miércoles, 2 de abril de 2014

Estamos tristes


Desde que volví de vacaciones me he negado a bajar de peso. Tengo varios kilos de más y una incipiente celulitis brotando en la parte trasera de los muslos. Como soy una tipa vanidosa, durante el viaje no me preocupé, sabía que apenas pisara mi país haría de todo para recuperar la figura. Han pasado dos meses desde que volví de vacaciones y acabo de merendar sendo pan dulce con mantequilla. Es oficial: estoy deprimida.
Aunque la anécdota parezca baladí, casi todos podríamos identificar algún síntoma de nuestra propia tristeza. Desde que comenzaron las protestas he sido testigo de las siguientes frases: “me cuesta levantarme en las mañanas”, “no quiero salir de mi casa”, “me duele el cuerpo”, “volvieron las jaquecas”, “tengo alergia”, “no puedo dormir”, “me despierto en la madrugada sin motivo”, “todo se me olvida”, “no me puedo concentrar”, “duermo mucho”, “duermo poco”, “vamos a vernos pero temprano”, “quiero salir pero no tengo plata”, “quiero salir pero nada está abierto”, “quiero salir pero tengo miedo”, “carga una pantaleta en la cartera por si no puedes llegar a tu casa”, “¡¿Dónde estás?!” que culmina con un desesperado “¡¿Estás bien?!” al otro lado de la bocina a la una de la madrugada porque a dos cuadras de tu apartamento quemaron una tanqueta.
Algunos días, que no son pocos, camino hasta la parada del autobús pensando en cualquier asunto agradable, sintiendo el asfalto debajo de la suela e imaginándome que hay una parte del aire que no llega al piso porque lo repele el vapor.  Me divierten las cosas pequeñas, como la hoja del árbol que se me enredó en el pelo o la gota de sudor que baja desde la nuca por mi espalda, porque hace más de dos meses que no llueve y ya no sé qué es peor, si el calor, el gobierno o la oposición.
Pero hay otros días, que pesan como diez. Camino desde la parada del autobús raspando los pasos hasta el supermercado a preguntar si llegó el café. Me dan ganas de llorar cada vez que me dicen que no hay. Todo me da ganas de llorar. Cuando L. me dice que estoy linda me dan ganas de llorar, cuando me aprueban un proyecto o me piden modificarle una tontería me dan ganas de llorar, cuando la impresora se queda sin tinta, cuando la plata no me alcanza, cuando llego a tiempo o cuando se me hace tarde, cuando leo las noticias, cuando no veo en las noticias lo que en realidad pasó, cuando trabajo en exceso, cuando no quiero trabajar, cuando se me acaba la pila, cuando hablo con mi papá, cuando no me contesta, cuando abrazo a mis hermanas, cuando no las puedo ver.  Soy un maldito síndrome premenstrual ambulante… ¡En loop!
Además tampoco puedo escribir. He delegado todos los textos que tenía por delante, incluso esos de “mascarillas hidratantes de aguacate para el pelo” que uno suele aceptar para completar el pago del alquiler. Nada. Esta cuartilla repleta de enumeraciones caóticas y lugares comunes es una muestra de mi atrofia muscular. Estoy exhausta. Estoy triste.
El domingo pasado ocurrió algo grandioso: logré permanecer 15 minutos completos en zazen. Estaba feliz. Obviamente, me dieron ganas de llorar. Lo hice un rato largo, calladita. L. se acercaba cada tanto a tomarme la mano en silencio. Creo que está tan triste como yo pero los peruanos no lloran porque en Lima no llueve.
Estamos tristes.
Papi se cayó de una escalera mientras regaba las matas. Se le fueron los tiempos. Aterrizó sobre las orquídeas sin lastimarse porque es afortunado. Llevaba dos días alimentándose con jugos, no le daba hambre. Papi vive en el Oeste, no está expuesto a las guarimbas, no ve televisión, no tiene Twitter, además es llanero, tiene muchos amigos, juega dominó todas las tardes, pero está triste.
-¿Estás deprimido?
-No hija, a mí no me dan esas mariqueras. Sólo he tenido el cuerpo malo, no sé. Como que no me quiero parar y paso todo el día acostado.
Estamos tristes.
Cae una lluvia ridícula sobre la ciudad cuando me siento a escribir. Afuera pasan cosas de las que nunca me voy a enterar pero esto suena y huele como lluvia, la primera después de meses. Hay hechos ciertos. A la ramita de albahaca que puse a germinar le salieron raíces. La casa de mi hermana, a dos cuadras, comienza a oler a bombas lacrimógenas, pronto la nube de gas llegará hasta aquí. Un hombre recibe un disparo en la cabeza en Porlamar. Las madres de los muertos extrañan a sus hijos. Alguien recorre con los dedos el borde de una cicatriz. El miedo es un peso difícil de llevar.

