lunes, 27 de agosto de 2007

El gen inoculable


Hablar de los hombres es uno de los pasatiempos favoritos de las mujeres. Quejarnos de ellos, en especial, ha motivado un sinnúmero de reuniones femeninas de corte inquisitorial, donde se dictan sentencias, ruedan cabezas, voluntades y, en definitiva, todas las mejores virtudes del ser en cuestión, porque es inapropiado defenderlo cuando la nota es demostrar la supremacía de nuestra desgracia personal.

Justo en uno de esos aquelarres, una amiga disparó: “Nina, tu me vas a disculpar, el problema es que tu relación no va para ningún lado. ¿Tanto tiempo juntos y no te ha propuesto matrimonio?” ¡Coño! Y yo que vine a quejarme porque el hombre no es detallista.

De pronto me imaginé llegando de la luna de miel, pensando al borde de la cama ¿y ahora qué?; teniendo niñitos para matar el tiempo o consolidar el matrimonio hasta que llegue la sentencia de divorcio porque “esto, ahora sí, no va para ningún lado.”

Lo primero que comprobé es que el “tu me vas a disculpar” por lo general antecede a una cosa imperdonable. Luego, que no hay evangelización posible contra ese gen social de matrimoniarse a como de lugar y como única opción cuando se cumple cierta edad, cierto tiempo de noviazgo, necesitas un “rumbo” para la relación o quieres huir del yugo familiar.

No creo que existan momentos o motivos correctos e incorrectos para casarse y aunque debe ser rico hablar de “mi esposo esto” o “mi esposo lo otro”, les puedo jurar que no hay nada de exótico en la economía del hogar y en las colas para pagar servicios a final de mes.

Pero como el pez muere con la boca lastimada y los ojos abiertos, sólo atinaré a repetir un consejo ajeno: toda mujer debería tener una lista de cosas por hacer antes de casarse. Después de ese tortazo y antes de que me alcance el destino, he comenzado a escribir la mía.

Y un consejo propio: de vez en cuando hay que sacar a pasear a la Susanita interna, llevarla a ver vidrieras, comprarle revistas para novias, mantenerla ocupada, contenta y a raya, no vaya a ser que, de tan aburrida en la máquina de coser, se le ocurra planear una escena en la que le digamos al pobre hombre: “Chico, como esto no va para ningún lado… ¿tu te quieres casar conmigo?”



miércoles, 22 de agosto de 2007

Perfil de oficina


A las muchachas

Para empezar, no hay una sola foto del presidente en las limpias paredes, no sólo porque creemos y defendemos la autonomía de los poderes públicos, sino porque Hugo como hombre tres puntos suspensivos.

La oficina tiene un año funcionando y a éstas alturas sólo quedamos mujeres. Además, padeciendo lo que mi jefa llama el “síndrome de las dejadas”. El primero terminó su asesoría en diciembre y se fue para no volver jamás. A veces lo encontramos, o lo imaginamos, controlando alguna tragedia del transporte subterráneo con su sonrisa fácil y esa mirada tranquila incapaz de sucumbir a la ira. El segundo se ha ausentado por motivos de salud y aunque confiamos en su pronta recuperación, su jubilación se lo llevará de vacaciones por el Caribe antes de que nos demos cuenta. El tercero, ingrato y rastrero, se dejó comprar por las ansias de fama y fortuna. Nos hizo creer que iba a cambiar el mundo con algún proyecto altruista, pero lo descubrimos jimando agave en una hacienda tequilera, montando escenitas de celos dignos de una telenovelucha mexicana de pésima calaña y peor guión.

Pero seguimos en pie, porque nos gusta lo que hacemos y pensamos que para algo debe servir. Llevamos a cuestas una herramienta informática de trabajo que debería facilitarnos las cosas sin generarnos estrés laboral, dolores musculares y tensión arterial. Pero el Radar, así se llama, es un ser vivo que si pudiera hablar se burlaría de nosotras.

Fuera de eso, todo está mejor que bien. Estamos en un edificio antiguo en una de las zonas más seguras de centro de Caracas, cerquita de la Plaza Bolívar con vista en picado al Palacio Federal Legislativo, que nos ha regalado en las horas extras atardeceres estelares, ruidos de paraulatas y espectáculos históricos como ver, a eso de las cuatro de la tarde, a los asistentes de los diputados cargados de Sunday´s y Mc.Flurry´s.

