domingo, 15 de abril de 2007

Abril


Todos los años, por esta fecha, me da por recordar que me hubiera gustado ser pianista o bailarina y que el destino se me fue torciendo hacia lo que estaba previsto.

-Que lindo toca la flauta tu primo ¿No te gustaría aprender?
-No -dije como única respuesta.

Recuerdo a mi mamá arrastrándome de la mano por el callejón Machado rumbo al conservatorio y que la detuve con fuerza: "No quiero."
Supo que era irrevocable y anduvimos sobre nuestros pasos sin decir una palabra. Aún le reprocho a su memoria que su carácter infranqueable haya cedido a la convicción equivocada de la hija que no le superaba la altura de la cintura.
¿Acaso era equivocada esa determinación? Supongo que el talento, que no tengo, no hubiera tardado en superar mi timidez llevada al paroxismo en la etapa escolar. Ésa que supo esconderse, una vez superada la adolescencia, en los disfraces entallados de las apariencias y las miradas ensayadas de quién camina resuelta por la vida con un destino en las pupilas, pero sin mucha idea de hacia dónde va. Pero el talento nunca llegó.
Así sucede siempre, quizá por ser abril y las flores y las canciones y la primavera que no existe. Abril, que para mí es mes de guarda porque los otoños tampoco son verosímiles en el Caribe, es para hacer inventarios, tachar listas de quehaceres inconclusos, olvidar fechas históricas, cumpleaños de gente querida y dejarme conducir hasta fin de mes para llorar el mío como una sentencia irrevocable de que la vida se me va a acabar o que voy a despertar un día -de abril, desde luego- hundida hasta el cuello en una que no me pertenece.
Es domingo de abril y me siento unos minutos frente a la biblioteca a hurgar entre los libros pendientes, pero los ya leídos deciden por mí. Llevo tres domingos consecutivos volviendo a Dickens y a Gabo para andar por palabras conocidas, acompañarme con ellas, quizá huirle a la soledad que nunca es cierta ni suficiente. O quizá porque es abril y las flores y las canciones y la primavera que no existe. Porque es abril y las tardes se me antojan lentas y hay una deliciosa melancolía impregnando el aire de su olor, llenándolo todo como los recuerdos de los muertos que llegan en la madrugada y se sientan a verme dormir.

2 comentarios:

gloria carrasco dijo...

se de que hablas, pero ahora que lo dices no se si a mi me pasa solo en diciembre y ahora que lo dices no si el mes tenga algo que ver. Ya te pasará.

Muvimeiquer dijo...

Por eso estoy convencido que moriré en abril...

Te recomiendo a César Vallejo... hay un poema visionario que conmemora al mes de abril...

Gracias por el texto...