sábado, 5 de septiembre de 2015

El orgasmo femenino y el fin de la histeria

Si no sabes si lo has sentido, entonces, querida, no lo has sentido. A diferencia del masculino —desparramado, evidente, comprobable—, el orgasmo femenino pareciera seguir siendo un asunto de gruta, de punto inalcanzable, de territorio inexplorado.
A finales del siglo XIX, las aristócratas victorianas eran comúnmente diagnosticadas con histerismo. Casi cualquier cosa podía ser histeria. Desfallecimientos, dolores de cabeza, comportamientos atípicos, sudoración, exceso de calor, exceso de frío: todo era histeria. Entonces, las maltratadas eran sometidas a sesiones “curativas” de su pulsión sexual, estimuladas genitalmente por sus médicos hasta alcanzar el “paroxismo histérico”. Es decir: el orgasmo. Se prescribían sesiones masturbatorias frecuentes o la concepción de una nueva prole para “calmar” las ansias del útero que causaban estragos en los nervios de las pacientes. Esto en los casos menos infelices, porque centenares de mujeres también fueron sometidas a vejaciones, reclusiones, ablaciones de clítoris, galvanizaciones y otras barbaries.
Estas prácticas privadas —usualmente consideradas vergonzosas, pues las histéricas significaban una deshonra para la familia— ocurrían en una sociedad ganada por las normas de la más rígida moral, en la que por una parte se alababa el autocontrol individual de las pulsiones en pos del beneficio de la colectividad, mientras por la otra la prostitución alcanzaba niveles históricos de crecimiento.
En esa época, curiosamente, el descubrimiento de la electricidad le dio un espaldarazo al placer con la invención de los vibradores. Algo que sucedió diez años antes de que aparecieran las planchas de ropa.
Cuando en los años sesenta del siglo pasado el orgasmo fue finalmente separado de la función reproductora con la aparición de la píldora anticonceptiva, los avances en la investigación científica ya habían eliminado a la histeria de la lista de patologías. Entonces los catálogos de Sears, la tienda por departamentos estadounidense donde durante casi medio siglo se promocionaron los vibradores como artículos “muy útiles y satisfactorios para el uso casero”, se apresuraron en eliminar la publicidad de estas maquinitas del goce.
¡Y, oh, la hipocresía! Mientras la insatisfacción femenina era considerada una enfermedad se hacía cualquier cosa por aliviarla. Pero cuando empezó a tratarse como un tema de carácter sexual, empezaron los avemarías.
Aun hoy cuando, como en una profecía autocumplida de Foucault, estamos constantemente expuestos a imágenes eróticas, es más frecuente escuchar un verso de reguetón sobre sexo explícito que sostener una conversación pública sobre los inconvenientes para alcanzar el orgasmo o leer un trabajo responsable sobre el tema en la prensa.
Todavía es más fácil resolver la contratapa del diario con una mujer en bikini, llenar las salas de teatro con monólogos donde los órganos sexuales son tratados con eufemismos ridículos o intentar el viejo truco de descalificar a una mujer llamándola “histérica”. Y aunque ciertas excepciones aplican, aún existen aquellos a quienes la simple mención de la palabra orgasmo les resulta incómoda: la acusan de directa, de sensible. “Es delicado”, dicen. Grave síntoma. Preferirían que la realidad estuviera edulcorada por algún emoticón rosado chicle o velada detrás de un ligero rubor de mejillas.
En estos intentos persiste la necesidad de lavarle la cara al sexo con el amor, como si aún —victorianos— precisáramos de una excusa social para sentir placer. Pero también se esconde la amenaza del silencio.
Está la censura directa y está la ignorancia o el tratamiento superficial de estos temas, esa otra forma de silencio.
Desde los cientos de artículos que no dicen nada, tipo “5 tips para lograr el orgasmo”, hasta el número importante de mujeres que son juzgadas de fáciles o ligeras cuando se atreven a poner el tema sobre la mesa (pasando por la caricaturización del porno), existe una realidad aterradora: miles de mujeres adultas el día de hoy se preguntan si alguna vez han sentido un orgasmo.
Ante la duda la respuesta es devastadora: no. No lo han sentido. Y no importa cuánta agua haya corrido por el cauce de la historia ni cuántas veces haya estado a nuestro favor: mientras esa respuesta persista la historia no habrá pasado. Y habremos perdido todos los esfuerzos.
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Texto publicado originalmente en www.prodavinci.com