Con el tiempo nos hemos hecho adictas a la información, la política y la ironía. Indivisibles estas tres, hemos perfeccionado nuestras lenguas viperinas para no perdonar a nadie. Si usted ofrece una declaración pública, tenga por seguro que lo vamos a saber, le vamos a averiguar la vida, cuándo y por qué estuvo de qué lado, además de las intenciones explícitas y ocultas de todo lo que está diciendo. También sabemos predecir el futuro político del país, equivocándonos mucho menos que Hermes Ramírez. Sin apartar la modestia, somos un as en eso de leer e interpretar escenarios y declaraciones. Lástima que no sirva para nada.

No todas somos amigas pero nos caemos lo suficientemente bien para que la oficina camine, el trabajo salga y las reuniones sean concisas y productivas con saldo de heridas igual a cero. Eso, en un ambiente sobrecargado de estrógenos, hiperexpuesto a los medios, rodeado de televisores encendidos, con ciclos menstruales acoplados o arrollado por mercurio retrógrado es más que suficiente.

Nos encanta hablar a la vez, recordar canciones viejas, el karaoke, el café, hablar con acentos, hablar de los hombres, planificar salidas, mirar vestidos y notas de farándula en la web, aprender canciones nuevas, el reggaetón, la salsa vieja, los caballos, Dudamel –peroyanotantoporquetienejoroba-, el Feng Shui y el canal cuarenta y siete. Hemos coincidido en el gusto por el Merlot, que las ruedas de prensa del ministro Carroña son, de lejos, el peor programa de la televisión venezolana, que somos absolutamente insoportables al menos 30 minutos por día y que fuimos afortunadas de aterrizar en esta oficina, creativa por obligación, tan sui géneris que hasta se puede ir en pijamas desatendiendo el patrón de la mujer ejecutiva, siempre y cuando el trabajo esté impecable a la hora prevista, porque existe la sospecha de que para algo debe servir.

jueves, 9 de agosto de 2007

Dolor

Apenas abrí los ojos pasó maldito dolor de cabeza que no tiene explicación ni causa aparente es imposible remontar la suerte de un día con un yunque aprisionado contra cada sien no quiero hacer nada tengo el humor carcomido y me siento incapaz de escribir dos líneas coherentes es probable que haya sido por despegarme de la almohada sin desperezarme o por saltarme el café madrugador pero estoy casi segura que fue porque la alarma del despertador se activó con una canción de Samir Bazzi ahora sólo tengo ganas de irme a morir a mi cama mientras Caracas se hunde y flota en su propia inmundicia y que el cielo se caiga junto con el avión de Lula mientras yo pago ochocientos mil dólares libres de impuesto por una tableta de ibuprofeno.

domingo, 5 de agosto de 2007

Uno prestado

Tan bonito y oportuno que provoca memorizarlo, adoptarlo como biografía y contárselo bajito a quien hace rato le debo un susurro...


NIÑA

La niña que hay en mí te ama.
Ama tu corazón tranquilo,
ama tu alma, de niño también.
En esta límpida región nos hemos encontrado:
de agua, de cristal, de tesoros escondidos.
Juntos subimos a la buhardilla de mi casa
y descubrimos una telaraña de hilos de oro.
Bajamos al patio y cosechamos higos maduros
dulces como tus besos.

La niña que hay en mí te busca
para contarnos cuentos infinitos
y jugar a la rayuela,
para caminar por los bosques
olorosos de tiernas maderas
y recoger insectos de brillantes alas.

La niña que hay en mí te quiere
para que reclines tu cabeza en mi pecho
y llores porque la maestra
se portó injusta contigo
y el deber te aburre tanto.

La niña que hay en mí te adora
como la sencilla flor de ñáchag
que se abre al sol que la besa;
como el arroyuelo que salta sin detenerse
y abraza los juncos de ambas orillas:
como la torcaza, la quinde,
la mirla de alas de carbunclo
necesitan del profundo
aliento del aire.


Natasha Salguero (Ecuador)