1 de abril 2014




lunes, 30 de diciembre de 2013

dos.mil.trece


Viví sola
Me cortaron la luz
Hice ejercicio seis meses. Los otros seis descansé
Aumenté tres kilos
Me veo mejor
Leí y escribí más de lo que esperaba
Leí para mi
Escribí para otros
Salió nuestro libro de Choroní
Trabajé como una posesa
No dormí en meses
Ahorré dinero
Me lo devaluaron
Me hice reflejos
Protegí a mi familia
Extrañé a mis amigos
Me quitaron la ortodoncia
Ahora me rio hasta con las encías
Entendí el valor de lo que hago
Lo hice valer
Peleé con Carla
Nos reconciliamos
(todas las veces)
Coordiné un equipo grande
Pauté a Maite Delgado
Aplausos
Hice comida thai
Regué mis matas
Crecieron agradecidas
Hice un detox
No lo vuelvo a hacer
Bailé en pantaletas
Toqué charrasca
Tuve una resaca de tres días
Lloré a mis mujeres muertas
Aprendí a recibir
Deseé en voz alta:
"Quiero algo con ese hombre"
Le dije que sí
Ahora como peruano con los dedos

Foto: Juan Carlos Villegas

sábado, 23 de noviembre de 2013

Detox (Parte I)


He pasado tres días en el infierno, ese lugar donde no pasas hambre pero no puedes comer.