sábado, 28 de febrero de 2015

Miss Universo y una pregunta difícil

Fuera del manido debate sobre la inteligencia de Paulina Vega, hay una pregunta que sigue sobre la mesa: ¿qué pueden las mujeres aprender de los hombres? Debajo de los reflectores, es un escenario repleto de cámaras que transmiten en vivo a cientos de países del mundo, una chica trata de responder una pregunta: “Es una pregunta muy difícil”, dice Paulina, quien pocos minutos después será coronada como Miss Universo.
Entonces, ¿qué pueden las mujeres aprender de los hombres? ¿Es ésa una pregunta realmente difícil de responder?
Cuando tienes menos de un año de edad y tú única labor es hacer arepitas de manteca/ pa’ mamá que da la teta no pasa nada con el estribillo que condena a la arepita de cebada al papá que no da nada. Pero cuando tienes más de seis y escuchas de pasada que “los hombres” (así, en plural, en esa generalización tan vasta en la que todo cabe) son unos inútiles, muérganos, vagos, infieles, irresponsables, mujeriegos, malos-malucos y que, para colmo, son todos iguales, lo que provoca es devolverse al capítulo de las arepitas.
Al encontrase por primera vez con ideas reivindicativas de nuestra condición de mujer, el instinto es condenar a la cultura patriarcal, llevándonos por el medio al primer hombre que tenga la mala fortuna de cruzarse en nuestro camino al terminar de leer a Simone de Beauvoir. Pero en la vida real, donde las cosas siempre son más complejas que en la teoría, los hombres de nuestra vida nos han enseñado, por contraste, mucho más de lo que podemos listar en cinco segundos de respuesta televisada.
Nos han ayudado a saber, por ejemplo, qué es una bobina o cómo se limpia un borner, qué significan las señas del umpire, lo cómodo que resulta guardar silencio, el placer infinito que esconde un pan con mortadela, decir que sí cuando realmente quieres decir que sí, la belleza deArma Mortal 4, cómo negociar con un mecánico, estacionarse eficazmente en doble fila, abrir una lata de atún con una llave.
Nos han enseñado de practicidad, pero también de simplicidad en un mundo confuso. Pero todo esto también podría enseñárnoslo una mujer. ¿O no?
Entonces, ¿qué podemos las mujeres aprender de los hombres?
Lo único que se erige como una verdad socialmente aceptada es que sólo nos conocemos a partir de los otros. En este juego de espejos, lo que más podemos aprender de los hombres no es otra cosa que una mirada complementaria sobre el mundo, una apertura que aporta perspectiva y profundidad: una sabiduría tan rica como la femenina, a la que sólo podemos acceder a partir del respeto.
Una de las deformaciones de la lucha por la equidad de género ha sido la castración simbólica de la masculinidad sintomatizada en la descalificación, la ridiculización o, incluso, episodios de violencia contra el hombre que (aunque aislados y porcentualmente nimios en relación a los femeninos) no dejan de decirnos que hay algo nuevo sobre el panorama a lo que también debemos prestarle atención.
Cuando se discuten estos temas en fueros privados suele decirse “primero lo primero”. Lograr avances en los derechos de las mujeres, esa ardua tarea que nos ha llevado siglos, sigue siendo el objetivo. ¿Pero de qué nos sirve haber reivindicado el pensamiento independiente, si no podemos pensar también sobre lo nefasto que resulta romperle las pelotas a nuestros compañeros?
Ellos, además, están haciendo su parte. No hay un movimiento reconocido ni bautizado, pero sí una nueva manera de hacer las cosas que busca superar los roles de víctimas y victimarios. Con una completa consciencia de la carga histórica que llevan a cuestas, desde hace años hay hombres apostando a la vida en pareja, a la paternidad responsable, a la sensibilidad, a la distribución justa de las tareas en el hogar. La equidad de género es una batalla que se libra en las cortes, en los medios, pero también frente a la pila de platos por fregar.
Bajo este contexto, quizás la nueva Miss Universo tenga razón: se trata de una pregunta difícil porque implica deslastrarnos de una visión muy oscura, aunque afortunadamente cada vez menos generalizada, de la masculinidad. Y Paulina da en el clavo cuando responde que hay hombres que creen en la igualdad y que bien podríamos las mujeres aprender de ellos.
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Artículo publicado originalmente en www.prodavinci.com

miércoles, 31 de diciembre de 2014

dos.mil.catorce

Amar es desafiar el vértigo y decir que sí ❤

Así termina uno de los años más increíbles de mi vida en el que: 

.- Dejé de hacer cosas que no me gustaban
.- Me dediqué por entero a mi @teamcrea
.- Me hice responsable por los sueldos de otras personas
.- Hice una estructura de costos
.- Dejé de regalar mi trabajo
.- Fortalecí mi carácter con decisiones importantes: Esto me gusta, esto no. Esto lo tolero, esto no lo negocio
.- Usé mi voz
.- Escribí para @Prodavinci
.- Conocí a Leila Guerriero
.- Estuve en un taller con Leila Guerriero
.- Leila Guerriero me dijo que conocía mi blog
.- Dejé de escribir en el blog
.- Sembré una matica de albahaca
.- Se me murió
.- Leí demasiados ensayos
.- Muy poca poesía
.- Conocí Lima, la hermosa
.- Allí aumenté tres kilos
.- Fui a la Feria de La Chinita
.- Allí aumenté dos kilos más
.- Empecé a estudiar astrología
.- Hice terapia
.- Mucha terapia
.- Vi envejecer a mi padre
.- Conservé a mis amigas
.- Besé la barriga de Will
.- Fundé @cariaquitoshop
.- Me mudé con un varón
.- Peleamos todos los días del primer mes. Todos
.- Seguimos juntos porque nos amamos como locos
.- Le dije que sí
.- Ahora vamos a casarnos :)



