jueves, 29 de marzo de 2007

Cosas de Mujeres (o el origen de algunas de mis manias)


El manuscrito de este post se extravió en el fondo de una cartera junto a los recibos del telecajero, los envoltorios de caramelos y las pilas de la grabadora. Se lo debía a Lama como post de cumpleaños y a mi misma por el día de la mujer. ¡Feliz Cumpleaños Manita Linda!


Crecí en un jardín de mujeres, o un nido de cuaimas, como prefieran. Mis hermanas se casaron muy jóvenes y para colmo de mi madre, el mismo año. Ella, para ahogar el despecho del nido a medio llenar, se le ocurrió sacar una carrera a distancia y trabajar todo el día. Entonces yo pasaba mis tardes de hija única en la compañía de Lama, la prima guayanesa varios años mayor que yo (si le publico la edad me mata) que vivió con nosotros hasta que los años le alcanzaron para graduarse de Licenciada en Artes, irse a vivir sola y decidir tener un bebé sin necesidad de vestirse de blanco porque no le dio la gana.

En esas tardes inventábamos menjurjes de aguacate y miel para el cabello, un secreto indecible para el acné y probamos todos los tés de hierbas contra la celulitis. Atadas a unos corsés renacentistas aprendimos cómo garantizarnos una cintura diminuta que sólo resiste una hora, memorizamos los tres pasos del cuidado de la cara, la importancia de la depilación con cera y las bondades de la sábila, porque según me enseñó, la sábila lo cura todo excepto el mal de amores. Tiempo después mis hermanas me explicaron que ése no dura más de un mes, así que he tenido una vida bastante saludable y feliz.

Aprendimos a comunicarnos con nuestros cuerpos en las distintas etapas del ciclo menstrual, que los aliños picaditos quedan mejor que los licuados y que es preferible dormirse amarrada que maquillada.

Yo me entretenía con sus libros de arte y me empezó a gustar el teatro, aprendí de Stanislavski, que Shakespeare es más que Romeo y Julieta y cómo se monta una escenografía. Coleada en los camerinos de sus presentaciones de final de semestre, obtuve nociones curiosas sobre combinar trapos, que cualquier chal puede ser una falda, un top o una bandana para los días de rulos rebeldes.

A ella le debo mi obsesión incurable por los productos para la piel: las cremas de día con protector solar; las de noche con retinol y vitamina A; las de presentación gigante para la casa, mediana para los viajes, pequeña para la oficina y diminuta para la cartera; me enseño que las mejores cremas reductoras no contienen cafeína, que la vela de cebo borra hasta las cicatrices del alma si también te tomas una botella de ron con tus mejores amigas y que ningún producto puede más que la constancia de la usuaria, ni siquiera cuando se apellida Clinique.

Ella es la culpable de que antes de ir a la playa empiece a comer betacarotenos como si escasearan, que suprima el limón porque mancha y que, una vez en la costa, me empeñe en utilizar tres tipos de protectores solares según la parte del cuerpo. Suya es la responsabilidad de que yo sea una necia sin remedio, una obsesiva, maniática, neurótica, que no puede salir de Farmatodo con las manos vacías y que gasta mucho más en cremas para la piel que en entradas para el FITC. Gracias hermana, me encanta la mujer que soy.

2 comentarios:

Bruja dijo...

jajaja! muy bueno el relato lastima que no tube una Lama a mi lado, de vainita me hecho crema para el cuerpo...

GABY la mana de azul dijo...

hola leina besos me encanto este relato de la Lama soy amante de todas las cremas para la piel y el rostro lo malo es que las compro pero olvido usarlas que tal! Un Beso.