en edad escolar con problemas para manejar sus hormonas y emociones; sobredimensionar las situaciones; arrebatarnos de alegría; llorar con desesperación, amar y odiar hasta el paroxismo y vivir con intensidad.

Con una agotadora intensidad, hay que decir, porque después de que todo terminó, cuando La Patota, como nos llamaban, no fue más, desarrollé una fobia terrible a los grupos grandes donde todos son amigos y se llaman tres veces por semana. Era casi un delirio de persecución. Era miedo, sobre todo, a una reedición de mi Dawson´s Creeks de quinceañera cuando todos hablábamos a la vez, reíamos a la vez y llorábamos (las niñas al menos) como si la vida se nos fuera a acabar apenas dejara de llover.

De esa época eran las fiestas en casa de mi papipapi*, los desfiles militares de los muchachos, los sábados de confirmación, el transporte, las caminatas por La Concordia y San Juan, los problemas con las lame, los primeros besos y las heridas, porque también nos hicimos daño y luego que nos volvimos un delta mirando al mar, olvidamos pedir perdón.

Pero esta no es la oportunidad. El Facebook da para todo, pero no para eso. Ya no hay tiempo de ficcionar un “qué hubiera pasado si” e inventarnos otra historia. A lo sumo volver a conocernos, tan distintos ahora después de tantísimo tiempo, pero cualquier intento de rescate sería una burla, una afrenta, una hipocresía, porque el encanto de los naufragios es su ruina, están allí para añorarlos por irreales. Porque lo que fue ya no es y allí hay belleza.

Por eso todos los reencuentros están destinados al fracaso, porque los reencuentros son la realidad y yo prefiero recordarlos como en la foto, como una promesa.

*El único hombre en el mundo, aparte de mi progenitor, al que le digo “papi” en honor a todas las parejas cursis de “papis” y “mamis” que pululaban a nuestro alrededor. Te quiero OS.