Seguimos dando ramazos contra la pava, la peste, el tráfico, los malos y las malas, por supuesto.
La bruja está en la casa, Para disfrutar de más vino, más amor, más letras, más trabajo, logros y esas cosas…
Feliz Año, todos los días
Fíjate que no es que me quisiera quedar. No me pasa con frecuencia. Suelo estacionarme durante mucho tiempo, estarme quieta. Me muevo por dentro cuando no me ves. Cuando me ves, sonrío.
Así que no me quería quedar. Pero volver era decidir y eso tampoco se me da fácil.
Entonces escojo las calles frías y la amabilidad Sí, señora. No, señora. Cómo no. Qué necesita su merced. En qué la ayudo. Los libros baratos y la gente que los vende que -¡milagro!- sí saben de libros. La ciudad organizada y limpia. Su transporte público, su arquitectura de virreinato. Las botas, las chaquetas, las bufandas. No te digo que me quedo con sus hombres porque Dios sabe que no me gusta el vallenato, pero podría tomar más Juan Valdéz, comer otra almojábana, gritar otro concierto, dormir un poco más, salir por las noches sintiéndome segura. Podría acostumbrarme a todo excepto a la idea de regresar, porque no se me dan bien estas cosas, porque cuando debo decidir huyo, amanezco en otra ciudad, me quedo, no vuelvo.
Si no ha visto la película, vaya y vuelva. O lea y vaya.
Al ver correr las lágrimas en la última escena habría que preguntarse de dónde provienen, porque sentirse identificado con esa película es, cuando menos, un peligro.
No tiene que ver con la familiaridad que despierta Moncho o la sensibilidad casi platónica de Don Gregorio, porque reconocerse en esos personajes podría producir cierta candidez, un edulcorado bienestar en este mundo árido. Quizá tenga más sentido buscar los puntos en común con nuestra historia en la época en la que se desarrollan los hechos: al borde de una guerra civil de la que nadie se ha entera, hasta que se ven arrastrados por su ira.
En vista de que la realidad suele ser democrática con las desgracias, las posibilidades de vernos interpretando algún papel en una historia de miedo son las mismas que de ganarnos el premio máximo de la lotería -"Hoy te puede tocar a ti"- por eso lloramos.
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La película ejemplifica el peligro que representa ser uno mismo en una sociedad que no está dispuesta a tolerarlo.
El maestro, buena gente, buen maestro, hombre intachable, de principios, republicano, liberal, medio anarquista, es para el franquismo no sólo una ficha prescindible, sino molesta. Merece morir de la mano de los suyos por pensar diferente. Por eso, quienes siempre aspiramos a pensar diferente, lloramos.
El chico, extrovertido, curioso, agudo, vivaz, es el objeto preciado de una ideología fundamentada en el pathos y en los miedos, en esa caja de Pandora que traemos los humanos al nacer y que cuando se abre, nos produce lágrimas.
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En los pueblos, como éste de Galicia que nos convoca, nada escapa de la vox populi y por ende, de los peligros de la masa. La plaza del pueblo, el carnaval, la salida de la misa, la tasca, la escuela, son el ágora griega que te aplaude y luego te condena a la cicuta.
Para que no haya dudas de las implicaciones de la opinión pública en tiempos de guerra, es material sospechoso tanto lo que se dice como lo que se calla. Esa esclavitud de las ideas te condena al silencio o al escarnio de la multitud, que estando asustada e indefensa puede terminar engulléndose a si misma.
Ese es uno de los peligros que encarnan las mayorías. Presas de sus propios prejuicios arremeten contra todo a su paso. "El rojo, el anarquista, el republicano", "El escuálido, el pitiyankee", el oligarca", los epítetos contra el maestro en la última escena dejan desnudos los juicios más profundos de una sociedad dividida en su génesis, enfrentada con su espejo. Siempre habrá algún "otro" en quién expiar nuestras culpas. Alguien en quién depositar nuestros rencores, alguien que cuando nos detenemos a mirar por lo general no es tan distinto a nosotros. Así operan los prejuicios.
Cuando conocimos a los “hombres proyecto” jamás pensamos que podía ser peor.
