miércoles, 31 de enero de 2007

Lo que Hugo verá en su proclamación del 2013

Imagine que en el 2013 Hugo Chávez gana la reelección que le aprobó la Reforma Constitucional del 2007, y que el CNE todavía estará en planes de cambiar de sede. Hugo se asomará por la famosa ventanita que da hacia la Plaza Diego Ibarra, y que describió en el Aló Presidente, y estas son algunas de las opciones de lo que verá el re-reelecto:

1.- Un mercado de pantaletas Leonisa controlado por las mafias del Palacio del Blumer a nivel nacional.

2.- Un estanque gigante con crías de caracoles, porque nos habremos convertido en exportadores de “Baba de Caracol” de producción artesanal y endógena.

3.- El Terminal de Mototaxis de Caracas.

4.- Una estación de la línea seis del Metro.

5.- Los maromeros de los semáforos que se organizaron en cooperativas y cobran entrada por función.

6.- La locación de una novela de Leonardo Padrón.

7.- Un obelisco de muy mal gusto.

Todas las anteriores son meras especulaciones. Nadie puede saber lo que ocurrirá en el 2013. Pero lo que es seguro es que en la PLaza Diego Ibarra, todavía estarán los escombros del desmantelamiento del mercado de los CD`s, porque nuestros alcaldes están empeñados en hacer historia ¡cuedzte do que cuedzte!
PD: Sigan la lista

lunes, 29 de enero de 2007

Las Gallas

A mis hermanas


Las mujeres de esta familia somos unas gallas, y eso no nos ofende. No somos pendejas, ni tontas, sino más bien gafitas. De esa especie que llega a casa ajena y pide permiso en el umbral aunque esté vacía. Somos incapaces de discutir con la suegra, por muy impertinente que sea, hablamos con diminutivos y nos reímos solas por la calle.

Siempre nos acordamos de un chiste o un personaje que nadie más conoce y pasamos media hora en este plan: “¿el del bigote te acuerdas? El de la propaganda esa que decía ...” y ahí tarareamos el jingle muertas de la risa porque nadie nos entiende. Además explicamos los chistes.

Nos la damos de vanguardistas, de avanzadas, de mujeres liberadas con dos divorcios, pero somos un roble de la vieja escuela. Fieles y con anhelos de una vida sencilla. No tenemos pretensiones de estrella pop, aunque cantemos a toda mecha en el carro.

Las gallas inventamos palabras nuevas, pero siempre decimos lo que no debemos. Vamos por el mundo dando explicaciones “eso no fue lo que yo quise decir”. Revelamos las sorpresas sin querer. Llegamos cuando ya la reunión está terminando y siempre nos dan ganas de orinar en la mitad de la película.

Le preguntamos a los vendedores si nos están haciendo un buen precio, si ese dulce es de hoy o si en serio algo es de marca. Ellos nos mienten porque es su trabajo, pero somos gallas y creemos en la gente.

Nos llamamos por teléfono para contarnos la novela o que el chocolate negro es mejor que el de leche y, a veces, después de media hora de conversación se nos olvida para qué habíamos llamado.

Somos supersticiosas y brujildas. No entregamos las tijeras en la mano y el 31 de diciembre nos metemos debajo de la mesa para conseguir novio o salimos con las maletas sin tener pasaporte. Por supuesto, nos bañamos con cariaquito morado antes de una entrevista de trabajo y siempre decimos eso es buen feng shui aunque no tengamos idea de lo que estamos hablando.
Escogemos películas malas y las lloramos. Nos cae mejor Jennifer Aniston que Angelina Jolie, y le vemos el lado bueno hasta el bicho más maluco. Además, tenemos tanta cara de gallas que nos regalan libros de autosuperación para mandar la gente al carajo en no sé cuántos pasos y “Las Travesuras de la Niña Mala” pa’ve si nos avispamos.

Nuestros hijos nos ven con cara de “que galla es mi mamá” cuando los besamos en público y les hablamos “chiquito.” Damos propinas generosas aunque estemos pelando y sentimos una culpa de cuatro días cuando nos gastamos un dineral en esa camisa que siempre habíamos querido. Las gallas somos familiares, trabajadoras, echadas pa´lante y, sobre todo felices, porque andamos por la vida sabiendo que no estamos solas.