Día1
Una temporada intensa de trabajo devaluó mis hábitos alimentarios a niveles de maracucho camionero, tras lo cual decidí someterme a un proceso de desintoxicación. Someter es la palabra correcta porque se trata de doblegar la voluntad y la mente, dominarse, contenerse. Sufrir.
Si como dice Murakami en su libro sobre correr, “el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”, yo había escogido claramente la segunda opción. Lo comuniqué a poquísimas personas, recordando ese pasaje de la Biblia que siempre me ha gustado sobre aquellos que no entrarán al reino de los cielos porque hacen ayuno pero gritan a los cuatro vientos sus pesares. Me recomendaron hacerlo con una intención ulterior de crecimiento personal, me pareció adecuado incorporar un toque de misticismo, así que formulé mi propósito interior y me fui a dormir con la firme intención de no probar bocado durante las próximas setenta y dos horas.
El primer escollo llegó a las 6 de la mañana del día 1. Las instrucciones del programa indicaban que debía romper el ayuno nocturno con una infusión natural. Error. Si hay una ventaja en la adultez es obtener algunas certezas sobre uno mismo para no confundirse en las horas chiquitas. Por eso hasta ahora me he planteado unas poquísimas pero muy útiles reglas de supervivencia aplicables a casi todos los aspectos de la vida: uno, no uso animal print; dos, no salgo con militares; tres, no defiendo policías y cuatro, nunca voy a dejar de tomar café por las mañanas. Así que podríamos resumir la experiencia afirmando que arruiné mi detox desde la hora cero.
El segundo error en la aplicación del programa fue hacerlo en días laborales. Si bien recomiendan mantenerte ocupada para no darle bola a la imaginación, tener que explicarle a la secretaria de tu oficina que todo está bien, que no estás deprimida, que no es anorexia, que son sólo juguitos naturales, que no te sientes débil, que no gracias que no quieres torta negra, es un agravante para la situación.
A la hora del almuerzo del primer día, salí de la oficina con mi potecito de jugo. Me senté en un banquito de la plaza a repasar mentalmente todos los lugares cercanos disponibles para comer y los posibles menús del día. Sopa de garbanzos con patica de cochino, asado negro, arroz y tajadas, carne guisada, arroz y ensalada rallada, pollo al horno con yuca y guasacaca, pasta Boloña, pasticho de berenjenas, fetuchinis con tomates secos y queso de cabra, calabacines gratinados, polvorosa de pollo, muchacho relleno, pabellón con queso frito, ensalada de gallina, hallaca, pernil, pan de jamón, cabello de ángel, tocinillo del cielo, guayoyo con pan camaleón, papelón con limón y este potaje de pepino con celery que me tomo de a sorbitos para que no se me acabe.
Pienso en la intención superior que me acompaña, me concentro, me calmo. Me reconforta la idea de que después de todo esto mi cuerpo estará más limpio y voy a ser un poco mejor. Me engaño. La única verdad es que prefiero comer rico y ser una mala persona.
El final del día no estuvo tan mal. Las chicas de @JuCleanse te consienten con un tres en uno para la cena y una avenita hecha con cariño para antes de dormir. Pasé más de 24 horas sin masticar pero no sentí hambre.  Descansé sin problemas. No soñé.



jueves, 21 de noviembre de 2013

Isabel


Como me gustan los proyectos que quitan el sueño, desde hace dos meses casi no puedo dormir. En CreaComu nos comprometimos con el desarrollo de la imagen y los contenidos del Hotel Isabel La Católica, en Pampatar, Margarita.Desde entonces estamos de cabeza.

El hotel con nombre de reina tiene catorce habitaciones, cada una bautizada como un personaje histórico del entorno de Isabel. Desde el área de contenidos desarrollamos los perfiles de esos personajes. Conocer y desnudar a estos tipitos con vidas tan fascinantes como perturbadoras me permitió retomar la escritura creativa con fecha de entrega. Es lo más cerca que he estado este año de completar un maratón. Es lo más cerca, también, que he estado de volverme loca o terapeuta.

La vida de los otros como territorio inexplorado está lleno de abismos. Hasta ahora sólo había hecho crónica de gente sencilla, “las únicas que no buscan la felicidad”, según Holan, pero esto era diferente. Cuando conversas con alguien cara a cara compartes un espacio sensorial que casi te permite predecir sus cimas o precipicios. Algo se enrarece en el ambiente y al minuto siguiente comprendes que se trataba de alguna revelación o giro en la anécdota que acaban de regalarte. Te erizas, agradeces en silencio, nadie lo nota. Luego bordeas los espacios sensibles del modo que mande tu instinto y continúas. Pero esto era diferente.

Leía decenas de páginas sobre los personajes sin inmutarme. Fulanito nació, se reprodujo con dificultad, murió, fin. Me preocupé. Entonces dejé de confiar en que podía resolver un texto el día anterior a la entrega procurándome algo parecido a un método: me obsesioné. No hablaba de otra cosa, no leía sobre nada más, no salía. Una ladilla.

L. me preguntaba sobre los personajes como si fueran amigos íntimos.

-¿Qué tal María?
-La odio, es una bruja infeliz.
-¿Y Enrique?
-Pobrecito, es que sufría de acromegalia
-¿Qué es acromegalia?

