miércoles, 25 de julio de 2007

Barreto

El libro reposa en mi biblioteca desde hace meses. Reposar es el verbo correcto porque no se ha movido de su lugar en tanto tiempo que estoy empezando a pensar que nació muerto, a diferencia de otros libracos con vida propia. Apenas le acabo de dedicar una mirada para transcribir a continuación el título: “Crítica de la razón mediática. Ensayos sobre biopolítica y potencia política del cuerpo. Pre-textos para un debate sobre el socialismo” ¿Díganme si la “potencia política del cuerpo” no es materia para blogs, post, conversatorios académicos y sesiones interminables de joda y mamadera de gallo?

Yo, vaya que soy ignorante, he dejado reposar las 687 páginas de la tesis doctoral de Juan Barreto, juro que sin un ápice de mala intención. La política de democratización del conocimiento debería pasar por una traducción de los pergaminos encriptados, ilegibles e indescifrables que pueden llegar a ser ciertos textos académicos, para que entonces, y sólo entonces, mortales de comprensión lectora promedio (Dios santísimo, en realidad soy ignorante) podamos acceder a esos tejemanejes teóricos, paradigmáticos y epistemológicos que tanta falta hacen cuando, como en mi caso, debemos encarar por alguna razón laboral a seres que han dedicado la mitad de su vida a descifrar ese tipo de textos y la otra mitad a escribirlos.

Ha sido, insisto, una falta grave por deliberada pero carente de toda saña, porque a final de cuentas, intuye uno que alguna cosa interesante debe saber y querer decir este señor para culminar con éxitos y publicar una tesis calificada con veinte puntos, porque no debemos obviar que la ficha del autor está plagada de referencias a sus calificaciones y menciones académicas, para que no quede dudas de a quién estamos leyendo. Eso es plausible, como no. Hay que reconocer los esfuerzos y méritos del prójimo, mucho más cuando es paisano. Nadie le anda diciendo a Johan Santana “echón arrogante” sólo porque es público y notorio que tiene doble Cy Young.

Así que a los abogados su Lic., a los doctores su Doc., a Santana nuestros mejores deseos y a los alcaldes su mentada de madre, por supuesto. Allí, en ese destino, parece que no valen los doctorados. Y cuando hablo de mentar la madre no quiero, ni por error, referirme al incidente del Estadio Universitario en el juego Uruguay-México, en el que un Doctor Honoris Causa perdió los estribos porque a nadie le gusta que se metan con la madre de uno, sino a la mentadita reglamentaria que, entre dientes o bien pronunciada, dejamos libre ante la tronera de hueco que no han terminado de reparar, la basura que llevan meses sin recoger, el relámpago con piernas que te arrebató la cartera sin tener la consideración de dejarte la cédula ante la mirada espabilada de funcionarios policiales, o el “coñísimo de su madre” tan sabroso que sale del segundo cuadrante del pulmón cuando uno lee cosas como estas:


Si vamos un poco más allá de la primera deducción derivada de la frase, que vendría a ser: “estos coños no han hecho nada del 98 para acá” podríamos ser más temerarios (por obvios y nada originales) al afirmar que “en el 98 estábamos rejodidos y no nos habíamos dado cuenta.” Además, justo cuando uno está esperando la explicación de por qué eso no es “tan malo” el último Alcalde Mayor de la historia reciente desatina al decir: “sólo que en la actualidad los medios de comunicación exageran su incidencia y se cartelizan para magnificar el fenómeno.” ¡Vaya, sí que le parecemos ignorantes!

Sin embargo, hay que darle al Alcalde el beneficio de la duda, no sólo porque lo leí en Globovisión.com, sino porque uno no entiende como “veinte cursos post doctorales aprobados” conlleven, como un ferrocarril descarrilado, a semejante conclusión. Es preciso, como en cualquier investigación bien documentada, que no se vayan sin conocer el contexto: “ciudades como Santo Domingo o Ciudad de México –afirma el Alcalde- son muy inseguras, pero los medios no cabalgan sobre este problema.” Bravo, muchachón. Eso sí que reconforta: estamos jodidos, pero no solos. 20 puntos, 20 puntos, 20 puntos…

sábado, 21 de julio de 2007

Harry Potter: Speak Spanish


Otra vez, y como siempre, cuatrocientos millones de hispanoparlantes no fuimos suficientes.

