domingo, 29 de abril de 2007

Un pastichito para el domingo

Luego de un riguroso proceso de selección, casting y prueba de talento, fui invitada a participar en la preparación de un pasticho a varias manos: http://elpasticho.blogspot.com es el nombre de la criatura, por allí estaremos dejando perlas de ocio, de esas que tanto se esparcen por la red, y mucho de uno mismo por aquello de que cada texto es una amalgama de jirones de nuestra realidad o irrealidad, sueños o vidas pasadas y un enorme limbo donde se nos ocurren cosas que no sabemos de dónde vinieron.
Con ustedes, El Pasticho de gente maravillosa que he tenido la suerte de conocer y mi primer texto como chef. Buen provecho.

lunes, 23 de abril de 2007

Querida Maribel Anders:

Querida Maribel Anders:

Somos fieles lectoras de tu columna diaria sobre sexualidad en ese bodrio titulado El Nuevo País. Nos has enseñado que al cuerpo hay que darle lo que pida, el valor de la sinceridad en las parejas, que existen quienes prefieren a los animales y a los objetos (allá cada quién con su perversión) y estás a punto de convencernos que el tamaño no importa. La lectura de tu columna es parte de nuestra rutina diaria.
Creemos firmemente que eres lo mejor de la nómina de los Poleo. Sin embargo, nos inquieta profundamente tu verdadera identidad. Tememos que todo sea una trampa y que detrás de tu seudónimo y tus sabios consejos se esconda Patricia Poleo en rollete, con unas lycras fucsias y alguna mueca depravada. O peor: Rafael poleo en la misma facha.
Sospechamos que conoces el paradero de Carlos Ortega porque le has seguido la pista a sus travesuras sexuales con tus contactos en los bajos mundos y que estás al tanto de la red de videos caseros que armó con Lapi para impulsar la relegitimación de AD como partido político.
Te pedimos (rogamos) nos envíes una prueba de vida o nos concedas una cita para escribirte un perfil. Sabemos que es pedir demasiado, pero al menos podrías decirnos ¿Cómo sopla la brisa en los mayamis? ¿Cómo afectará nuestra vida sexual la nueva ley de la moneda? ¿Dónde está Carlos Ortega? ¿Hacia qué lado te haces el rollete?