domingo, 30 de noviembre de 2014

Lilith y el génesis del deseo sexual

La primera mujer que pisó la faz de la tierra disfrutaba del sexo y ésa fue su tragedia. Al menos eso sugiere la interpretación de los textos bíblicos que originó la leyenda judaica de Lilith.
Todo comienza, como siempre, en el Génesis. Sumido en aquel arrebato creativo que dio origen al mundo, Dios creó a la especie humana: “varón y hembra los creó” (1:27). Más adelante nos cuentan que “de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer y la trajo al hombre” (2:22). ¿Pero no había creado ya a la mujer en el primer capítulo? Así aparece Lilith: en un muy discutido vacío de la historia.
Dice la leyenda que Lilith fue esa mujer del primer capítulo. Creada en igualdad de condiciones que el hombre. Original. Única. Un poco hipster si se quiere. Dueña del mundo y de su cuerpo desnudo, pareja de Adán quien, atrapado en esa posición incómoda de tener que fundar la humanidad sin tener mucha idea de nada, la sometía a la peor de las circunstancias conyugales: el aburrimiento de la eterna posición del misionero.
Llitih abandonó a Adán con su vida inalterable en el Edén y se fue a copular con mil demonios a la orilla del Mar Rojo. Antes de eso había descifrado el nombre sagrado de Yahvé y eso la hizo acreedora de un par de alas que fueron su boleto a la libertad. Siglos después se harían novelas de vampiros con su nombre. Éste, y no la muerte de todos sus hijos, ha sido su peor castigo.
En plena depresión del lecho vacío, Adán convenció a Dios de que se sentía muy solo. Lloriquea un poco por los rincones del Paraíso hasta que se queda dormido y cuando despierta Dios ha creado para él una mujer excepcional. Toda regia, toda apéndice, toda madre hasta en el requisito del hijo problemático: toda Eva.
Eva vs. Lilith. En la bóveda de la Capilla Sixtina hay una representación de ese momento tragicómico de la historia en el que nos dimos cuenta de que estábamos desnudos. Miguel Ángel dibuja a la serpiente como una mujer sin extremidades inferiores con el torso desnudo, enrollando su largo cuerpo constrictor alrededor del árbol de la vida. Parece que la leyenda vuelve a darle un papel estelar a Lilith.
 “A ella le gusta mucho el semen del hombre, y anda siempre al acecho de ver a dónde ha podido caer (generalmente en las sábanas). Todo el semen que no acaba en el único lugar consentido, es decir, dentro de la matriz de la esposa, es suyo: todo el semen que ha desperdiciado el hombre a lo largo de su vida, ya sea en sueños, o por vicio o adulterio. Te harás una idea de lo mucho que recibe: por eso está siempre preñada y no hace más que parir”, dice Primo Levi en Lilit y otros relatos.
A diferencia de los hijos de Eva que pueblan la tierra, los hijos de Lilith (los lilims) no sobreviven. Cientos de ellos son asesinados todas las noches por los tres ángeles que el Señor envió hasta el Mar Rojo para persuadir a la desertora de regresar al rebaño. Snvi, Snsvi y Smnglof fueron a buscarla y ella los despachó con una sentencia parecida a “primero muerta que devuelta”. Desde entonces, Lilith se venga de la prole de Adán atacando a los niños recién nacidos y a las madres que no porten un amuleto con los tres nombres de los ángeles vengadores. Ése, dicen, es el origen de la palabra lullaby (que puede traducirse como arrullo o canción de cuna), la cual se entonaba para “ahuyentar a Lilith”.
El mismo plano cartesiano en el que se insertan casi todos los hechos femeninos y que dio origen a creencias tan arraigadas como “damas en la calle y putas en la cama”, tenemos así a la mujer madre que funda el mundo y a la mujer sexual que desova monstruos.
La herencia de Lilith. Esta dicotomía ayuda a entender la simbología que nos rodea, incluso hasta la modernidad. La antecesora de la Barbie fue una muñeca alemana llamada Lilli, con apariencia de dominatrix. Su herencia literaria comprende desde la Reina Blanca de Narnia, laLolita de Nabokov y los seres imaginarios de Borges, hasta el catálogo femenino de Anaís Nin enDelta de Venus. En astrología, ese punto matemático e incorpóreo que se produce justo cuando la Luna está más alejada de la Tierra se llama Luna Negra o Lilith. Su mito logró atrapar a los maestros del psicoanálisis. Lilith y Freud. Lilith y Jung. Lilith y Lacan. Toda una celebridad del mal construida a partir de un suceso tan trascendental como inadvertido: la verbalización de su deseo.
La primera mujer sobre la faz de la tierra no sólo sabía lo que quería, sino que logró convertirlo en texto fundacional, asumiendo sus consecuencias para siempre. Es allí, y no en las tantas vueltas de tuerca de la historia, donde reside su grandeza.
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Artículo publicado originalmente en Culturtetas y en Prodavinci 

