martes, 10 de abril de 2007

Apadrina una palabra

Apadrina una palabra. Hazla tuya. Consiéntela. Mímala. Báñala de champagne. Cómprale una cadenita de oro y quédate con ella bostezando del calor en un templo, esperando por el agua bendita y la foto. Dóblala con cuidado y llévala en tu monedero. Conviértela en calcomanía y pégala detrás de la cédula o en el vidrio del carro. Pronúnciala en silencio tres veces al día. Piénsala al despertarte y al irte a dormir. Tatúatela en un lugar remoto. Enséñasela a tu loro (y si no tienes uno cómpratelo, son divertidísimos). Asegúrate que tu palabra no desaparezca de la faz de la tierra, como las palabras condenadas a cien años de soledad. Apadrina una palabra y permanece allí para verla crecer.

En la búsqueda de mi palabra, que resultó ser la más obvia de todas, me tropecé con varias. Empezaron a llegar tras el rumor de que soy generosa y alcahueta con mis ahijados y sobrinos. Aparecieron cada una con su color asociado a mis recuerdos y la plantilla de blogger me quedó debiendo el blanco (o un fondo oscuro a conveniencia), el fucsia, y todos los que no veo por la presbicia natural de los seres humanos hacia el prisma:

Aldaba porque me encanta su sonido como palabra.
Mástil me gusta su fuerza varonil y sus brazos fornidos descubiertos.
Estrafalario me ha sonado toda la vida a collares largos y coloridos, gitanos felices, pulseras que chocan y zarcillos gigantes.
Alféizar es hermosa, elegante y arquitectónica.
Liar llegó altiva, posesiva y seductora, cantando “líame a la pata de la cama, no me dejes con las ganas de saber cuánto amor nos cabe de una sola vez.”
Malandro bajó del cerro porque seguro fue la décima palabra que aprendí a decir.
Café que se vino con sus primos guayoyo y marrón (que además es el color preferido de mi papá)
Frívola, fría, maluca, yo sí, de vez en cuándo, y qué.
Cacao y Chocolate se me deshicieron en la boca
Acetaminofén, me encanta que sea más larga que esdrújula.
Disposicionera, no existe pero en el pueblo de mi padre no se dice disponedora
Zaherir, pura maldad suprema y altiva.
Songorocosongo, que tendría una definición más larga que ella misma.
Chévere, demasiado nuestra.
Matrona, que me suena a puta vieja buena gente tendida en una poltrona.
Melanina, por razones obvias. Cuando me develaron que etimológicamente me llamo Negra, no me pareció casualidad que la única persona en el mundo que hasta entonces me llamara “mi negrita” fuera mi mamá.
Choroní y Caracas por puro acto de amor.

Apadriné Cariaquito (buuu) he aquí mis razones expuestas en el formulario:

“Esta matica caribeña se utiliza para atraer la buena suerte y conjurar las malas influencias. La palabra es sonora, dulce y al pronunciarse con énfasis se logra sonreír. Me remite a pasajes de mi infancia y es mi recomendación recurrente para todos los males. Si llegara a desaparecer, quizá no nos aquejen calamidades peores a las que tenemos en el mundo, pero sería terriblemente aburrido no contar con una solución fantástica condensada en una palabrita.”

Y a ti, ¿Qué palabra te gustaría apadrinar para que no muera de mengua? ¿Cón cuál te sentirías a gusto guardándola cerca de tu corazón? ¿Qué palabra legarías a tus hijos? ¿Cuál te gustaría ver respirar cuando ya no estés aqui?

1 comentario:

Jeanfreddy dijo...

Para mí es facilito: Alcantarilla. Tiene todas las vocales onomatopéyicas de su ruido sordo y metálico al caer, al rodar como moneda de gigantes, como recuerdo infantil, desausiado, olvidado y en desuso.