miércoles, 24 de enero de 2007

Al Kapu con cariño

Esta mañana cuando entré al Metro me dispuse a revisar mis mensajes del celular. Un amigo me avisaba de la muerte de Ryszard Kapuscinski, el periodista polaco que conocí en mi segundo año de la universidad.
Quedé como descolocada y lo primero que recordé fue que tenía que pedirle a W. mi edición de Ébano. Bastante egoísta ese primer pensamiento de duelo, pero así de ingrata es la muerte.
Los libros de Kapuscinski son costosos y para mi bolsillo de estudiante han significado la mejor motivación para el ahorro. Me acuerdo clarito cuando conseguí “El Emperador” en el último tramo, del último estante del Fondo de Cultura Económica de la Av. Solano. Costaba quince mil bolívares (¡Increíblemente barato! Sus libos rondaban los cien mil bolívares) Quedaba un ejemplar y yo no tenía ni mil bolívares partidos por la mitad.
Nunca se me ha quitado la costumbre de husmear en las librerías aunque sólo lleve conmigo el ticket del metro. Pero esa fue la primera vez que sentí el vértigo de perder un libro aunque, legalmente, no fuera mío. Le rogué a la señora española del FdCE que me lo guardara, y le juré por todos los santos que volvería a buscarlo al día siguiente.
Hubiera pagado mucho más por esa historia de la caída de Haile Selassie, tan diferente a la que atesoran los seguidores de la cultura rastafari. Desde entonces, me ha parecido que todos sus libros valen lo que cuestan.
El mensaje culminaba con una sentencia tan definitiva como cierta, ha muerto “el mejor periodista del mundo.” El señor escribía todos los días, perfilaba sus personajes con la técnica del claroscuro, buscaba la verdad y amaba lo que hacía. Como los mejores.
Yo no conocí a Kapuscinski cuando vino a Venezuela y bailó salsa en “el Maní es Así.” Lo conocí antes con “Los cinco sentidos del periodista”, lo admiré con “El emperador”, lo quise cuando lloré con Ébano, y siento que me está esperando en “El Sha” en mi pila de libros pendientes.

lunes, 22 de enero de 2007

Chispa

A Chispa lo conocimos en nuestro tercer viaje a Choroní. Estaba sentado en un banquito del malecón cerquita del San Juan y lo primero que vimos fue lo que tenía entre sus manos.
Chispa trabaja el bambú con una habilidad de maestro. Hace vasos decorativos, floreros y “chutes” para tequila, con paisajes del pueblo grabados a mano y la frase que uno disponga. Si se le deja escoger el modelo, lo primero que tallan sus manos es una fila de palmeras rodeando Playa Grande y de título un trazo infantil donde se lee: “Choroní es Magia”
Si se le aupa el genio creativo, puede trazar una vista panorámica del pueblo desde la cumbre del Henri Pittier y uno se imagina que va bajando, mareado por las curvas, hacia ese pueblito pincelado por algún Dios generoso, de los que no castigan ni las peores borracheras de un lunes de carnaval al pie del santo patrón de todos los tambores de la costa aragueña.
En ese primer encuentro Chispa no tenía rostro. Sólo unas manos delgadas y laboriosas que conseguían lo que él no se creía capaz de hacer. Cuando volvíamos al pueblo lo buscábamos por el malecón y le preguntábamos a los artesanos, pero la respuesta siempre era la misma: “Debe estar en la montaña.”
Estar en la montaña podía significar la vivienda rural y desprovista donde nos había dicho que vivía, o la escalada a una cumbre alucinógena de la que no se baja hasta que se acaba.
“Yo fumaba cosa fea” nos dijo esta vez. Llevaba unas maracas escarchadas “made in Choroní” y cantaba el estribillo impronunciable del joropo “Juanita”, con una sonrisota franca que le coronaba el rostro. Había ganado peso y tenía los ojos abiertos. Iba de un lado a otro del malecón, saludando a la gente y contando que su “gorda” iba a tener un bebé.
Había transcurrido más de un año desde nuestro último viaje a ese mágico pie de montaña donde jamás nos ha pasado nada malo y descubrimos un pueblo que crece. Tiendas nuevas atraen el consumo de turistas, ya existe el esqueleto de un Terminal de pasajeros y el santito bondadoso que le da la espalda al mar, como cuidando al pueblo y a los que bajan de la montaña, se vistió de un color a prueba de salitre.
Pero la transformación de oro la tuvimos ante nuestros ojos esa noche nublada en el malecón. Había un aura mala en el ambiente, tenía ganas de llover, el mar estaba picado, casi no se veía la cruz blanca de la montaña y Magallanes ganaba un partido en la televisión del perrocalentero. Pero Chispa apareció a vendernos las maracas escarchadas y a contarnos de su bebé y de cómo su “gorda” le “salvó la vida." Fue tan bonito que hasta se nos quitó el mal sabor de boca del marcador del juego.
Cuando se fue a cantar “Juanita” en otro grupo, nos quedamos callados un rato, como dándole gracias a Dios. Pero, sobre todo, rezando para que la magia del pueblo que predica en sus vasitos de bambú le sea suficiente.

viernes, 19 de enero de 2007

¿Bailamos?

Hoy me provoca un mundo bailar contigo. Estaríamos bailando salsa sabrosita. Yo llevaría tacones y jeans o una falda que se mueva. Tú tendrías una de tus camisas de cuadros que tanto me gustan, o las unicolores que a ti te gustan más.
Podríamos estar hasta en pijama, como cuando bailamos en la sala de tu casa. Podríamos estar solos o acompañados, eso es lo de menos. Tomarías mi cintura y yo tu cuello. Juntos. Cerca. ¿Quieres?
Se trata de tu contacto, tu abrazo, tu roce, tener tus brazos rodeándome, y todo tu cuerpo mirándome bailar, para ti y contigo. ¿Bailamos?
El cuándo no es problema. Parece una impertinencia sacarte a bailar. Una dama no debe atreverse a tanto. Pero la confianza me permite, además de hablarte con franqueza, escuchar salsa en mi oficina, cerrar los ojos un segundo eterno y bailar contigo.