sábado, 1 de noviembre de 2014

El cáncer y la trama interrumpida

Los huérfanos de madre somos gente peligrosa. Si la perdimos en alguna etapa de la vida en la que pudiéramos experimentar el dolor con absoluta conciencia, crecemos con la idea de que nada –absolutamente nada– podrá lastimarnos tanto. Entonces, temerarios, vamos por la vida estrellándonos contra los afectos, buscando superar aquel umbral como un adicto que persigue el abismo de la primera patada de heroína.
Yo perdí a mi madre a los dieciséis años. Murió de metástasis ósea luego de luchar nueve años contra cánceres femeninos: de útero y de seno. Todos sus diagnósticos fueron tardíos. Cuando presentó problemas en el aparato reproductor le dijeron que era la menopausia. Cuando empezaron a dolerle los huesos le dijeron que debía bajar de peso.
El de Ysabel fue uno de los 12.66 millones de casos de cáncer que se diagnostican anualmente en el mundo, de los cuales 1.38 millones, que es lo mismo que decir toda la población de Estonia, corresponden a cáncer de mama. Las estadísticas son crueles: el 98% de las mujeres pueden sobrevivir si la detección es temprana y el estadio de la enfermedad es localizado, pero sólo 9,25% de los casos cumple con ambos requisitos.
Siempre sonrío cuando la recuerdo. Solía dar unos consejos terribles; era, ahora lo veo con claridad, profundamente ingenua. Para ella la resolución de los conflictos consistía en desbaratarlo todo y volver a empezar con un ímpetu desbordado. Le encantaban los proyectos nuevos donde nada estuviera hecho, viajar a lugares a donde no tuviéramos mucha idea de cómo llegar, le aburría permanecer demasiado tiempo en el mismo sitio e inventaba expediciones asombrosas que podían terminar en la Gran Sabana. Era sagitario y, como el centauro, podía patear muy lejos algún asunto que le disgustara para correr en la dirección contraria con los rizos al aire.
Amaba su cabello. Cuando se le cayó tras la primera sesión de quimioterapia lloró como una niñita. Todos en casa lloramos juntos. Luego nos reímos a carcajadas por lo graciosa que se veía: muy venezolanos en la tragedia. Compramos unas pelucas que terminaron usando mis sobrinas en los actos escolares. Como sufría de calor, decidió llevar su calva cáncer al viento. Nunca hubo nadie más valiente en todo el mundo.
Probamos de todo: cirugía, quimioterapia, radioterapia, helados curativos de Yaritagua, brebajes milagrosos del Doctor Fulano, peregrinaciones a Betania, sanación de chakras, batidos de proteínas, terapia de abrazos, terapia de risas, psicoterapia, llorar hasta quedar vacías, preguntarnos por qué, todos los días, conocer otras pacientes, vernos en su dolor. Aceptar. Soltar. Morirnos. Hicimos de todo hasta morirnos, incluso los que quedamos vivos, porque nadie regresa incólume de la experiencia de la muerte.
Desde entonces, las preguntas siguen allí. Qué pasa en ese cuerpo de mujer que no fue dócil, ni amable ni sabio cuando decide arremeter contra sí mismo. Por qué, justamente, los órganos que definen el género. Por qué tanta rabia profunda, ancestral, anquilosada, contra lo femenino. Mamá se murió sin que pudiéramos averiguarlo y he pasado demasiado tiempo preguntándome cómo se recomponen emocionalmente las fibras de un tejido dañado, porque eso es el cáncer: una fibra rota.
Decía Freud, con su particular misoginia, que el único invento destacable de la mujer en la historia de la humanidad había sido el tejido, que eso explicaba nuestra afinidad por el mundo de la moda. Quizás también explique la dolorosa realidad de miles de mujeres esclavizadas en maquilas, dedicadas al corte, la costura y la confección. La mano de obra barata de las grandes marcas de ropa es femenina y menor de edad, pero eso no lo previó el padre del psicoanálisis.
El tejido nos oprime o nos libera. Por eso, si usamos el símbolo a nuestro favor, el huso, la rueca, la aguja y el hilo, funcionan para unir aquello que está separado, algo que las mujeres hacemos con maestría desde el inicio de los tiempos, aunque a Eva la hayan tratado de convencer de lo contrario. Si sabemos cómo unir, si uno de nuestros súper poderes es el enlace, entonces nos debería faltar muy poco para liberarnos del cáncer de mama. Bastaría con que tratáramos de conectar nuestro dolor con el dolor de los otros en una trama de apoyos concretos.
Pero también de restituir el hilo que conecta a la mujer consigo misma. Con el reconocimiento, aceptación, hasta regocijo de lo que nos hace distintas, en el disfrute de nuestra capacidad de crear, sea un hijo, proyecto, empresa, comida, obra de arte. ¿Podría tratarse de algo tan sencillo como aceptar que soy mujer, me gusta y no me pesa? No lo sé, pero como descendiente de una víctima de cáncer femenino es lo que estoy intentando.
Los huérfanos de madre que murieron por estas razones somos legión, 1 de cada 42 pacientes muere dejando a un gentío herido por el mismo hilo roto. Porque aunque todas las postales del día de la madre –y hasta la propaganda oficial– digan que los muertos viven, te acompañan, te protegen y hasta guían las riendas del país, la ausencia es un hecho físico. Hondo. No puedo levantar el teléfono para preguntarle a mi mamá que haría ella en alguna situación o si quiere salir a tomarse un café. Tampoco puedo verla envejecer para hacerme una idea de las transformaciones que me esperan. Hablo del cuerpo y de los sentidos. De una proximidad que me fue negada. No puedo sentir su temperatura, apenas puedo recordar la textura de sus manos, ya no sé muy bien qué tan alta era. Y el problema no es que nada duela más que esto, sino que todo duele exactamente igual.
Días antes de que mamá muriera, mi hermana mayor descubrió que había heredado sus manos. “Cuando mis hermanas te extrañen yo les diré que tengo tus manos”, le dijo. Eso es lo único que tengo, las manos de mis hermanas a las que tejerme.
Pero también estoy yo aquí, me tengo como prueba viviente de que mi mamá pasó por la tierra. Tengo mi voz para decir: soy mujer, me gusta y no me pesa.  También tengo mis manos para tocar a los otros y tocarme a mí misma, porque nunca un eslogan fue tan acertado: ¡Tócate! Para detectar algo a tiempo.
Tócate para reconocerte. Tócate: tente contigo, no permitas que el hilo se rompa. No te separes de la trama.
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Artículo publicado originalmente en www.prodavinci.com 