Loc: Hoy les presentamos el invento revolucionario del nuevo milenio, el único, el inigualable, el patético: “Hombre Pérdida Total”. Con este ejemplar usted tiene asegurada la pérdida TOTAL de su vehículo automotor –ése, el que le regalaron sus padres al salir de la universidad- en un pestañeo.
Testimonio Mujer 1: Con el Hombre Pérdida Total, perdí mi camioneta nueva a sólo tres meses de estar saliendo. ¡Es increíble!
Loc: Así cómo lo oye. El Hombre Pérdida Total está en capacidad de estrellar su automóvil contra cualquier superficie con tal de complacer sus deseos más profundos de desgracia y sufrimiento.
Testimonio Mujer 2: Después de que mi ex marido me dejó por la cocaína, jamás pensé volver a encontrar el amor. Hasta que conocí al “Hombre Pérdida Total”. ¡Ya ha chocado dos autos y vamos a tener un hijo!
Loc: No se preocupe más, el “Hombre Pérdida Total” es el remedio infalible contra su autoestima sana. Con sólo dos aplicaciones de labia efectiva usted quedará lista para que abusen de su buena voluntad.
Testimonio Mujer 3: Al principio estaba renuente a prestárselo, pero luego entendí que si alguien tenía derecho de chocar mi carro, era él.
Loc: No se deje engañar por imitaciones. El “Hombre Pérdida Total” es un irresponsable de primera categoría, nunca conseguirá trabajo, nunca la querrá más de lo que usted a él y jamás aprenderá a distinguir el freno del acelerador.
Loc: En ProNovios2002 le ofrecemos satisfacción garantizada. Llame AHORA y obtendrá el fabuloso ChulOfWife a un precio insuperable. Además, si está entre las primeras cincuenta mujeres desesperadas en llamar le obsequiaremos un disfraz de pera de boxeo para el próximo carnaval. No pierda las esperanzas, siempre puede ser peor.
"En las redes sociales de Internet, como en la vida presencial, hay tres cosas importantes: quién eres (identidad), a quién conoces (contactos) y qué haces (actividades). En un estudio reciente se prevé que en 2013, todos los menores de 50 años formarán parte de una red social en Internet. Pero lo que empieza a ser importante, también, es preservar la intimidad como el último refugio de la libertad individual. Estamos en una sociedad abierta y transparente. Nadie se escapa de la auditoría pública de tu identidad en la red expuesta sin pudor ni filtro por los buscadores. Pero la libertad necesita también privacidad. Hay momentos en los que necesitamos el anonimato como bastión de la libertad para poder decir, íntimamente: Estoy aquí y nadie sabe quién soy, de dónde vengo, a quién conozco y qué actividad desarrollo. Soy libre."
Mi asunto con los deadlines es prehistórico. Todavía recuerdo la cara de mi mamá cuando le pedía plastilina verde a las seis de la tarde de un domingo para terminar una tarea, o las noches en que súbitamente, como una revelación, recordaba el trabajo que debía entregar al día siguiente, las actividades de laboratorio por completar, o el bendito semillero que me persiguió desde que escuché por primera vez la palabra “fotosíntesis”, sepan que es muy difícil hacer crecer una matica de caraotas en un día.
Con los años y las agendas me ha ido mejor. Anoto todo, planifico con anticipación y me resulta medianamente bien… al menos en la mayoría de los casos. Es decir, todo es un caos, porque vivo en un estado permanente de zozobra. ¿Pueden recordar cuándo fue la última vez que no tuvieron absolutamente nada pendiente por hacer? Yo no.
Eso no quiere decir, por supuesto, que todos los días de mí vida resuelva pendientes, pero eso complica la ecuación: cuando no estoy haciendo nada, estoy pensando en lo que tengo que hacer.