Atentamente: Nosotras

viernes, 20 de abril de 2007

Guaquista, Guaquera, Guacóloga


Cuando mi hermana mayor se enamoró de Guaco tenía quince años. Dos años después llegué yo y ella me adoptó como a una muñequita de trapo, me bañaba, me vestía, me consentía, me llevaba a su universidad y me inyectaba música de los 80 como una medicina contra el llanto. Desde entonces la música ha sido uno de nuestros puentes predilectos para la brecha generacional. Con Guaco aprendimos a bailar, nos enamoramos y nos despechamos. No hay fiesta, guateque, quince años, matrimonio o viaje por carretera donde no suenen. Son un sentimiento nacional.
Cuando me enteré del concierto de Guaco en el Corp Grup la llamé enseguida. No pudo acompañarme pero me conseguí a la cómplice perfecta: Vane no se ha pelado medio amanecer gaitero con la Super Banda de Venezuela, se sabe todas las canciones al pelo y no le iba a dar pena gritar: “Luiis voltea pa`que te enamores.”
Las dos salas del Corp Grup se fueron llenando de gente variopinta, desde “adultos contemporáneos[1]” hasta muchachitas que a la salida del concierto le decían al papá “ya va papi, que ya van a salir los muchachos” para tomarse fotos con los vocalistas.
Comenzaron puntuales a las 8:00 pm, con un sonido perfecto y Pídeme en la voz de Ronald Borjas (¡Apriétame!). En la sala izquierda sólo nos levantamos cinco personas todos, a la vista, menores de 25 años. Miré a mi alrededor y temí por los que estaban sentados detrás de nosotras, si no se tomaban la molestia de disfrutar el concierto como debía ser, no los íbamos a dejar ver, porque no pensábamos sentarnos. Sonó Como es tan bella y aunque no lo crean la gente todavía no se levantaba de las butacas.
Gustavo Aguado aseguró que cantarían “todo lo que quisiéramos” porque sabían que los que estábamos allí éramos guaqueros, guaquistas y guacólogos. Entre chistes, un ambiente cálido y familiar y “una magia” como la describió Luis Fernando Borjas trascurrió el espectáculo que me dejó afónica y emocionada.
No puedo recordar la secuencia exacta de las canciones pero cantaron y bailé: Me muero de ganas, Todo quedó quedó, La Turbulencia, Cuatro Estaciones (con su respectiva coreografía arrancagritos), Luis Fernando súper romántico con Si mis paredes hablaran. También presentaron algunas canciones del nuevo disco Eqqus que también coreamos: Pa Ti, Eres más, Un segundo me bastó, Lloraré, y por supuesto Confusión. Luís cantó un pedacito a capella de Sin Rencor de Neguito Borjas (tío de los muchachos) para recordar los inicios gaiteros del grupo, y terminaron con Caraqueñas, riquísima con improvisaciones, descargas de batería y hasta toquecitos de regguetón. (Que por suerte no se parecieron Franco y Oscarcito de L`Scuadrón como decía la nota de prensa)
Cuatrocientas personas de pie, bailando un ritmo que no se parece a nada sino al estilo único de Guaco, el mismo que enamoró a mi hermana hace más de veinte años, y después de casi dos horas de gozadera cuatrocientas personas gritando: oootra.
“Regálame tu amor en primavera o la sombra de tus ojos o tu tierno corazón… Regálame tu amor, por un instante, un sentimiento así, no hay quién lo aguante.” Con esa canción para llorar volvió Luís al escenario y terminó uno de los mejores conciertos a los que he asistido, salimos de ahí como embobadas, reconquistadas por ese sonido, nos sentamos en la plaza de La Castellana a verlos salir cual fans enamoradas, convencidas de haber aprovechado cada bolívar invertido. Cuando vimos a Ronald le gritamos: “Roni cantas precioso mi amor” (me reservé el: “pero no me gusta como te peinas” porque me encanta que sea de los Leones del Caracas) y nos lanzó un beso. Luego, las cervecitas de rigor en El León para brindar por el efecto maravilloso de la buena música en el ánimo y en el cuerpo, convencida de que nuestros mejores recuerdos se reciclan, se reinventan y perduran porque dentro de poquito les tocará a mis sobrinas aprender a bailar y ya les estoy inyectando la dosis perfecta contra todo lo malo.

[1] No hay una definición para esa categorización pero los reconozco enseguida.

domingo, 15 de abril de 2007

Abril


Todos los años, por esta fecha, me da por recordar que me hubiera gustado ser pianista o bailarina y que el destino se me fue torciendo hacia lo que estaba previsto.

-Que lindo toca la flauta tu primo ¿No te gustaría aprender?
-No -dije como única respuesta.

Recuerdo a mi mamá arrastrándome de la mano por el callejón Machado rumbo al conservatorio y que la detuve con fuerza: "No quiero."
Supo que era irrevocable y anduvimos sobre nuestros pasos sin decir una palabra. Aún le reprocho a su memoria que su carácter infranqueable haya cedido a la convicción equivocada de la hija que no le superaba la altura de la cintura.
¿Acaso era equivocada esa determinación? Supongo que el talento, que no tengo, no hubiera tardado en superar mi timidez llevada al paroxismo en la etapa escolar. Ésa que supo esconderse, una vez superada la adolescencia, en los disfraces entallados de las apariencias y las miradas ensayadas de quién camina resuelta por la vida con un destino en las pupilas, pero sin mucha idea de hacia dónde va. Pero el talento nunca llegó.
Así sucede siempre, quizá por ser abril y las flores y las canciones y la primavera que no existe. Abril, que para mí es mes de guarda porque los otoños tampoco son verosímiles en el Caribe, es para hacer inventarios, tachar listas de quehaceres inconclusos, olvidar fechas históricas, cumpleaños de gente querida y dejarme conducir hasta fin de mes para llorar el mío como una sentencia irrevocable de que la vida se me va a acabar o que voy a despertar un día -de abril, desde luego- hundida hasta el cuello en una que no me pertenece.
Es domingo de abril y me siento unos minutos frente a la biblioteca a hurgar entre los libros pendientes, pero los ya leídos deciden por mí. Llevo tres domingos consecutivos volviendo a Dickens y a Gabo para andar por palabras conocidas, acompañarme con ellas, quizá huirle a la soledad que nunca es cierta ni suficiente. O quizá porque es abril y las flores y las canciones y la primavera que no existe. Porque es abril y las tardes se me antojan lentas y hay una deliciosa melancolía impregnando el aire de su olor, llenándolo todo como los recuerdos de los muertos que llegan en la madrugada y se sientan a verme dormir.