sábado, 4 de octubre de 2014

La buena fortuna de George Clooney

Amal Alamuddin y George Clooney acaban de casarse en Venecia en una boda con portada de revista Hola! incluida. Mientras todos los reflectores alumbran a la mujer “que logró” sacar a Clooney de la soltería, hay que hacer un alto para preguntarse quién logró qué.

Veamos: Amal Alamuddin es libanesa, escritora y una de las abogadas más prestigiosas del mundo. Sus especialidades son el derecho penal, internacional y los derechos humanos. Fue la abogada de Julian Assange, del jefe de espionaje de Gadafi, asesora de Kofi Annan y del rey de Bahréin. Es decir: sabe de maldad. Y todo esto se conoce porque tiene su propia entrada en Wikipedia. Se trata de un mujerón con rasgos exóticos que se bate en las principales cortes internacionales y que (seguramente) se pagó ella misma su vestido Oscar de La Renta.

Está claro que se encontraron, se enamoraron y lograron esto juntos, como el resto de las parejas del planeta. Sin embargo, la opinión pública quiere hacer lucir el enlace como una epopeya en la que cayó el último eslabón perdido de la soltería masculina, sin preguntarse si en estos momentos Clooney está estrellando sus hermosos y alineados dientes contra los muros empedrados de Venecia, en agradecimiento por haberse conseguido semejante compañera que, además, accedió a casarse con él.

Durante siglos las mujeres hemos llevado a cuestas el estigma de ser las caza-maridos. Durante muchos años nuestra supervivencia estuvo muy ligada al matrimonio. Aún hoy, en India, las mujeres viudas o abandonadas por sus esposos se convierten en parias sociales a la buena de algún dios. Pero también hoy, en Occidente, 50% de las parejas se divorcian antes de los cinco años de matrimonio. Luego el dato se convierte en carcajada: 75% de esos divorciados reincide en segundas nupcias, por lo que nos vendría bien empezar a pensar que ambos géneros están igual de interesados.

Con todas las estadísticas en contra, Amal y George decidieron casarse un día de septiembre en una ciudad de aguas estancadas. Él, divorciado en 1993 de la actriz Talia Balsam (quien curiosamente representa a la ex-esposa de Roger Sterling en la serie Mad Men), juró que no volvería a pisar ese campo minado. A su alrededor se fue construyendo el mito: guapo, sexy, exitoso, soltero e inalcanzable.

Pero nadie podría saber cuántas noches George soñó con Amal antes de conocerla, ni tampoco si se le aceleró el corazón cuando la invitó a salir o si se le encendieron los ojos de admiración escuchándola hablar del conflicto árabe-israelí. Una mujer como Amal es una criatura que brilla. “Es la abogado de Derechos Humanos más atractiva del planeta”, dijo de ella quien fuera declarado uno de los hombres más sexys sobre la Tierra: su marido.

A este capítulo se le llama La Buena Fortuna, que a veces es lo único que hace falta para emparejarse sin voluntades doblegadas, ni sogas al cuello ni giros truculentos de la trama. En esta historia no hay presas ni cazadores. Sólo dos adultos sospechosamente enamorados, que pasarán el resto de su vida matrimonial decidiendo qué lado de las estadísticas engrosar.