Yo tampoco sabía pero llegué hasta leer tratados de urología, “La Huella Perenne” de Herrera Luque, libros sólo disponibles en Amazon, bajé toda la primera temporada de la serie española sobre la reina, navegué decenas de links con teorías conspirativas sobre el origen ilegítimo de los Trastámara. Durante el trance, mi equipo me respaldó por completo. Carla se echó encima en resto de los temas del proyecto y todavía está pagando por eso, Silvia asumió el liderazgo de otra área de contenidos haciéndonos sentir orgullosas y Gabbi acudió en mi auxilio con un perfil impecable de Catalina de Inglaterra, una madrugada en la que casi podía sentir a ese montón de gente respirarme aliento helado en la nuca.

El filtro corporativo está presente, pero el resultado no dista demasiado de lo que me hubiera gustado publicar por cuenta propia. Además, en la mitad del proyecto descubrí que en castellano antiguo el nombre de la reina se escribía Ysabel, justo como firmaba mi mamá gracias a un afortunado gazapo del registrador civil. Ahí obtuve ese escalofrío que uno persigue en casi todo lo que hace. Todavía me siento agradecida. Con ustedes, nuestros muertitos:

lunes, 12 de agosto de 2013

Lilith: The Former Wife

"La primera mujer que pisó la faz de la tierra disfrutaba del sexo. Al menos esto es lo que sugiere la interpretación rabínica de los textos bíblicos que originó la leyenda judaica de Lilith (...)"
 Lilith: The Former Wife
Mi primera colaboración con Culturtetas... cultura con tetas.

viernes, 9 de agosto de 2013

Sobre el profundo aburrimiento que me causan algunos enfoques de género



Últimamente me fastidian estos enfoques de los temas de género que se resumen a "mujeres que cuentan sus problemas". El sexismo existe, es agresivo, silencioso y cala hondo en nuestras pautas de comportamiento, pero aunque la visibilización de la agresión es el primer paso para la solución, llevo años leyendo testimonios de mujeres amenazadas que no cuentan cómo resolvieron la situación, si acaso la resolvieron. Así que haré mi parte: 

 A mí me funciona vigilarme. Algunas veces me atajo dos segundos antes de decir o avalar una barbaridad, pero otras llego tarde y me equivoco. Entonces “me perdono y vuelvo a empezar”. 

También me ayuda respetar el rol masculino. Tengo amigos que me han confesado lo difícil que les resulta acercarse a las mujeres en situaciones sociales porque estamos a la defensiva. Si un hombre quiere hablar o bailar contigo, no significa que quiere abordarte sexualmente. A ellos les encanta jugar y a nosotras también*, pero todos sabemos lo difícil que es dar con la química necesaria para siquiera empezar el juego de la seducción. Así que también conviene relajarse, bajarle dos al ego y asumirlo: Jeva, no todos quieren contigo.

Ahora, como yo tampoco quiero con todos, si no me provoca hablar o bailar con alguien porque estoy en otra onda, no me gusta su actitud o no me da la gana, tengo derecho a decir que NO y esto -¡Cristo crucificado de las feministas!- no es nada nuevo. 

Cuando era niña mi papá me enseñó el catálogo más extenso de vulgaridades que caben en el Estadio Universitario en un juego Caracas-Magallanes y me instruyó para usarlo a los gritos si alguien (hombre o mujer) intentaba insultarme, asediarme, tocarme, raptarme o golpearme. Es decir, me enseñó a no quedarme callada, sin necesidad de abrir una ONG.

Y ahí está la otra cosa que me ayuda contra el sexismo: usar mi voz en la cotidianidad. Puedo denunciar en esa página, o escribir en mi blog, que un hombre me tocó la pierna en el Metro, pero también puedo decirle “¡Qué coño te pasa mamagüevo a mi no me toques!” y obligarlo a retroceder. 