Esa fascinación por separar las semanas en columnas y escribir notitas de colores en cada día, es la forma más perfecta de autoflagelación de la que tenga conocimiento. Además, la megalomanía de nuestra especie no nos permite ser otra cosa que unos bocones. Entonces en una semana vamos a ir al gimnasio todos los días, conseguir diez primicias, terminar un reportaje, escribir dos post, tomarnos los ocho vasos de agua al día, las vitaminas, leer las guías del postgrado, no faltar a clases ni una vez, pasar por el banco para lo de Cadivi, terminar el libro que lleva tres semanas en tu cartera, reunirte con tus amigas, ver al novio mínime tres veces y twittearlo todo, por supuesto. Es como querer subir el Himalaya y llegar hasta Sabas Nieves.
Las agendas son el reflejo de tus ambiciones, pero también las bitácoras de tus fracasos. Llevo siete años (¿no ven lo crecida que está Pascualina?) comprometiéndome y defraudándome a mi misma todos los días con cosas mìnimas. En este estado de neurosis, los deadlines son poco más que un punto de honor, son una obsesión personal. Me miran desde el otro extremo de la línea temporal, no sé si se acercan o yo voy hacia ellos, a veces parpadeo y ya están aquí, siempre sobreviven cuando decido arriesgarme a pasar de largo (“encochinamiento” le dicen los escandinavos), son implacables, posesivos, odiosos y bastante vulnerables, porque sólo cuando te decidas, habrán muerto ¿te decides?
Si cada vez que una mujer agredida fuera a poner la denuncia en la Fiscalía la acompañáramos todas las mujeres, no se le borrarían las marcas de la violencia más rápido, ni el juicio andaría con mayor celeridad, probablemente los hombres seguirían golpeando mujeres como antes, como siempre, ni qué decir de sus lágrimas de medianoche. Nada haríamos excepto, ocupar ese espacio vacío que te deja el último vagón del metro cuando lo ves pasar desde el andén.
Por eso fui hoy a la Fiscalía General de la República mientras los 12 periodistas de la Cadena Capriles agredidos ayer, ponían la denuncia. No me sentí una mejor persona, ni di por descontada mi acción demócrata del día para preguntar a otros con soberbia ¿qué has hecho tú?* Tampoco hice catarsis, tengo la arrechera intacta. Pero ellos no estuvieron solos y siempre es un logro derrotar una sensación de vacío.
* Tengo que escribir sobre ese complejo del marchista inquisidor. La gente hace lo que puede, desde donde puede y cómo puede, coño. Además las acciones de calle siempre me han parecido las más torpes e infructuosas entre todas las opciones de participacion democrática. Un poquito de por favor
Artículo publicado hoy (04/08/09) en el Diario El Nacional (Nación/4) escrito por el periodista VLADIMIR VILLEGAS, del cual nos hacemos eco, por suscribirlo en su totalidad.
La criminalización del periodismo
El proyecto de ley de delitos mediáticos, tal y como está redactado, es un instrumento para darle rango legal a la censura y a la autocensura, y una lectura detallada de esa propuesta nos conduce a afirmar que entra en clara contradicción con los postulados de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, la cual garantiza de plano el derecho de los ciudadanos a la libre expresión del pensamiento y a recibir información oportuna, veraz, imparcial y no censurada.
Este articulado propuesto por la fiscal general, Luisa Ortega Díaz, abre una brecha peligrosa en materia de libertad de expresión porque trata de criminalizar el ejercicio periodístico y tipificar como delito la divulgación de informaciones que, aun siendo ciertas, puedan ser caprichosamente catalogadas por un tribunal como contrarias a la paz social o a la estabilidad de las instituciones del Estado.
También constituiría delito informar sobre crímenes, asaltos o cualquier otra modalidad de acciones cometidas por el hampa, e incluso por cuerpos policiales, porque, de acuerdo con el artículo cuarto del proyecto presentado por la doctora Ortega Díaz, pueden generar sensación de inseguridad o de impunidad. La cobertura de sucesos o incluso de catástrofes naturales estaría sometida también a la discrecionalidad de cualquier autoridad judicial, que perfectamente puede tipificar como delito cualquier nota de prensa cuyo contenido, aun siendo estrictamente cierto, ponga en evidencia la negligencia, la incapacidad o la falta de probidad de altos funcionarios públicos.