martes, 10 de abril de 2007

Apadrina una palabra

Apadrina una palabra. Hazla tuya. Consiéntela. Mímala. Báñala de champagne. Cómprale una cadenita de oro y quédate con ella bostezando del calor en un templo, esperando por el agua bendita y la foto. Dóblala con cuidado y llévala en tu monedero. Conviértela en calcomanía y pégala detrás de la cédula o en el vidrio del carro. Pronúnciala en silencio tres veces al día. Piénsala al despertarte y al irte a dormir. Tatúatela en un lugar remoto. Enséñasela a tu loro (y si no tienes uno cómpratelo, son divertidísimos). Asegúrate que tu palabra no desaparezca de la faz de la tierra, como las palabras condenadas a cien años de soledad. Apadrina una palabra y permanece allí para verla crecer.

En la búsqueda de mi palabra, que resultó ser la más obvia de todas, me tropecé con varias. Empezaron a llegar tras el rumor de que soy generosa y alcahueta con mis ahijados y sobrinos. Aparecieron cada una con su color asociado a mis recuerdos y la plantilla de blogger me quedó debiendo el blanco (o un fondo oscuro a conveniencia), el fucsia, y todos los que no veo por la presbicia natural de los seres humanos hacia el prisma:

Aldaba porque me encanta su sonido como palabra.
Mástil me gusta su fuerza varonil y sus brazos fornidos descubiertos.
Estrafalario me ha sonado toda la vida a collares largos y coloridos, gitanos felices, pulseras que chocan y zarcillos gigantes.
Alféizar es hermosa, elegante y arquitectónica.
Liar llegó altiva, posesiva y seductora, cantando “líame a la pata de la cama, no me dejes con las ganas de saber cuánto amor nos cabe de una sola vez.”
Malandro bajó del cerro porque seguro fue la décima palabra que aprendí a decir.
Café que se vino con sus primos guayoyo y marrón (que además es el color preferido de mi papá)
Frívola, fría, maluca, yo sí, de vez en cuándo, y qué.
Cacao y Chocolate se me deshicieron en la boca
Acetaminofén, me encanta que sea más larga que esdrújula.
Disposicionera, no existe pero en el pueblo de mi padre no se dice disponedora
Zaherir, pura maldad suprema y altiva.
Songorocosongo, que tendría una definición más larga que ella misma.
Chévere, demasiado nuestra.
Matrona, que me suena a puta vieja buena gente tendida en una poltrona.
Melanina, por razones obvias. Cuando me develaron que etimológicamente me llamo Negra, no me pareció casualidad que la única persona en el mundo que hasta entonces me llamara “mi negrita” fuera mi mamá.
Choroní y Caracas por puro acto de amor.

Apadriné Cariaquito (buuu) he aquí mis razones expuestas en el formulario:

“Esta matica caribeña se utiliza para atraer la buena suerte y conjurar las malas influencias. La palabra es sonora, dulce y al pronunciarse con énfasis se logra sonreír. Me remite a pasajes de mi infancia y es mi recomendación recurrente para todos los males. Si llegara a desaparecer, quizá no nos aquejen calamidades peores a las que tenemos en el mundo, pero sería terriblemente aburrido no contar con una solución fantástica condensada en una palabrita.”

Y a ti, ¿Qué palabra te gustaría apadrinar para que no muera de mengua? ¿Cón cuál te sentirías a gusto guardándola cerca de tu corazón? ¿Qué palabra legarías a tus hijos? ¿Cuál te gustaría ver respirar cuando ya no estés aqui?