¿Es difícil? ¡Claro! La vida lo es. Pero creo que hago más ocupándome de mi voz a diario usándola, preparándome en el tema, aún con equivocaciones, que quejándome como una melindrosa de la suerte de mi género en una página tipo “grupo de apoyo” hasta llegar a la conclusión de que "el sexismo no ha muerto". Bitch, please. Me tienen tan harta como la gente que no supera la teoría de la envidia del pene. Si enseñas a alguien a lamentarse jamás va a aprender a defenderse. Entonces ¿a qué estamos jugando?

*Aquí también entra lo de los piropos, yo no sé. Por más que leo o discuto sobre estos temas no terminan de molestarme. Pero eso es a mí que me encanta un albañil.

jueves, 16 de mayo de 2013

Festilectura: Nos vemos en la resistencia


Melanie Pérez Arias

En la esquina sur oeste de la Plaza Altamira, bajo un paraguas que la protege escasamente de la lluvia, muy cerca del carrito de Nestea, se arrellana, diminuta, Laura Restrepo, la escritora colombiana con más de trece obras publicadas, ganadora del Premio Alfaguara de Novela. Vino a presentar su thriller Hot Sur en la feria del libro de una Caracas que se deshace como galleta con las primeras lluvias de la temporada. Es la quinta edición del Festival de la Lectura de Chacao y no ha parado de llover un solo día.
Frente al stand de Editorial Planeta, una larga fila de lectores, en su mayoría mujeres, esperan bajo la garúa por la firma de Restrepo. Ella se esmera con una dedicación desesperante "¿Vanesa con una o dos eses?", le pregunta a una muchacha de poco más de veinticinco años a la que se le ilumina el rostro. No hay sonido más plácido que el nombre propio, el nombre de uno. Laura lo sabe y pide que la llamen así, de tú.
Hola, un placer conocerte. Él es mi marido, pero solo vino a tomar la foto. –dice una mujer muy sonriente cuando finalmente llega su turno en la fila de autógrafos de Hot Sur. La fan se acomoda a su lado. Laura se quita los lentes con gracia y sonríe a la cámara. Una, dos, cientos de veces. Nunca con amargura. Ha firmado hasta ejemplares de sus primeros libros con una caligrafía Palmer excepcional y una disposición de ánimos que ya quisieran muchos para sí.
Qué feria tan bonita. La gente es muy cariñosa. Esto no se ve en todas partes. Un afecto. Un amor, dice con su acento cachaco antes de subirse al carro que la conducirá al hotel. Son las ocho de la noche. No ha parado de trabajar desde que llegó al país y aún le restan entrevistas. Decenas de medios han querido saber cómo Hot Sur desmonta el sueño americano a través de personajes capaces de traspasar fronteras no sólo geográficas, sino las que ponemos frente al otro, “el que es diferente, el que nos suscita desconfianza, el enemigo político. El miedo al otro es un gran factor de cohesión para los gobiernos y los pueblos caen víctimas de ese pánico. Se hacen campañas contra los terroristas, los que nos quieren atacar, los que envidian nuestra democracia, eso facilita la unidad interna pero genera mucho daño. ¡Qué pesadilla estar encerrados con nuestros miedos!", asegura Restrepo.
En Hot Sur el elemento cohesionador es el lenguaje. “Si entendemos el destierro no sólo como un fenómeno territorial sino como la ausencia de posibilidades de trabajo, de educación, de futuro, el idioma es el terreno que le queda al desterrado, cuando le han quitado todo lo demás”. Por eso la rebelión del pabellón femenino en la cárcel  adonde va a parar María Paz (la protagonista) estalla justo cuando les prohíben a las reclusas hablar en español. En Hot Sur todos los personajes están mediados por la palabra, en tanto son ellos mismos quienes cuentan su historia.
Asumir la palabra como -repitamos el lugar común de- un lugar de encuentro, contribuye al efecto amoroso que la autora percibe de sus lectores en esta esquina lluviosa del Festilectura, pero también convierte a la feria en un emblema de resistencia.