Es un proyecto que afecta las voces críticas provenientes de la oposición o de periodistas, comentaristas o locutores francamente enfrentados a las políticas del Gobierno. Pero a la vez constituye un cepo para frenar también las críticas que surjan desde medios comunitarios o las protestas y denuncias formuladas por sectores sociales, sindicales e incluso políticos que militan en las filas del chavismo.
La aprobación de una ley con un contenido como ese habría producido en el pasado la repulsa inmediata de conocidos colegas periodistas que hoy son parlamentarios o altos funcionarios y que, con toda justicia y con toda seguridad, no habrían dudado ni un segundo en denunciar como un atropello a la libertad de expresión un articulado que, repetimos hasta el cansancio, pretende, más que legalizar, legitimar la censura previa, la censura y la autocensura.
Desde este espacio nuestro llamado a los parlamentarios para que hagan un acto de reflexión individual y colectivo e impidan la aprobación de esa ley o cualquiera que se le parezca. Hay suficientes instrumentos legales en Venezuela para castigar la difamación y la injuria, e, incluso, el derecho constitucional a la réplica y a la rectificación fue previsto por el constituyente como un recurso para las personas víctimas de informaciones falsas, agraviantes o inexactas. La legislación vigente establece sanciones claras a los abusos cometidos en nombre de la libertad de expresión.
Y en cuanto a las decisiones que han provocado el cierre de 34 emisoras, el hecho de que esas medidas se anuncien en el marco de la presentación de un proyecto que legaliza la censura en sus diversas manifestaciones, y luego de anuncios de la virtual eliminación de los circuitos radiales, deja en claro que no son precisamente razones meramente administrativas las que animaron los anuncios del ministro Diosdado Cabello, independientemente de que puedan existir irregularidades en el uso de la concesión radial. No hay garantías de que una eventual reasignación de esas frecuencias se haga sobre la base de la transparencia y de la equidad. Tampoco hay garantías ni respuestas para los periodistas, operadores y demás trabajadores que hoy quedan en la calle.
Siempre he creído que las bodas son para celebrar que dos personas deciden hacer su vida juntos y formar una familia, por lo que ni siquiera es necesario el trámite del matrimonio. Este video emana tanta buena vibra que uno desde aquí le desea a Jill y a Kevin toda la felicidad que cabe en Internet. Es sencillito, fresco, divertido, como la vida, cuando la miramos de cerca. Enjoy it!
Si hubiera un chiste sobre Philip Roth, sería éste:
- ¿Leíste el último libro de Roth?
- ¿Cuál, el que trata de un escritor norteamericano, judío, obsesionado con el sexo?
- No, el de un judío norteamericano que es escritor y está obsesionado con el sexo.
Es un pésimo chiste, suerte que no exista, porque acusar a Roth de reiterativo sería como pedirle a J.K. Rowling que cambiara de protagonista. Salvando las distancias y los públicos, la invención de un mundo al cual asistirán recurrentemente todos sus personajes, no es una licencia del escritor, es su derecho. No es una "zona de comodidad", es un proyecto.
La vida de Nathan Zuckerman (así como la de David Kepesh) es una zaga, que desconozco si fue o no planificada, pero no deja de sorprenderme. Después de trece años de escribir la trilogía de la edad madura de Zuckerman Encadenado (1985), Roth recurre a la adolescencia de Nathan para presentarnos al comunista Ira Ringold. Idealista, obcecado, héroe arquetípico de una revolución imposible: la del proletariado norteamericano en la época de Joe McCarthy, el senador Republicano por el estado de Wisconsin que convirtió en política de Estado esa tentación latente en los hombres que se activa en su relación con el poder: aniquilar el pensamiento disidente.
"Me casé con un comunista" es el título pretexto del libro que firma Eve Frame, la esposa de Ira, en el cual se le dibuja a éste como la personificación del antiamericanismo, el espía del Kremlin, el mounstro comeniños, además de mal marido. Pero "Me casé con un comunista" es, también, un retrato de las pasiones en los compromisos. Casarse (con una pareja, una ideología, un trabajo, una familia) es consagrarse al objeto filial por encima de otras tantas opciones.
