jueves, 22 de febrero de 2007

Tángana sobre papelillo


El lunes de Carnaval volvimos a Sabana Grande con ganas de recordar los paseos de hace quince años en los que disfrazada de Arcoiris Rainbow Brite hacía comer papelillos a los boquiabiertos, y paseaba todo el Bulevar hartándome de algodón de azúcar.

Todo el mundo estaba en Sabana Grande. Algunos recordando tiempos mejores, otros perdiendo el aire en la tarima que se montó en el medio del boulevard, viendo y dejándose ver. Pero todos, absolutamente todos estaban echando “tángana.”

Me gustaría tener otro nombre para llamar a ese chorro de telaraña de varios colores y olor tóxico que al secarse se adhiere a cualquier parte, sobre todo porque me recuerda irremediablemente al superdopado Winston Vallenilla y me hizo sentir en el plató de “Aprieta y Gana”, pero así lo pregonaban los buhoneros del boulevard “tanganatanganatangana trespormil trespormil trespormil”

Cada diez pasos había un buhonero de tánganas y no pasaron diez minutos desde que salimos de la estación del Metro para que me empastelaran los rulos con los fideos tóxicos. Pero molestarse era inútil. Se trataba de la reinvención del carnaval, el papelillo del siglo XXI. Enseguida busqué cómo recogerme la maraña habitual de pelo, embadurnado, enredado, impeinable, imposible y en la próxima cuadra me compré mi perolito de “Party String” (como reza la lata) para unirme contra lo que no podía.

También fue inútil. Soy lenta. Parece que la generación Pack Man tenemos peores reflejos que la de Counter Strike. Muerta de la risa cerraba los ojos y apuntaba mal, creo que hasta cegué a un tipo más alto que yo.

Cada tanto veíamos a un niñito lanzando papelillo y yo le dejaba una sonrisa como pidiéndole que jamás cediera al maleficio de la tángana y que no se le fuera a ocurrir recoger papelillo del suelo para “reciclar.”

Terminamos de caminar el boulevard exhaustos, sucísimos, con los ojos desorbitados y mentándole la madre al bendito chino que importó millones de latas de ese spray venenoso que acabó con la tradición del picadillo de cartulina.

Pero durante esas dos horas de lucha feroz no nos preocupamos por otra cosa que sobrevivir a la tángana. Éramos niños perdidos contra piratas “cuidado con el de la izquierda.” Nos parecía lo máximo vivir en el caos. Ese desgobierno, esa libertad nos hizo felices mientras duró la adrenalina que produce el desorden enloquecido del carnaval. Después fue que pensamos en el chino, en que me tenía que peinar, en el dolor de huesos y en el miércoles de ceniza con oficina incluida. Después de Sabana Grande nos pusimos los disfraces y volvimos a crecer.

3 comentarios:

Bruja dijo...

que bonito!... yo en cambio me desconecte del mundo entero y me fui a una montaña, un sitio lejiiisimo sin cobertura en los celulares y un silencio maravilloso...Feliz Carnaval!

Algeriana dijo...

Qué bueno! Casi-casi me hiciste sentir el olor de la tángana, acalorarme por el gentío alrededor y dolerme los pies de caminar el boulevard. Lo que si lograste de pleno fue hacerme sonreir y recordar esos carnavales que disfruté de pequeña con mis hermanos y amiguitos... qué días aquellos!
Excelente! Me encantó. Ya leeré con calma el resto de tus blogs.

Zinahia dijo...

Hola, no nos conocemos, sólo quería decirte que me gustó full :)