viernes, 25 de enero de 2008

Echar raíces

En nuestro empeño de demolerlo todo, diría Cabrujas, los caraqueños nos llevamos sorpresas que quitan el aliento. Detrás de los puestos de buhoneros en Capitolio, derrumbados hace poco, estaba ésto:



Escombros de los puestos de buhoneros desalojados. Capitolio.


miércoles, 16 de enero de 2008

Amistías

Por culpa de un tropiezo en la salud de un miembro de la familia, ha llegado a la capital una legión de mujeres llaneras con la sabiduría prendida en los ojos y las manos. Las tías se hospedan en mi casa y me levantan antes de las seis de la mañana con el aroma a café recién colado, como si Dios me hubiera regalado la reedición diaria de un buen sueño. Llevo una semana desayunando guarapo, buscando en cada sorbo el sabor extraviado del café que mi mamá preparó todas las mañanas mientras le duró la vida.

Las tías se adueñaron de la casa con autoridad de matronas diligentes. Prepararon almuerzos en una cocina amnésica de sabores y olores, llenaron la nevera, removieron el estante de las especies y me reencauzaron, en pocos días, en una senda de mejores costumbres: al menos he retomado el hábito de tender la cama antes de salir.

Hablan cantadito y duro. Dicharacheras, amables, jodedoras, alegres a pesar de los tantos años, mis tías son un encanto de gente. Están empeñadas en enseñarme a cocinar, pero no logro atraparles la sazón que ha cultivado en fogones repletos de historias viendo pasar una generación tras otra desde antes que el mundo fuera mundo.

En las palmas de las manos llevan escritas las medidas de la sal, el azúcar, el café y todos los sabores de la tierra. Me tiene fascinada ese candor con el que aún ven la vida y, a la vez, el temple con que la enfrentan. Criadas llanos adentro, tienen el carácter de las potras zainas, la dulzura de las abuelas eternas y la paciencia de los atardeceres del llano cuando el sol de los venados hace palpitar las pupilas.

Quizá obnubilada de tanta compañía he comenzado a tener visiones sobre mi futuro. Por primera vez me vi anciana, lejos de todo el ruido que tengo planeado para mi vida, en una casa de puertas eternamente abiertas, llena de familia, con corredores donde guindar hamacas para ver pasar las tres de la tarde, tomando café a cualquier hora, con un esposo arrugadito y achacoso que me diga “viejita” y nietos vivaces para consentir hasta la malcriadez. Envejecí en una novela de Gallegos y no estuvo mal, al menos es preferible a una desgarradora ancianidad de Roth.

El caso es que sigo viva después de la visión del inminente deterioro físico que me regalará la muerte si decide pasar de largo, pero ha nacido una nueva preocupación: no puedo ser una abuela mediocre, al menos tengo que aprender a cocinar.

miércoles, 2 de enero de 2008

Los cambios

Todos los horóscopos lo dicen: a los Tauro no les gusta cambiar. Es cierto, no me gusta. Me fastidia, me pone tensa y nerviosa, me descontrola y si hay algo que me gusta menos que cambiar es perder el control. Obsesiva, controladora, aferrada a la seguridad, anclada en la tierra, Tauro pues.

Para mi vida, prefiero la armonía de las cosas que permanecen y se transforman de acuerdo a su devenir natural. Lo que fluye. Lo que inicia y concluye porque así ha de ser. No me opongo a los procesos, ni a los progresos, ni interfiero en los cursos de las corrientes. Me gustan los resultados de un asunto cambiante, aplaudo el después. Como ven, me gustan los cambios, lo que no tolero es cambiar, las transiciones, los momentos cumbres, las etapas finales, los seis meses de reconversión, los días de espera porque todo vuelva a su cauce: interesantes y emocionantes para los demás; desastrosos y angustiantes para una buena Tauro.

Por eso mis cambios son ran plan, un pestañeo, un aleteo de colibrí, zuaz, de golpe y de porrazo también, porque las cosas abruptas duelen un mundo. Cuando tenía cuatro años aún era adicta al chupón, un día después que mi cuñado me augurara una vida sin novio por la deformación dental caminé resuelta hasta los pipotes de basura y nunca más supe del asunto. (Si, además, irremediablemente vanidosa.) A los nueve, por ejemplo, regalé toda mi colección de Barbie´s en un arranque de “madurez” preadolescente. Y así sucede todavía.

“Todos los días es una oportunidad para cambiar” es una máxima de la autoayuda, yo prefiero “cambiarlo todo en un día”, ésa es mi declaración de principios.

Por eso los rituales de fin de año de remover recuerdos, botar inservibles, regalar ropa, limpiar a fondo (casa y alma) y tomar resoluciones me son tan comunes y habituales. El instante en que todo cambia es liberador y reconfortante. Por algo la tierra se quema antes de sembrar. Ortodoxo pero eficaz.

Así que este año mi deseo para todos es que tomemos algo que queramos cambiar, una sola cosa y la cambiemos, a nuestro modo, como estemos acostumbrados, como nos haga sentir mejor pero cambiemos. Aunque duela, moleste o fastidie: cambiemos.

Desde aquí lo hacemos a mandarriazos, si tiene mejores alternativas, deje un comentario…

Feliz Año 2008