sábado, 3 de noviembre de 2007

¿Puedes sentir?

Existe una creencia difundida como certeza, de que son los rasgos de inteligencia lo que nos separa de otros seres vivos. Sin embargo, siempre he pensado que hay algo más, muy dentro de nosotros que nos permite ser humanos, que no es poca cosa.

Los más fervorosos dirán que se trata del alma, el espíritu. A mi se me parece más a un nudito diminuto en la boca del estómago. Allí donde se siente el amor y el miedo.

Será por eso que nuestras mejores decisiones las tomamos desde los sentimientos. No son las más sesudas, ni convenientes y casi siempre nos traen problemas, pero son las mejores porque nos salvan en nuestras noches de silencio.

En estos días, como otros, en los que el país se nos enmaraña en el ombligo, más que llamar a la calma y a la cordura o a la acción y la lucha, prefiero recordar (nos) que hay un camino. Es una senda dibujada a la medida de nuestras mejores esperanzas.

Les cuento cómo imagino el mío: naranja cálido como el sol de las cinco de la tarde pero con más frío que calor, hay mucha tierra húmeda para jugar, de pronto huele a café y suenan las voces que más amo en el mundo. Puede parecer, a veces, un pueblo fantasma, porque no es bonito, no debe serlo, es el camino que me trajo desde la niñez, la conexión con lo mejor y lo peor de mí.

Allá habrá que ir a plantarse… a sentir. Nada más que a sentir. Sin dejarse llevar por emociones transitorias. Una emoción, no es un sentimiento. No es lo mismo un pálpito que una premonición, ni la rabia es odio, ni el frenesí es amor. Estoy casi segura de que sólo sé sentir en ese lugar, y cada vez siento menos.

Entonces habrá que desconectarse de todo, como cuando besamos. Reconectarnos con el tacto y nuestros lenguajes escondidos. Buscar el nudo. Volver a lo que se nos olvidó.

Porque son tan malas las horas en las que tenemos que decidir con el bramido del poder en la nuca, aprovechándose de nuestras emociones, aturdiéndonos los sentimientos, que nadie es culpable de lo que todos no hacemos.