***
En un país donde casi todas las palabras tienen un correlato político, hablar de resistencia en la Plaza Altamira es entrar en un terreno pantanoso del que es imposible salir bien parados. Por eso vendría mejor pensar en un taxi sorteando el tráfico imposible de Caracas un viernes de quincena bajo la lluvia. Va cargado de doscientos cincuenta ejemplares de Hot Sur que hasta hace pocas horas no existían. Estaba el texto, la autora rumbo a Venezuela, el trabajo de años, el esfuerzo editorial, miles de lectores expectantes, impresoras prestas, faltaba el papel ¿dónde lo hallaremos? Algún militante tecnológico insistirá en el libro electrónico como la panacea. Bien. Pero planteémoslo en estos términos: no es el formato, es la cerca.
Editar un libro en Venezuela en condiciones normales no es tarea fácil, pero hacerlo en un país donde hubo que convocar a elecciones treinta días después de la muerte de su Presidente, es poco menos que imposible. Diez días de duelo nacional, suspensión de clases, marchas, concentraciones, cierres de campaña, elecciones, impugnaciones, cacerolas, cohetones. Esa sensación de que nada termina de arrancar, de que se nos extravió el Feliz Año.
Lo decía Carmen Ramia en la inauguración del Festival Internacional de Teatro de Caracas 2013: "de todos, éste ha sido el más difícil de organizar". Lo decía el Gran Combo en La Fiesta de Pilito: "si el año pasado tuvimos problemas quizás este año tengamos más".
Sin embargo, más de 230 mil personas visitaron el Festival de Lectura de Chacao durante dos semanas, resistiendo, entre otros embates, la intemperancia del clima, los libros a precio de devaluación o la insistencia de algunas editoriales de llevar el sale en lugar de la novedad. Nombres propios de escritores reconocidos y de lectores anónimos. Gente que quizá no viene a leer pero tampoco quiere estar sola. Decenas de actividades sucediéndose a la vez. La agenda oculta de la feria que termina siendo igual de interesante*.
"Léeme este cuerpo, mami", podría decir el hombre que acaba de reparar en el slogan de la feria sonriendo con picardía. Pero pasa de largo, quién sabe hacia dónde. Visto desde arriba, el escenario de Festilectura luce como una especie de baile colectivo, un peregrinaje de seres diminutos cruzando puentes desde todas las orillas posibles. Aquí, las semejanzas o las diferencias adquieren otro cariz. Eso que llaman perspectiva. Es lo más cerca que hemos estado en meses de mirarnos sin sospechas.
La construcción de consensos es difícil –apunta Restrepo quien participara del proceso de paz en Colombia en la década de los 80, del cual surgió su libro Historia de un Entusiasmo pero sin ellos la vida se vuelve imposible, peligrosa. Hay que asumir el compromiso de no pararse de la mesa, de reconocerle al otro una legitimidad en cuanto a adversario y de perdonar. Lo más importante en un proceso de paz es el perdón, es tan fundamental como complejo, porque ese que me agredió, que me insultó, que me desprecia y al que yo desprecio, es al que tengo que perdonar y darle la oportunidad de convivir conmigo. Hacerlo con los amigos no tiene sentido. Por eso me gustó escribir una novela sobre gente que es capaz de saltarse las fronteras, de desafiar toda la rabia que hay detrás de la construcción de una muralla, un concepto, además, totalmente medieval y anacrónico. ¿A quién se le ocurre construir muros para dividir gente?
***
De regreso al hotel luce exhausta. Pide un té verde, habla de consensos con la misma familiaridad que de la música de Molotov, de sus personajes, de los géneros fronterizos, de la dicha que tiene la literatura latinoamericana actual de no ser un boom o de su negativa a usar redes sociales. Se queda en silencio un largo rato mientras piensa en cuál libro le regalaría a Venezuela.
La autobiografía de Nelson Mandela -contesta finalmente- esa inmensa y prodigiosa lección de diálogo. Y, cómo no, de resistencia pacífica.