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Artículo publicado originalmente  en www.prodavinci.com 

domingo, 6 de julio de 2014

La meditación


Para Kira, que me preguntó cómo es eso de la meditación

Empecé a meditar en un buen momento. Era febrero de 2012. Estaba saliendo con un chico que me gustaba mucho, olía rico, era divertido, el sexo era fabuloso, no estaba enamorada pero me sentía dichosa. Había logrado pararme de cabeza en yoga, no tenía celulitis porque entrenaba como una loca, empecé a trabajar en @CreaComu y las cosas estaban tomando forma después de haber explotado en mil pedazos a finales de 2011.
Rescato lo del “buen momento”, porque se suele creer que hay que estar en el último estadio del dolor para empezar a meditar o hacer algún tipo de trabajo espiritual, eso no es cierto. Además, hay que deslastrarse de esa idea de que lo único que te hace evolucionar es el sufrimiento. No. En la diversión, en la alegría, en el consentimiento, en hacer lo que nos gusta y pasar tiempo con nosotros también se crece un montón. Eso es para mí meditar y pintar mandalas: un rato de alegría que le peleo a la rutina.
Ahora, la pregunta de las cincuenta mil lochas: ¿Cómo meditar? La respuesta siempre es simple: como quieras. Se cree erróneamente que meditar es dejar la mente en blanco. La única manera de que eso ocurra es que te hagan una lobotomía. El objetivo de la meditación es uno solo: observar tus pensamientos y dejarlos pasar SIN JUZGARLOS, concentrándote únicamente en tu respiración. Aquí es donde a todos se nos enreda el papagayo. Una de las tareas favoritas de la mente es emitir juicios, ordenar el mundo en categorías: esto es bueno, esto es malo, esto es bonito, esto es feo, deberías, no deberías. La tipa puede llegar a ser realmente insoportable.  
Otra de las ideas que ha prosperado para “vender” la meditación son estas rutinas con fondos musicales de pajaritos, con un guía medio pangola que te pide imaginarte en un sitio muy bonito con la esfera de luz cubriéndote y la cosa. Eso es un trabajo poderosísimo pero se llama “visualización”, no meditación.
Si no has lidiado con tu mente durante al menos quince minutos, dejando pasar los pensamientos sin engancharte con ninguno, te cuento: es rudo. Para mí meditar es exactamente como escribir: siéntate allí y échale bolas. Por eso, además de la respiración y sólo si gustas, puedes ayudarte con elementos externos. Mi amiga Carla escribió un artículo sobre ellos en Tantras Urbanos, puedes leerlo aquí.
Hacer de la meditación un ritual es algo que en lo particular me ayuda muchísimo. Procurar que sea siempre a la misma hora y en el mismo sitio de la casa (como el “spot” de Sheldon), encender una vela o un incienso escogiéndolos conscientemente por colores y fragancias, son cosas que te ayudan a “entrar” en actitud meditativa. Además son súper útiles cuando vives con otros porque ellos aprenden a respetar tu momento como algo importante sin interrumpirte.
También puedes usar mantras, malas y mandalas. ¡Me encantan esos nombres! Los mantras son sílabas sagradas en sánscrito, ese idioma antiguo incomprensible para nosotros que resulta perfecto para decirle a la mente “tontita, no puedes controlarlo todo, relájate y coopera”. Cuando los repites mentalmente o los pones a sonar en el iPod, no sólo la energía del espacio se equilibra sino que disminuyes las probabilidades de quedarte atascada en un pensamiento recurrente. Los malas son una especie de rosarios hindúes con 108 cuentas, el número sagrado que deberíamos usar para repetir los mantras. Cualquier parecido con la simbología católica no es casualidad, es el inconsciente colectivo mordiéndose la cola. Los mandalas funcionan como los mantras, si te concentras en pintar sin salirte de la línea o en las formas que se van presentando ante ti a medida que coloreas, es más difícil estacionarse en algún pensamiento. ¿Lo ves? Son pequeñas trampas para la mente que ayudan como anclajes al momento de enfrentarnos al silencio.
Igual siempre puedes hacerlo sin todos estos aditivos o con otros distintos que escojas. Para meditar sólo te necesitas a ti misma y a tu respiración. Esto lo hace un método accesible a la mayoría de los seres humanos. Sólo está contraindicado para personas con trastornos psicológicos severos, por razones obvias.
Cada experiencia es distinta, a medida que pase el tiempo y lo hagas con regularidad vas a ir observando(te). Si te funciona, puedes llevar una agendita donde anotes cómo te va, qué sientes. Más como un registro que como un “diario de logros”. Trata de no ver nunca estos procesos como una competencia. Son personalísimos. Hay gente para la que meditar es un paseo, a otros les da sueño, para mí es un trabajón que me pone “plin”, como una recarga de baterías que me da foco. Además me deja un hambre atroz. Pero hambre de un plato de pasta, en serio, por eso trato de no hacerlo de noche.
Los métodos son muchos: meditación zen, meditación activa, meditación kundalini, meditación en movimiento, todos basados en la misma premisa que acabo de compartir contigo: no te enganches a la mente, concéntrate en la respiración. Por eso también se le relaciona con el yoga. Si estás ocupado tratando de mantener correctamente una postura, no puedes pensar en la lista del mercado o en si habrá llegado la leche porque te caes como una estúpida.
Mi única recomendación adicional es que no te satures. En Internet hay un montón de información, además estos temas están de moda, todo el mundo tiene una versión y es muy fácil extraviarse o sentir ansiedad por “hacerlo bien”. Sólo siéntate un rato a respirar. Al día siguiente siéntate otro rato a respirar, al día siguiente de nuevo. Inhalar/exhalar, eso es todo. Trata de no engancharte en los pensamientos, tampoco luches para que se vayan. Cuando lleguen, obsérvalos y vuelve a concentrarte en inhalar/exhalar. Por favor no persigas una sensación. Si te sientas a respirar pensando “qué rico, estoy meditando, esto era lo que necesitaba, ahora sí voy a relajarme”, no estás meditando: vuelve a la respiración. Siempre, siempre, siempre, vuelve a la respiración.
Al final, esto es un poco como manejar bicicleta sin rueditas. Nadie ha escrito nunca un manual sobre eso, por lo que en este punto puede que el post te resulte realmente inútil. Pero a veces es necesario repasar lo complicado para volver al origen: lo primero que hiciste en la vida fue respirar. Vuelve allí. Airecito entrando por la nariz, llenando la bolsita de la panza y saliendo por la nariz. Eso es todo. Es deliciosamente simple. ¡Inténtalo!