Comprar un libro siempre es un acto de fe. No importa si luego, como yo, alimenta la torre de títulos pendientes y sus propias frustraciones personales por no tener tiempo suficiente para devorar cientos de páginas con olor a nuevo. La sola apuesta, el fascinante trueque de esperanzas (y billetes) por mundos e historias, reales o imaginarios, bien valen las penas, los embarques, el ahorro y las esperas. Sobre todo las esperas.

Los millones de fans de Harry Potter* que pensamos, soñamos, hablamos y escribimos en español pasaremos seis meses huyendo de adelantos, reseñas y cualquier mención al último libro del mago de gafas redondas y cicatriz de rayo, si queremos disfrutar el último capítulo en el idioma de la tierra que amamos. Siempre sucede. Los lanzamientos “mundiales” de la saga son en lengua anglo. En ésta, nuestra “República Bananera” sabemos esperar.

A ver, no se trata de una cruzada por otra causa perdida, ni una queja neohippie y antimperialista. Fuera de ciertas aplicaciones del spanglish en el habla común Caribe que molestan como una caries en el nervio: helooo, fine, nice, hot, fuck, to much, oh my good, rules, talk to he hand y demás mariconerías que hemos sabido asimilar en nuestra jerga diaria, no tengo nada contra el inglés.

Esto es una queja fundada en mi fe. En mis apuestas y esperanzas. Porque me gusta mucho más comprar libros que zapatos, que en mi caso es decir bastante, y un día feliz podría ser que nadie me moleste mientras leo algún ejemplar adictivo. Son momentos sagrados, y no creo exagerar, esos con nuestros libros amados. Pactos irrenunciables de fidelidad. “Juramentos inquebrantables” para hablar en términos harrypotterianos, si cabe la expresión. Por eso, prestar un libro es una maravillosa muestra de afecto y confianza. Regalarlo y dedicarlo ni se diga.

Hoy tuve la dicha de comprar uno de los libros que más he deseado en los últimos meses. No compré el séptimo de Harry Potter, en su idioma original, como lo hicieron millones de personas en el mundo. Aún no puedo creer que ni siquiera por tratarse del último de la saga hubiera algún esfuerzo editorial mancomunado para hacer un verdadero lanzamiento “mundial” en varios idiomas. ¿Estoy pidiendo demasiado? Sufro de ese mal.

Para alegría de mi padre que menosprecia las aventuras del acontecido mago, mi ejemplar de “Che Guevara: Una vida revolucionaria” de Jon Lee Anderson, gringo enamorado de nuestro continente, reportero insigne, maestro de semblanzas, se une a mi lista de tesoros de papel, junto a esa edición especial de Rayuela que acertaron regalarme por mi último cumpleaños o a “El País según Cabrujas” que encontré en un recóndito tarantín de alguna feria del libro por el insólito precio de veinte mil bolívares. Hoy aumenta mi ruma de libros por leer, toca esperar hasta enero del 2008 cuando llegue Harry. Porque como diría el gran Blades: en esta playa sólo se habla español.

* Declaración: Amo a Harry Potter, con pasión y locura, como diría la Niña del Bigote. Puede que algunos lo consideren una afrenta contra la intelectualidad, el libre pensamiento, la autonomía universitaria, la libertad de expresión o demás barbaridades pero eso, en realidad, no importa.

martes, 3 de julio de 2007

Brevísimo

Respira por la nariz y bota por la boca. Inhala. Sssnnn. Suspira. Inhala. Trágate el aire y el polvo, la sal y la tierra, tu formol, tu ceniza.

Que no quede nada.

Ni piedra sobre piedra. Ni polvo sobre línea, ni hierba bajo humo, ni ojo sobre cuenca.