*La persecución a Horacio Convertini en el concierto de Famasloop; conocer a Eduardo Sánchez Rugeles con su cara de niño bueno -zapatos Timberland incluídos- en contraste dramático con sus personajes demoníacos; la guarapita en Lugar Común; la generosa honestidad de Rodnei Casares cuando te quita un libro de la mano y te dice "ese no, éste" entregándote otro, sin equivocarse nunca en tus gustos. Las cervezas en los chinos, las sardinas firenzes. Hay cuentos.

domingo, 5 de mayo de 2013

El fin de la inocencia


Habrá sangre. Seguro habrá dolor. Esta es mi última noche con una muela de leche.
Hace más de un año me advirtieron que esto iba a pasar pero, como siempre, no quise apurar la despedida. No es lo mismo perder algo a que te lo arranquen. No es lo mismo decir adiós que desaparecer.
En un mundo en el que nada permanece, mi muela y yo aceptamos el destino de la insustituibilidad. Una condición un tanto ególatatra que nos mantuvo juntas, cómplices, durante más de veintisiete años.
Cuando me enteré de que no hubo Dios en el mundo capaz de crear un diente que expulsara a esta muela de su sitio, le tomé, más que respeto soberbio, muchísimo cariño. Su malformación me pareció tierna, providencial. Además me dio una historia para romper silencios incómodos de sobremesa o para consentir a los nietos.
-Pero mamá, la abuela Mela también tiene un diente de leche.
-La abuela Mela está loca, igual vas a ir al odontólogo.
Pocas veces vemos tan claro el momento en el que se nos rompen los sueños. Yo que quería ser una vieja loca con un diente de leche, terminaré convertida en una abuela de implantes que va a clases de pilates los miércoles por la tarde en el club.
A partir de mañana seguiré riéndome con toda la encía pero no con todos los dientes. Tampoco me antojaré de helado a medianoche, ni le mentiré a mi padre cuando llame a preguntar si ya desayuné. Dejaré de llorar con los cuentos de Oliver Jeffers, de jugar con perros ajenos, de odiar a los gatos, de sacarle la lengua a los niños en las colas de los bancos. Seré más eficiente y puntual. No hablaré con extraños.
Pero miraré cómo una parte de mi ocupa otro lugar. Un espacio afuera que no es éste pero también es mio. Estaré más cerca de entender el extrañamiento del amor. Eso de que una parte de mi se va contigo siempre me ha parecido falaz. En rigor, yo siempre me quedo conmigo, eres tú el que se va sin despedirse.  

viernes, 29 de marzo de 2013

La intimidad como espectáculo - Paula Sibilia




"La vorágine industrialista habría atropellado las condiciones que permitían la narratividad en el mundo premoderno, un entorno arrasado por el frenesí de las novedades: con un aluvión de datos que, en su rapidez incesante, no se dejan digerir por la memoria o recrear por el recuerdo. Esa aceleración habría generado una merma de las posibilidades de reflexionar sobre el mundo, un distanciamiento con respecto a las propias vivencias y una imposibilidad de transformarlas en experiencia.
Antes, mucho antes, era diferente. Las viejas artes narrativas exigían una entrega total y una distensión en la escucha, un don de oír íntimamente ligado al don de narrar, un grado de calma y sosiego emparentado con el sueño, en el cual flotaba cierto olvido de sí mismo. Algo que en aquel universo premoderno era perfectamente posible, pero que hoy se vuelve cada vez más raro: una disposición del cuerpo -y del espíritu- que radica en el extremo opuesto de la tensión, la ansiedad y la velocidad que propulsa nuestro ser en la contemporaneidad." Paula Sibilia "La intimidad como espectáculo" p. 48