miércoles, 2 de abril de 2014

Estamos tristes


Desde que volví de vacaciones me he negado a bajar de peso. Tengo varios kilos de más y una incipiente celulitis brotando en la parte trasera de los muslos. Como soy una tipa vanidosa, durante el viaje no me preocupé, sabía que apenas pisara mi país haría de todo para recuperar la figura. Han pasado dos meses desde que volví de vacaciones y acabo de merendar sendo pan dulce con mantequilla. Es oficial: estoy deprimida.
Aunque la anécdota parezca baladí, casi todos podríamos identificar algún síntoma de nuestra propia tristeza. Desde que comenzaron las protestas he sido testigo de las siguientes frases: “me cuesta levantarme en las mañanas”, “no quiero salir de mi casa”, “me duele el cuerpo”, “volvieron las jaquecas”, “tengo alergia”, “no puedo dormir”, “me despierto en la madrugada sin motivo”, “todo se me olvida”, “no me puedo concentrar”, “duermo mucho”, “duermo poco”, “vamos a vernos pero temprano”, “quiero salir pero no tengo plata”, “quiero salir pero nada está abierto”, “quiero salir pero tengo miedo”, “carga una pantaleta en la cartera por si no puedes llegar a tu casa”, “¡¿Dónde estás?!” que culmina con un desesperado “¡¿Estás bien?!” al otro lado de la bocina a la una de la madrugada porque a dos cuadras de tu apartamento quemaron una tanqueta.
Algunos días, que no son pocos, camino hasta la parada del autobús pensando en cualquier asunto agradable, sintiendo el asfalto debajo de la suela e imaginándome que hay una parte del aire que no llega al piso porque lo repele el vapor.  Me divierten las cosas pequeñas, como la hoja del árbol que se me enredó en el pelo o la gota de sudor que baja desde la nuca por mi espalda, porque hace más de dos meses que no llueve y ya no sé qué es peor, si el calor, el gobierno o la oposición.
Pero hay otros días, que pesan como diez. Camino desde la parada del autobús raspando los pasos hasta el supermercado a preguntar si llegó el café. Me dan ganas de llorar cada vez que me dicen que no hay. Todo me da ganas de llorar. Cuando L. me dice que estoy linda me dan ganas de llorar, cuando me aprueban un proyecto o me piden modificarle una tontería me dan ganas de llorar, cuando la impresora se queda sin tinta, cuando la plata no me alcanza, cuando llego a tiempo o cuando se me hace tarde, cuando leo las noticias, cuando no veo en las noticias lo que en realidad pasó, cuando trabajo en exceso, cuando no quiero trabajar, cuando se me acaba la pila, cuando hablo con mi papá, cuando no me contesta, cuando abrazo a mis hermanas, cuando no las puedo ver.  Soy un maldito síndrome premenstrual ambulante… ¡En loop!
Además tampoco puedo escribir. He delegado todos los textos que tenía por delante, incluso esos de “mascarillas hidratantes de aguacate para el pelo” que uno suele aceptar para completar el pago del alquiler. Nada. Esta cuartilla repleta de enumeraciones caóticas y lugares comunes es una muestra de mi atrofia muscular. Estoy exhausta. Estoy triste.
El domingo pasado ocurrió algo grandioso: logré permanecer 15 minutos completos en zazen. Estaba feliz. Obviamente, me dieron ganas de llorar. Lo hice un rato largo, calladita. L. se acercaba cada tanto a tomarme la mano en silencio. Creo que está tan triste como yo pero los peruanos no lloran porque en Lima no llueve.
Estamos tristes.
Papi se cayó de una escalera mientras regaba las matas. Se le fueron los tiempos. Aterrizó sobre las orquídeas sin lastimarse porque es afortunado. Llevaba dos días alimentándose con jugos, no le daba hambre. Papi vive en el Oeste, no está expuesto a las guarimbas, no ve televisión, no tiene Twitter, además es llanero, tiene muchos amigos, juega dominó todas las tardes, pero está triste.
-¿Estás deprimido?
-No hija, a mí no me dan esas mariqueras. Sólo he tenido el cuerpo malo, no sé. Como que no me quiero parar y paso todo el día acostado.
Estamos tristes.
Cae una lluvia ridícula sobre la ciudad cuando me siento a escribir. Afuera pasan cosas de las que nunca me voy a enterar pero esto suena y huele como lluvia, la primera después de meses. Hay hechos ciertos. A la ramita de albahaca que puse a germinar le salieron raíces. La casa de mi hermana, a dos cuadras, comienza a oler a bombas lacrimógenas, pronto la nube de gas llegará hasta aquí. Un hombre recibe un disparo en la cabeza en Porlamar. Las madres de los muertos extrañan a sus hijos. Alguien recorre con los dedos el borde de una cicatriz. El miedo es un peso difícil de llevar.