En el viaje de la lectura, conocemos a Ira Ringold que malvive con sus propias contradicciones entre casarse con su ideología o tener la esposa, el hijo, la familia, el hogar ("El comunista quiere todo lo que más aprecia el burgués").
Vemos a Nathan, en un intento de relacionarse íntimamente con las ideas de su mentor político acercándose a la literatura a través de sus primeros guiones radiofónicos casi sacados de un manual de propaganda marxista.
También vemos a Murray Ringold, el hermano mayor de Ira, casado con la esperanza de transformar su realidad inmediata a través de la docencia y con la necesidad de proteger a su hermano de sí mismo.
"El ideólogo es más puro que el resto de nosotros porque es el ideólogo con todo el mundo." escribe Roth en la voz de Murray, gran relator de la historia de su hermano, sobre uno de los personajes que marcó a Ira en su prehistoria política. Aquí hay un click. Nathan Zuckerman, es decir, Philip Roth, si reducimos el alter-ego a un símbolo de =, escribe sobre la complejidad humana y la naturalidad, sin embargo, con que se nos dan las máscaras cotidianamente. Somos distintos en la universidad, en el trabajo, en nuestra casa, en la casa de los suegros, en Facebook, en nuestro blog. Ese desdoblamiento de personalidades de acuerdo a los contextos en los que estemos y a los estados anímicos que usemos ese día, no es un escándalo, ni el invento de una patología de moda, es un hecho desde que los humanos caminamos sobre la Tierra: somos así, “absolutamente todo es creíble en un hombre.”
En esa complejidad nos reconocemos. Por eso nos gusta este judío neoyorquino que escribe sobre lo que nos es común de manera extraordinaria y sin contemplaciones. Roth critica con firmeza a la sociedad norteamericana pero sin falsa amoralidad ni tampoco posturas de trincheras. Ésta no es una novela política. Se trata de la vida de unos personajes, sus decisiones y del peligro que entraña creer que se está en posesión de la razón.
Citas:
.- “La estúpida política lo impregnaba todo (…) Las ideologías que llenan la cabeza de la gente y socaban su observación de la vida”.
.- “el fanatismo había dado a su cuerpo el aspecto de un prisión en cuyo interior un hombre cumplía la severa sentencia en que consistía su vida. Era el aspecto de un ser que no tiene elección, cuya historia había sido trazada de antemano. (…) No sólo su físico era un filamento de acero, envidiablemente estrecho; también su ideología era parecida a una herramienta, contorneada como la silueta del fuselaje de la garza vista de lado.”
.- “Una cosa es que seas fiel al partido y otra que seas quien eres y no puedas reprimirte. No podía suprimir ninguna de sus facetas. Ira lo vivía todo personalmente, a fondo, incluidas sus contradicciones.”
.- “Mira, todo lo que los comunistas dicen del capitalismo es cierto, como lo es todo lo que los capitalistas dicen del comunismo. La diferencia estriba en que nuestro sistema funciona porque se basa en la verdad del egoísmo humano, mientras el suyo se basa en un cuento de hadas sobre la hermandad de la gente.”
.- “Resulta difícil creer que un hombre que daba tanta importancia a su libertad pudiera permitir ese control dogmático de su pensamiento.”
Esta reseña es parte del Club de Lectura para Bloggers que hemos armado un grupo de ocupados dueños de blogs y generadores de contenido para cualquier red social o canal de comunicación web, (muy, muy formal) interesados en cumplir esa vieja promesa de año nuevo: “leer más” y publicarlo para alimentar nuestro ego (digo yo) y el contador de visitas que está por allá abajo. En el muro del grupo se publica el libro que vamos a leer cada uno y la semana escogida se publica el link de la reseña. Si hay que ponerse de acuerdo para leer el mismo libro emplearemos los mecanismos de la democracia digital (muy, muy confuso) ya veremos.
El segundo año de este blog coincide con los 198 años de la Independencia, 149 años de la Federación, el noveno año de la Revolución Bolivariana, 125 años del nacimiento de Coco Chanel, 5 de una partida, mis fabulosos 22 y cualquier cantidad de eventos susceptibles de ser escritos. Veamos cómo nos va. Es de ustedes, como siempre, la última palabra.