martes, 5 de marzo de 2013

Hoy se murió Chávez


Sé que mis hijos me preguntarán quién fue Hugo Chávez y hoy me di cuenta de que no tengo una respuesta. Por suerte todavía no tengo hijos.
Siempre di a Chávez por sentado. Encendías la tele y estaba allí, ibas al abasto y veías su foto. Le ponías las nalgas en la cara cuando te recostabas de una pared. 
Creo que pasarán años hasta que logre armar una respuesta coherente, una que sea mia, propia, tejida con los retazos de memoria que logre rescatar antes de que el mito se nos escape de las manos. Me prohibiré contarles versiones ajenas o darles a leer algún ejemplar de historia oficial. Por eso quiero experimentar todas las emociones disponibles. Llorar como lo hice hoy o sentir miedo como seguro me ocurrirá mañana. Quiero vivirlo todo sin exigirme sindéresis. No me interesa hacer análisis sesudos ni lucir como si estuve meses preparándome para esto. Hoy no.
No sé si alguien que no sea de mi generación puede entenderlo a cabalidad, tampoco importa. Lo cierto es que cuando Chávez irrumpió "por ahora" en la escena política nacional yo tenía cinco años. Cuando ganó la presidencia por primera vez mi mamá estaba viva. "Bueno, ojalá lo haga bien", dijo ella que había votado por el otro candidato. Mi papá la miró con incredulidad.
Tengo 26 años. No he votado en elecciones donde no participaran Hugo Chávez o los candidatos de su partido. No recuerdo cómo eran los gobiernos anteriores. Me gradué del liceo y Chávez era presidente. Cuando me dieron mi primer beso Chávez era presidente. Me enamoré, perdí la virginidad, me emborraché, vomité sobre una tarima, hice cosas ilegales, las repetí, me gradué de profesional, me postgradué, me despeché, me enamoré de nuevo, me despeché otra vez, despedí amigos a causa de la situación del país, hice amigos nuevos, me alcanzó la crisis, me atracaron, vi morir, y todas las veces Chávez era el presidente.
Ha sido la relación más larga que he tenido con alguien que no sea miembro de mi familia. Esto obviamente es una distorsión, lo dice la teoría política, pero les advertí que hoy quiero rozar un par de límites peligrosos. Mañana tendré que escribir textos en los que me contenga hasta desaparecer, pero hoy se murió Chávez.
Supe que se iba a morir el día que le anunció al país que tenía cáncer. He perdido a demasiados seres queridos por esa enfermedad como para creer que su caso iba a ser diferente. Hace dos semanas, cuando salió la foto con sus hijas como prueba de vida vi a la muerte en su cara. Allí estaba, hundiéndole las sienes y tragándole los ojos, como lo hizo con mi mamá y con los miles de muertos diarios víctimas de la violencia o de la misma enfermedad. Nunca tuve esperanzas. Podemos hacerlo todo menos no morirnos.
Hoy fui a la Plaza Bolívar, supongo que a mirar dolor y rabia, pero también a mezclarme con gente que ve a Chávez en el fondo de la taza del café, que se lo toma, que lo saborea, que si se le acaba lo vuele a colar porque Chávez vive, es inacabable. Eso corean. No es mi mundo habitual. Por eso me hago una piel de gallina y decido dejarme llevar. Con cada consigna voy cediendo un poco más. Entrego algo que no voy a poder recuperar. Me gusta. Finalmente lo estoy sintiendo todo con una intensidad abrumadora. Soy incapaz de fijar algún recuerdo para cuando alguien me pregunte ¿Dónde estabas el día que murió Chávez? Estoy fundida con algo que me sobrepasa, como si esa ola que me envuelve pudiera no matarme sino hacerme flotar en un líquido denso. Casi no escucho. Se me tapan los oidos. Me pesan los ojos. He llorado. Estoy llorando justo cuando me descubro pensando que Chávez está muerto, que qué bolas esta vaina, pana, ¡Chávez se murió!