1 de abril 2014




lunes, 30 de diciembre de 2013

dos.mil.trece


Viví sola
Me cortaron la luz
Hice ejercicio seis meses. Los otros seis descansé
Aumenté tres kilos
Me veo mejor
Leí y escribí más de lo que esperaba
Leí para mi
Escribí para otros
Salió nuestro libro de Choroní
Trabajé como una posesa
No dormí en meses
Ahorré dinero
Me lo devaluaron
Me hice reflejos
Protegí a mi familia
Extrañé a mis amigos
Me quitaron la ortodoncia
Ahora me rio hasta con las encías
Entendí el valor de lo que hago
Lo hice valer
Peleé con Carla
Nos reconciliamos
(todas las veces)
Coordiné un equipo grande
Pauté a Maite Delgado
Aplausos
Hice comida thai
Regué mis matas
Crecieron agradecidas
Hice un detox
No lo vuelvo a hacer
Bailé en pantaletas
Toqué charrasca
Tuve una resaca de tres días
Lloré a mis mujeres muertas
Aprendí a recibir
Deseé en voz alta:
"Quiero algo con ese hombre"
Le dije que sí
Ahora como peruano con los dedos

Foto: Juan Carlos Villegas

sábado, 23 de noviembre de 2013

Detox (Parte I)


He pasado tres días en el infierno, ese lugar donde no pasas hambre pero no puedes comer.

Día1
Una temporada intensa de trabajo devaluó mis hábitos alimentarios a niveles de maracucho camionero, tras lo cual decidí someterme a un proceso de desintoxicación. Someter es la palabra correcta porque se trata de doblegar la voluntad y la mente, dominarse, contenerse. Sufrir.
Si como dice Murakami en su libro sobre correr, “el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”, yo había escogido claramente la segunda opción. Lo comuniqué a poquísimas personas, recordando ese pasaje de la Biblia que siempre me ha gustado sobre aquellos que no entrarán al reino de los cielos porque hacen ayuno pero gritan a los cuatro vientos sus pesares. Me recomendaron hacerlo con una intención ulterior de crecimiento personal, me pareció adecuado incorporar un toque de misticismo, así que formulé mi propósito interior y me fui a dormir con la firme intención de no probar bocado durante las próximas setenta y dos horas.
El primer escollo llegó a las 6 de la mañana del día 1. Las instrucciones del programa indicaban que debía romper el ayuno nocturno con una infusión natural. Error. Si hay una ventaja en la adultez es obtener algunas certezas sobre uno mismo para no confundirse en las horas chiquitas. Por eso hasta ahora me he planteado unas poquísimas pero muy útiles reglas de supervivencia aplicables a casi todos los aspectos de la vida: uno, no uso animal print; dos, no salgo con militares; tres, no defiendo policías y cuatro, nunca voy a dejar de tomar café por las mañanas. Así que podríamos resumir la experiencia afirmando que arruiné mi detox desde la hora cero.
El segundo error en la aplicación del programa fue hacerlo en días laborales. Si bien recomiendan mantenerte ocupada para no darle bola a la imaginación, tener que explicarle a la secretaria de tu oficina que todo está bien, que no estás deprimida, que no es anorexia, que son sólo juguitos naturales, que no te sientes débil, que no gracias que no quieres torta negra, es un agravante para la situación.
A la hora del almuerzo del primer día, salí de la oficina con mi potecito de jugo. Me senté en un banquito de la plaza a repasar mentalmente todos los lugares cercanos disponibles para comer y los posibles menús del día. Sopa de garbanzos con patica de cochino, asado negro, arroz y tajadas, carne guisada, arroz y ensalada rallada, pollo al horno con yuca y guasacaca, pasta Boloña, pasticho de berenjenas, fetuchinis con tomates secos y queso de cabra, calabacines gratinados, polvorosa de pollo, muchacho relleno, pabellón con queso frito, ensalada de gallina, hallaca, pernil, pan de jamón, cabello de ángel, tocinillo del cielo, guayoyo con pan camaleón, papelón con limón y este potaje de pepino con celery que me tomo de a sorbitos para que no se me acabe.
Pienso en la intención superior que me acompaña, me concentro, me calmo. Me reconforta la idea de que después de todo esto mi cuerpo estará más limpio y voy a ser un poco mejor. Me engaño. La única verdad es que prefiero comer rico y ser una mala persona.
El final del día no estuvo tan mal. Las chicas de @JuCleanse te consienten con un tres en uno para la cena y una avenita hecha con cariño para antes de dormir. Pasé más de 24 horas sin masticar pero no sentí hambre.  Descansé sin problemas. No soñé.